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México enfrenta resaca de carbono en el Mundial antes del primer silbatazo

El Mundial 2026 promete espectáculo en toda Norteamérica, pero un informe del New Weather Institute advierte que sus enormes distancias, formato ampliado y el intenso tráfico aéreo podrían convertirlo en el torneo más intensivo en carbono en la historia del fútbol, con México en el centro.

La Copa más grande, más pesada

El fútbol gusta de hablar en sueños. Banderas, himnos, niños con la cara pintada, desconocidos abrazándose en plazas, la vieja ilusión de que durante un mes el mundo puede discutir con un balón en vez de con un arma. Pero el Mundial 2026 llega con una sombra que no puede disiparse con fuegos artificiales ni ceremonias de apertura. Según el New Weather Institute, el torneo organizado por Estados Unidos, México y Canadá podría generar más de nueve millones de toneladas de dióxido de carbono, lo que potencialmente lo convertiría en la competencia con la mayor huella de carbono en la historia de los Mundiales.

Esa cifra no es decorativa. Nueve millones de toneladas de CO2 duplicarían el promedio histórico de los Mundiales anteriores, según el informe. El principal motor es el movimiento. El estudio estima que las emisiones de gases de efecto invernadero por viajes aéreos aumentarán entre un 160% y un 325% en comparación con ediciones previas. En términos simples, el torneo crece más rápido que su conciencia climática.

La razón está en el mapa. El Mundial 2026 será el torneo de las distancias inmensas: tres países, 16 ciudades sede, cuatro husos horarios y casi 5,600 kilómetros entre Vancouver y Miami, las dos sedes más alejadas. A diferencia de los Juegos Olímpicos, que suelen concentrar la competencia en una sola ciudad, el Mundial ya es una máquina viajera. En 2026, esa máquina se vuelve continental.

La expansión a 48 selecciones nacionales y 104 partidos suma otra capa. Más equipos significan más vuelos, más hoteles, más autobuses, más bases de entrenamiento, más personal, más aficionados, más operativos de seguridad, mayor consumo de energía y más presión sobre los sistemas urbanos. El formato promete inclusión, y la inclusión importa. Pero la factura climática también crecerá.

Sergi Simón, asesor académico de EALDE Business School, expuso la contradicción de forma tajante en declaraciones recogidas por EFE: más grande también significa más vulnerable. Más equipos implican más vuelos, logística, consumo energético y exposición operativa. Su advertencia atraviesa el lenguaje promocional del evento. Mientras el deporte intenta avanzar hacia modelos más sostenibles, los megaeventos se expanden a un ritmo que pone a prueba los límites climáticos y urbanos.

El trofeo de la Copa Mundial de la FIFA en el Estadio BBVA de Monterrey, México. EFE / Miguel Sierra

Las distancias se vuelven el rival oculto

El papel de México en esta ecuación es complejo. Albergará menos partidos que Estados Unidos, pero sus sedes, rutas de aficionados, corredores turísticos y simbolismo nacional lo colocan en el centro de la cuestión ambiental del torneo. Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey no solo serán escenarios de partidos. Absorberán viajeros, demanda de infraestructura, exposición al calor, operativos de seguridad y la contradicción de celebrar un evento global en medio de una crisis climática regional.

Para México, el Mundial es una oportunidad para el turismo, la inversión, la visibilidad internacional y el soft power. Puede proyectar energía urbana, devoción futbolera, profundidad cultural y capacidad logística. Pero también expondrá las vulnerabilidades ambientales del país. Ciudades que ya enfrentan contaminación del aire, estrés hídrico, islas de calor, congestión vial y transporte público desigual deberán ofrecer hospitalidad global bajo un escrutinio extremo.

Ahí es donde el tema del carbono deja de ser un problema abstracto del planeta. En América Latina, el cambio climático no es una teoría futura. Ya está presente en sequías, huracanes, inundaciones, pérdidas de cosechas, incendios forestales, olas de calor, escasez de agua y presión migratoria. Un torneo que celebra la unidad global mientras genera emisiones récord corre el riesgo de sonar como una fiesta sobre un piso agrietado.

