ECONOMÍA

Perú escucha viejos fantasmas mientras los mercados sienten nervios electorales

La reñida carrera presidencial en Perú ha reavivado un debate nacional familiar sobre crecimiento, exclusión y el miedo de las élites, mientras Roberto Sánchez gana terreno y los inversionistas se retiran, exponiendo cuán profundamente el país aún lucha por reconciliar la estabilidad macroeconómica con las demandas de votantes largamente marginados.

Cuando los mercados huelen un terremoto político

Los mercados peruanos no solo reaccionan ante un candidato. Reaccionan ante un recuerdo.

A medida que el congresista de izquierda Roberto Sánchez gana terreno en una reñida carrera presidencial, los nervios de los inversionistas se alteran ante la posibilidad de que el país vuelva a darle verdadero impulso a una figura anti-establishment que promete reordenar los términos de la vida nacional. Reuters informa que Sánchez, exministro de gabinete bajo el destituido expresidente Pedro Castillo, podría enfrentarse a la conservadora favorita Keiko Fujimori en la segunda vuelta del 7 de junio, una vez que se complete el conteo oficial. Con casi el 92% de las boletas contabilizadas hasta la noche del miércoles, Sánchez tenía alrededor del 12% de los votos, detrás del 17% de Fujimori, en una elección ya marcada por retrasos y reclamos cruzados de irregularidades. Sin embargo, observadores externos reconocieron problemas con la votación, pero no encontraron pruebas de fraude.

Ese último detalle importa porque coloca a Perú una vez más en uno de sus estados de ánimo políticos más reconocibles: un estado de suspenso democrático donde la legitimidad formal se mantiene, pero la confianza es escasa, los nervios están a flor de piel y cada voto rural contado tarde comienza a sentirse como un evento ideológico. El ascenso de Sánchez se ha convertido en el punto focal no solo por quién es, sino por lo que evoca. En Perú, los mercados no responden solo a los programas. Responden a fantasmas políticos, crisis inconclusas y el trauma persistente de un Estado que nunca ha terminado de resolver su relación con la rabia popular fuera de los centros tradicionales de poder de Lima.

Sánchez lo sabe y lo aprovecha. En su entrevista con Reuters antes de la votación del domingo, pidió un “nuevo comienzo” tras décadas de exclusión bajo el actual modelo económico. Dijo que Perú necesita “un nuevo contrato social, un Estado plurinacional que reconozca el verdadero rostro del Perú”, hablando desde la oficina del partido Juntos por el Perú en Lima, donde exhibía un sombrero de paja de ala ancha que, según él, pertenecía a Castillo, aún uno de los símbolos más potentes de la rebelión política rural peruana. El simbolismo no es sutil. Sugiere continuidad con un electorado que se sintió representado, aunque imperfectamente, por el ascenso y la furiosa destitución de Castillo.

Por eso la carrera sacude a los inversionistas. Sánchez no es simplemente otro candidato de izquierda con un plan de gasto ligeramente diferente. Se presenta como la voz de un Perú que cree haber sido visto, utilizado y descartado por el modelo existente.

Puerto de Chancay, Chancay, Perú. EFE/ Paolo Aguilar

El país detrás de los números

Lo que dice Sánchez resuena porque nombra una herida antigua en vez de inventar una nueva. Sostiene que el modelo económico peruano ha excluido a grupos remotos e indígenas, y su discurso se construye tanto en torno al reconocimiento como a la redistribución. “El voto rural, el voto andino, el voto quechua, aymara y amazónico nunca fue respetado”, dijo a Reuters. También lanzó una de las frases más contundentes en el debate económico de la campaña: “Vendemos piedras. Treinta años de minería, y los pueblos mineros siguen siendo los más pobres de nuestro país.”

Esa queja va al corazón de la contradicción peruana. El país ha sido elogiado durante mucho tiempo por su disciplina macroeconómica y su riqueza en recursos. Sin embargo, la legitimidad social de ese modelo siempre ha sido frágil porque demasiados peruanos experimentan la extracción sin transformación. La riqueza fluye hacia arriba, hacia fuera o hacia otros lugares. Los pueblos que conviven con las riquezas suelen seguir siendo lo suficientemente pobres como para considerar las promesas de crecimiento como un lenguaje dirigido a otros.

