DEPORTES

México lleva las cicatrices del Mundial en la tercera inauguración del Azteca

México llega al Mundial dos mil veintiséis con una extraña corona: el equipo con más derrotas en la historia del torneo, pero también la resistencia de un equipo que sigue regresando, sobreviviendo y obligando al mundo a medir el fracaso frente a la presencia.

Un récord construido a base de estar presente

Algunos récords suenan a vergüenza hasta que te acercas lo suficiente para ver los años que encierran. Las veintiocho derrotas de México en la historia de los Mundiales, la mayor cantidad sufrida por cualquier selección nacional, pueden leerse rápidamente, casi con crueldad, como una tabla de derrotas. Pero el fútbol, como la memoria, rara vez es tan limpio. Para perder tantos partidos en el Mundial, un país primero tiene que seguir clasificando.

Esa es la incómoda matemática detrás de la selección mexicana mientras se prepara para ser anfitriona del torneo nuevamente en 2026. Según cifras reportadas por EFE, México llega con una marca que ningún himno quiere portar abiertamente: veintiocho derrotas en el mayor escenario del deporte. Sin embargo, ese número habla tanto de permanencia como de debilidad. Es el moretón de un equipo que ha estado presente desde el principio, desde Uruguay mil novecientos treinta, desde el primer partido de la historia del Mundial.

Ese partido inaugural, contra Francia, le dio a México un lugar en la historia y una herida para acompañarlo. La derrota por cuatro a uno no solo fue un mal comienzo. Fue la primera entrada en un largo libro de frustraciones, un libro que se profundizaría con las décadas. México perdió nueve partidos consecutivos en sus primeras tres participaciones mundialistas, en mil novecientos treinta, mil novecientos cincuenta y mil novecientos cincuenta y cuatro. Para una generación, el torneo no se sentía como una cima. Se sentía como un muro.

El primer alivio llegó en Suecia en mil novecientos cincuenta y ocho, cuando México empató con Gales y finalmente consiguió su primer punto en un Mundial. Un punto puede sonar poco ahora, especialmente en una época en la que México habla de cuartos de final, respeto global y la presión de ser anfitrión. Pero ese empate importó porque interrumpió el fatalismo. Demostró que la camiseta mexicana podía sobrevivir al torneo sin solo recibir castigo.

Pavel Pardo, Jared Borgetti y el portero Oswaldo Sánchez tras el partido de octavos de final del Mundial de la FIFA 2006 en Alemania entre México y Argentina. EFE/Oliver Weiken.

La tabla de derrotas cuenta una historia más profunda

La rareza del récord de México se vuelve más clara al mirar a los equipos cercanos. Argentina y Alemania, dos naciones con trofeos mundiales, jugadores legendarios y enormes instituciones futbolísticas, también están cerca de la cima de la lista histórica de derrotas. Eso no hace glamorosa la derrota. Hace la tabla más honesta. El Mundial castiga la ausencia más de lo que premia la participación. Un país que deja de ir al torneo no puede seguir perdiendo ahí. Un país que vuelve una y otra vez se expone al filo de la historia.

Para México, esa es la contradicción central. No ha sido un país fracasado en los Mundiales en el sentido común. Desde Estados Unidos 1994 hasta Rusia 2018, el Tri se convirtió en uno de los equipos más consistentes del fútbol moderno de selecciones, llegando a octavos de final cada vez. Esa racha construyó una identidad diferente: no campeón, no outsider, sino una potencia media terca. El equipo que sobrevive al grupo. El equipo que viaja bien. El equipo que incomoda a los gigantes y luego, demasiado seguido, se topa con el techo.

En la cultura futbolística mexicana, ese techo tiene nombre: el quinto partido. El ansiado cuarto de final que nunca llega. El país ha producido momentos que parecen más grandes que su resultado final, como el duelo de octavos de final en 2006 contra Argentina, cuando el equipo de Ricardo La Volpe llevó a una de las selecciones más talentosas del torneo a la ansiedad antes de caer en tiempo extra. El recuerdo sigue doliendo porque México no se vio superado. Se vio cerca.

