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El ataque racista de una senadora paraguaya contra Mbappé eclipsa la eliminación del Mundial

La derrota de Paraguay en el Mundial debió terminar con jugadores exhaustos y aplausos merecidos. En cambio, la senadora Celeste Amarilla convirtió la ascendencia de Kylian Mbappé en un espectáculo racista, opacando el logro de su país y exponiendo cuán fácilmente el poder aún puede usar la negritud como arma en América Latina.

Un apretón de manos se convierte en excusa

El partido debió terminar en los escombros habituales de una eliminación: sudor, vendas, jugadas repetidas y la amarga certeza de que un solo gol lo cambió todo.

Paraguay cayó 1-0 ante Francia en Filadelfia el 4 de julio, derrotado por un penal de Mbappé en el segundo tiempo. Fue una salida ajustada, dolorosa pero sin humillación. Los jugadores paraguayos le habían dado a su país una participación seria en el Mundial.

Entonces Celeste Amarilla encontró otra historia.

Molesta porque aparentemente Mbappé no le dio la mano al arquero Orlando Gill tras el partido, la senadora publicó una avalancha de insultos en X. Llamó al capitán francés un “bruto” que no había aprendido a escribir, dijo que en vez de leche materna había “chupado cocos” y afirmó que los sonidos más educados que escuchó fueron los de chimpancés. Más tarde lo describió como “un camerunés colonizado que finge ser francés”, y lo llamó resentido, nuevo rico, arrogante y feo.

Aquí no hay ambigüedad que rescatar. No fue provocación deportiva, mal humor ni fervor patriótico. Amarilla recurrió a imágenes de primates, se burló del origen africano, negó la nacionalidad de un francés negro y lo envolvió en desprecio por su inteligencia. Cada frase provino del repertorio más antiguo del racismo.

Mbappé respondió con más mesura de la que ella merecía. Llamó a Amarilla “despreciable” e indigna de su cargo, y recalcó que no representa a Paraguay, un país cuyos jugadores demostraron pasión y honor. Dijo que su “racismo descarado” había desviado la atención mundial del histórico esfuerzo de su equipo.

Tenía razón. Al defenderse, Mbappé mostró más cuidado por el nombre de Paraguay que una de sus propias senadoras.

Kylian Mbappé celebra un gol contra Paraguay en Filadelfia, Estados Unidos. EFE/Ángel Colmenares

La frase que acusa al Senado

La parte más reveladora del arrebato de Amarilla quizá no fue el insulto zoológico. Fue su alarde de poder, que debería provocar indignación moral ante el abuso de autoridad.

Instó a Gill a mostrarle el dedo medio a Mbappé, y luego agregó: “Yo lo hago en el Senado y no pasa nada”.

Esa frase debe leerse despacio. Presenta al poder legislativo no como una cámara democrática con estándares, sino como un refugio ante las consecuencias, invitando a la audiencia a sentir la necesidad de rendición de cuentas.

Amarilla no es una novata. Es miembro del Partido Liberal Radical Auténtico desde 1982, ayudó a fundar su organización juvenil, representó a la capital como diputada e ingresó al Senado en 2023. Sabe que las palabras pesan más cuando la autoridad y el salario provienen de los ciudadanos.

En 2020, la cámara baja la suspendió sin goce de sueldo tras denunciar que unos 70 legisladores habían comprado sus bancas. Más tarde impulsó el juicio político a un ministro de la Corte Suprema acusado de conexiones preocupantes. Parte de su identidad la ha construido denunciando la descomposición institucional.

Pero la descomposición institucional también se ve así: una senadora que usa su cargo para amplificar la degradación racial y luego bromea con que la cámara la protege.

El gobierno paraguayo rechazó los comentarios por contradecir la dignidad humana. La federación francesa los calificó de abominables y anunció acciones legales. Emmanuel Macron respaldó a Mbappé, invocando dignidad, respeto y fraternidad.

Esas respuestas importan, pero las declaraciones son la moneda más barata de la política. El racismo institucional, ejemplificado por las acciones de Amarilla, tiene efectos duraderos en la confianza social y la igualdad. Un proceso ético no suprimiría el debate. Establecería que el cargo público no es licencia para deshumanizar.

José Luis Chilavert. EFE/ Andrés Cristaldo Benítez

Cuando la blancura vigila la camiseta

Los comentarios de Amarilla no llegaron solos. Antes del partido, el exarquero paraguayo José Luis Chilavert describió a Francia como “un equipo de África”. El presidente de la federación francesa, Philippe Diallo, lo llamó una vergüenza.

Dos voces paraguayas prominentes, una leyenda del fútbol y una senadora en funciones, convirtieron la misma idea en un arma: los jugadores negros pueden vestir la camiseta de Francia, hablar su idioma y cargar con sus esperanzas, pero su francesidad sigue siendo condicional.

Esto es más grande que el fútbol. América Latina se ha consolado durante mucho tiempo con el mestizaje, la idea de que la mezcla racial disolvió el racismo. Sin embargo, incidentes como el de Amarilla revelan que los sesgos sistémicos persisten, la negritud sigue usándose como insulto y las jerarquías raciales permanecen intactas. La blancura sigue señalando competencia, belleza y pertenencia.

La frase de Amarilla, “finge ser francés”, expone esa lógica. La ciudadanía, en su imaginación, no es ley, crianza ni vida compartida. Debería hacer sentir a la audiencia la urgencia de desafiar los estereotipos raciales que amenazan la cohesión social.

Paraguay también es una nación de migrantes. Sus ciudadanos construyen vidas en Argentina, España, Estados Unidos y otros lugares, y a menudo escuchan que su acento, apellido o rostro los hace extranjeros para siempre. Un Estado no puede exigir dignidad para los paraguayos en el exterior mientras tolera que una senadora se la niegue a un europeo negro.

Mbappé llevaba siete goles en el torneo, igualando a Lionel Messi y Erling Haaland, cuando estalló la controversia. Marcó el penal que terminó la campaña de Paraguay. El resentimiento tras la derrota es humano. El racismo es una elección.

Los jugadores paraguayos merecían un análisis sobre su defensa, el desempeño de Gill y el margen mínimo entre la supervivencia y la eliminación. En cambio, Amarilla se convirtió en la noticia principal. Tomó una derrota 1-0 y la transformó en una derrota moral.

Las palabras más crueles de sus publicaciones, al final, no fueron sobre Mbappé. Fueron las que decían que en el Senado no pasa nada. Le dijeron a la ciudadanía que el desprecio puede sentarse tras un escritorio, acumular autoridad y reírse de las consecuencias.

La respuesta de Paraguay debe ser igual de pública. Esta vez, algo tiene que pasar.

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