El informe del New Weather Institute señala a la aviación como el desafío central. Los aficionados que crucen Norteamérica para partidos de fase de grupos, eliminatorias o para seguir a sus equipos probablemente dependerán en gran medida de los vuelos, porque la geografía del torneo casi lo exige. Los equipos y trabajadores también se moverán. La huella logística de un calendario de 104 partidos repartidos en un continente no es comparable con la de un torneo compacto.

Esto importa geopolíticamente porque los megaeventos funcionan cada vez más como declaraciones de competencia nacional y regional. Norteamérica quiere mostrar capacidad. México quiere mostrarse como anfitrión moderno, seguro y culturalmente atractivo. Pero la gobernanza climática ahora es parte de esa competencia. Un país o región no puede reclamar liderazgo global mientras trata las emisiones como un asunto secundario.

Para América Latina, el tema es especialmente delicado. La región ha contribuido históricamente menos a las emisiones globales que las potencias industrializadas, pero sufre desproporcionadamente los impactos climáticos. México, al coorganizar con Estados Unidos y Canadá, se sitúa dentro de un marco norteamericano donde la responsabilidad es desigual. El país más rico del trío carga con una enorme responsabilidad climática, pero México podría enfrentar igualmente las consecuencias reputacionales y ambientales locales de un evento desbordado.

El Estadio de la Ciudad de México el pasado marzo tras su remodelación. EFE / Mario Guzmán

El calor cambia las reglas

El carbono no es el único reto. El calor puede convertirse en el peligro más inmediato. Advertencias recientes de EALDE indican que varias sedes podrían enfrentar estrés térmico peligroso, incluyendo Miami, Dallas, Houston y Monterrey. Eso importa para jugadores, aficionados, trabajadores, policías, vendedores, personal médico e infraestructura de los estadios.

El viejo calendario futbolístico fue diseñado para la tradición, la televisión y los calendarios de liga, no para un planeta que se calienta. Junio y julio alguna vez parecían el hogar natural del Mundial. Ahora, en partes de Norteamérica, pueden convertirse en un riesgo físico. El debate sobre cuándo deben celebrarse estas competencias ya no es teórico. Cada vez más voces piden meses más templados o partidos con horarios de inicio más tarde, cerca de la noche, cuando bajan las temperaturas.

La advertencia de Simón citada por EFE es contundente: el deporte empieza a darse cuenta de que el cambio climático ya no es un problema futuro, sino un riesgo económico y operativo directo. Esa frase debería estar escrita en todas las paredes de los comités organizadores. El clima no es solo una preocupación moral. Es un riesgo para el negocio, la salud, la programación y la credibilidad.

Para América Latina, la lección va mucho más allá del fútbol. Las economías de la región dependen en gran medida de sectores sensibles al clima: agricultura, turismo, pesca, energía, minería y servicios urbanos. Si incluso la FIFA, con sus enormes presupuestos y capacidad de planeación, tiene dificultades para conciliar el espectáculo con la realidad climática, ¿qué dice eso de los gobiernos más pequeños que intentan gestionar el calor, la sequía y la presión sobre la infraestructura con menos recursos?

El Mundial 2026 aún podría ser recordado por grandes partidos, nuevos héroes y la extraña belleza del fútbol en tres países. Pero también corre el riesgo de convertirse en una advertencia sobre la era del espectáculo sobredimensionado. Cuanto más grande el evento, más difícil es fingir que la sostenibilidad se resuelve solo con eslóganes, compensaciones o botes de reciclaje.

Una respuesta seria requeriría una planificación agresiva de transporte público, opciones de viaje de bajas emisiones, programación más inteligente, contabilidad transparente del carbono, uso de energías renovables, educación de los aficionados e informes honestos tras el torneo. También implicaría admitir que un Mundial continental tiene costos climáticos integrados en su diseño.

México, como coanfitrión, tiene la oportunidad de llevar la conversación más allá de la celebración. Puede tratar el torneo como una prueba de planeación urbana consciente del clima, no solo de hospitalidad futbolística. Porque el futuro del deporte en América Latina dependerá no solo del talento, los estadios y la pasión, sino de si los partidos aún pueden jugarse con seguridad bajo el calor y si la alegría de un mes vale las emisiones que deja atrás.

Aún no suena el primer silbatazo, pero el marcador climático ya está encendido.

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