Luego llegó Rusia dos mil dieciocho, cuando México venció al campeón defensor Alemania uno a cero en un partido que sacudió la primera semana del torneo. El reporte de EFE recuerda la imagen de Julian Draxler y Héctor Herrera en ese juego. Aun así, la imagen más grande pertenece a la memoria futbolística mexicana: camisetas verdes corriendo al espacio, un campeón expuesto, un país celebrando como si una vieja maldición se hubiera roto. Alemania, el gigante, se fue a casa en la fase de grupos. México avanzó otra vez. Luego México volvió a perder en octavos de final.

Por eso las veintiocho derrotas no pueden separarse de la economía emocional del país. El fútbol mexicano ha vivido durante décadas entre el orgullo y la irritación. Es demasiado fuerte para ser tratado como invitado y no lo suficiente para ser considerado favorito. Domina gran parte de la imaginación de la Concacaf, exporta jugadores, llena estadios en México y Estados Unidos, y cuenta con una de las mayores aficiones del fútbol mundial. Pero en el Mundial, el salto final sigue faltando.

Santiago Giménez de México (C) anotó el único gol en la victoria de México sobre Panamá en la final de la Copa Oro 2023. EFE

Ser anfitrión se convierte en un escenario geopolítico

El Mundial 2026 cambia el significado del récord porque México no solo se clasificará al torneo. Ayudará a organizarlo. Como el primer país en albergar partidos de la Copa del Mundo por tercera vez, México se convierte en algo más que una historia de selección nacional. Se vuelve un símbolo geopolítico dentro de un torneo norteamericano compartido con Estados Unidos y Canadá, en un momento en que la migración, el comercio, la seguridad y el poder cultural moldean la región tanto como el deporte.

El Estadio Azteca lleva ese simbolismo mejor que cualquier comunicado de prensa. No es solo un estadio. Es una catedral del fútbol del siglo veinte, el lugar del triunfo de Pelé en mil novecientos setenta y de la furia de Maradona en mil novecientos ochenta y seis. En dos mil veintiséis, se convierte en un puente entre la memoria y la negociación. México estará en un Mundial cada vez más definido por el dinero, la logística, el poder de transmisión y la marca regional. El torneo venderá Norteamérica al mundo. Pero México recordará a los espectadores que el alma futbolística de este continente no es solo corporativa, suburbana o angloparlante.

Eso importa para América Latina. El papel de México es complicado porque es tanto latinoamericano como norteamericano, tanto un puente regional como un peso pesado cultural, tanto exportador de fútbol como mercado futbolístico. Su presencia en el Mundial refleja una tensión latinoamericana mayor: cómo mantener la soberanía cultural mientras se integra en sistemas económicos dominados desde el norte. La historia del Tri de caer y regresar se convierte, en ese sentido, en algo más que una biografía deportiva. Se parece al propio ritmo político de la región: retrocesos, resiliencia, promesas incumplidas y reingresos repetidos a escenarios globales que no fueron diseñados para que los dominara.

Un gran desempeño mexicano en dos mil veintiséis no borraría las veintiocho derrotas. Nada las borra. Pero podría cambiar su significado. En casa, ante su gente, México tiene la oportunidad de convertir una estadística fea en una narrativa de resistencia. El récord sería menos una lápida y más una cicatriz: visible, permanente, pero ya no todo el cuerpo.

Cuando México inicie su campaña el 11 de junio en el Azteca contra Sudáfrica, el partido llevará más que tres puntos. Llevará mil novecientos treinta, mil novecientos cincuenta y ocho, la larga maldición de los octavos, la victoria sobre Alemania, el dolor ante Argentina y la demanda inquieta de un público que ha esperado demasiado para ver que la consistencia se convierta en trascendencia.

Las veintiocho derrotas son reales. No deben suavizarse en poesía. Pero también son prueba de que México siguió regresando al lugar donde fue herido. En el fútbol, como en la historia, eso no es poca cosa.

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