Así que el programa de Sánchez no es difícil de descifrar. Quiere una asamblea constituyente para reemplazar la constitución adoptada en los años noventa bajo Alberto Fujimori. Apoya un mayor control estatal sobre los recursos naturales. Quiere revisar los contratos mineros y de gas, gravar las ganancias extraordinarias e imponer un impuesto a la riqueza. Al mismo tiempo, insiste: “No estamos hablando de expropiar la propiedad de nadie. Estamos exigiendo justicia para un pueblo que sigue siendo pobre a pesar de vivir sobre una enorme riqueza.”

Esa mezcla es precisamente lo que inquieta al mundo empresarial. Es lo suficientemente radical como para señalar una ruptura, pero lo bastante medida como para reclamar legitimidad democrática. Para los inversionistas, eso puede ser más inquietante que la retórica sola, porque sugiere un intento real de cambiar el equilibrio de quién se beneficia de la economía de materias primas de Perú. Reuters señala que los mercados reaccionaron rápidamente a medida que Sánchez avanzaba en el conteo. El sol cayó un 1,46% frente al dólar, su nivel más bajo desde finales de septiembre, mientras que el índice bursátil de Lima cayó casi un 5%. César Huiman, analista de Renta4 SAB, dijo que los inversionistas se vieron obligados a “recalibrar sus posiciones”, describiendo a Sánchez como menos amigable con los negocios.

Sin embargo, ese retroceso del mercado también revela el consenso de la élite peruana. Muestra cuán rápido las demandas de reparación social se traducen en amenazas al orden, incluso cuando el candidato en cuestión niega explícitamente cualquier plan de expropiación. El miedo no es solo económico. Es sobre el control.

Puerto de Chancay, Chancay, Perú. EFE/ Paolo Aguilar

La sombra de Castillo y los límites de Perú

La alianza de Sánchez con Castillo profundiza todo esto. Castillo lo respaldó desde la cárcel. Permanece detenido por cargos de rebelión y conspiración tras su fallido intento de disolver el Congreso en 2022, y durante la entrevista con Reuters, Sánchez se refirió repetidamente a él como “presidente”, reforzando la sensación de que esta campaña es una continuación de esa historia política por otros medios. Sánchez dice que no le devolvería el poder a Castillo si es elegido. Aun así, también afirma que están muy alineados, en contacto regular, y que buscaría la liberación de Castillo mientras persigue justicia para los muertos durante las protestas tras su destitución.

Para inversionistas y conservadores, eso basta para confirmar sus peores sospechas. Para otros, puede leerse de otra manera. En un país donde la legitimidad institucional ya está fracturada, Castillo sigue simbolizando no solo el fracaso o la imprudencia, sino la rabia de los votantes que creyeron que el sistema solo respeta la democracia cuando la democracia elige a personas conocidas. Sánchez intenta habitar ese espacio emocional y político sin repetir completamente el colapso de Castillo.

Si realmente podría transformar Perú tanto como temen los mercados es otra cuestión. Algunos analistas sostienen que el panorama político fragmentado del país limitaría el cambio, sin importar quién gane. Reuters cita a Eileen Gavin, de Verisk Maplecroft, quien dijo que la única certeza en el caótico proceso electoral peruano de 2026 es que Fujimori tiene un lugar en la segunda vuelta de junio y que el Congreso y el nuevo Senado tendrán una fuerte inclinación conservadora, aunque fragmentada. Ese peso conservador en el legislativo, argumentó, sugiere que la política económica probablemente se mantendrá en líneas generales una vez que pase el shock político inmediato.

Eso puede calmar a los operadores. No resuelve el problema más profundo de Perú.

El país vuelve a enfrentar la distancia entre la confianza económica y la pertenencia democrática. Los mercados pueden preferir la continuidad. Los votantes marginados exigen reconocimiento, redistribución y un Estado que finalmente refleje lo que Sánchez llamó el “verdadero rostro” del Perú. Ese conflicto no es una historia secundaria de la elección. Es la elección. Y hasta que Perú encuentre una manera de que el crecimiento se sienta menos como una máquina extractiva y más como un pacto nacional, cada contienda como esta seguirá sonando la misma alarma. Los mercados entrarán en pánico. El campo insistirá en ser contado. Y la república seguirá descubriendo que los viejos fantasmas nunca se fueron del todo.

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