VIDA

La brecha en la salud materna de Colombia se convierte en un desafío electoral

Un nuevo estudio del Instituto Guttmacher revela que Colombia podría reducir drásticamente las muertes maternas, los abortos inseguros, los embarazos no planeados y las muertes de recién nacidos si financia plenamente la salud sexual y reproductiva, convirtiendo una crisis largamente privada en una prueba pública de voluntad política.

Las vidas ocultas detrás de las cifras

En Colombia, las cifras llegan con el frío de un duelo evitable. Un estudio reciente del Instituto Guttmacher señala que el país podría reducir las muertes maternas en un 55 por ciento y los abortos inseguros en un 43 por ciento si cubriera plenamente las necesidades de salud sexual y reproductiva de mujeres y niñas. También podría disminuir los embarazos no planeados en un 43 por ciento y las muertes neonatales en un 62 por ciento.

Esos no son porcentajes abstractos. Son madres que no mueren. Recién nacidos que respiran. Adolescentes a quienes no se les limita la vida antes de la adultez. Clínicas que se ahorran casos de emergencia que nunca debieron llegar a ese punto. Familias que evitan el viejo ritual latinoamericano de esperar en el pasillo de un hospital, mientras la pobreza, el estigma, la geografía y la burocracia deciden quién sobrevive.

Los hallazgos, reportados a través de entrevistas citadas por EFE y Efeminista, colocan a Colombia ante un hecho brutal pero esclarecedor: el país ya sabe dónde están las brechas. Ya existe evidencia de que pueden cerrarse. Lo que sigue siendo incierto es si el Estado tratará la salud de las mujeres como infraestructura o si continuará viéndola como un argumento moral opcional.

“Uno de los puntos más relevantes del estudio es que cerrar las brechas en salud sexual y reproductiva no solo es costo-eficiente, sino también estratégicamente inteligente”, dijo María Mercedes Vivas, directora de Oriéntame, a Efeminista en una entrevista citada por EFE. Oriéntame es una fundación colombiana con casi medio siglo de experiencia ayudando a mujeres a prevenir embarazos no deseados y a recibir atención médica tras abortos inseguros.

El argumento económico es inusualmente directo. El estudio estima que cubrir plenamente estas necesidades en Colombia requeriría una inversión adicional de solo $1,32 dólares por persona. Por cada dólar adicional invertido en servicios anticonceptivos, el sistema de salud ahorraría $3,73 dólares en costos relacionados con la atención materna, neonatal y de abortos, al prevenir eventos de salud de alto costo antes de que ocurran.

Eso hace que el tema sea difícil de descartar solo como ideología. Colombia enfrenta un sistema de salud tensionado, presupuestos públicos ajustados y una temporada política en la que cada candidato hablará de eficiencia, seguridad, crecimiento y futuro. Aquí está la eficiencia en su forma más simple: gastar un poco ahora, ahorrar mucho más después y reducir muertes en el camino.

Protesta en Bogotá, Colombia. EFE/ Mauricio Dueñas Castañeda

Adolescentes al margen de la política pública

Los datos sobre adolescentes son aún más contundentes. Entre las niñas y mujeres jóvenes que desean evitar un embarazo, el estudio estima que el acceso pleno a anticonceptivos modernos y servicios de salud reproductiva reduciría los embarazos no planeados en un 48 por ciento, los abortos inseguros en un 48 por ciento y las muertes maternas en un 57 por ciento.

“Imaginen poder prevenir el 57 por ciento de las muertes maternas invirtiendo en anticoncepción”, dijo Vivas, según EFE y Efeminista. El asombro en esa frase es parte de la historia. No se le pide a Colombia que invente un milagro. Se le pide que financie lo que ya funciona.

El estudio estima que 1,2 millones de mujeres entre 15 y 49 años en Colombia quieren evitar un embarazo pero no usan anticonceptivos modernos. De ellas, 517.000 dependen de métodos tradicionales y 750.000 no usan ningún método anticonceptivo. Entre las adolescentes de 15 a 19 años, unas 156.000 que desean evitar un embarazo no usan métodos modernos. De esas, 118.000 no usan ningún método.

Aquí es donde la crisis se vuelve social, cultural y profundamente política. Una adolescente sin acceso a anticonceptivos confiables no solo carece de un producto médico. Enfrenta una cadena de consecuencias que pueden alcanzar la escuela, el empleo, la dependencia familiar, la exposición a la violencia y la pobreza a largo plazo. En zonas rurales, barrios marginados, comunidades indígenas y afrodescendientes y territorios afectados por el conflicto, esas consecuencias suelen ser aún más graves.

América Latina conoce bien este patrón. La desigualdad reproductiva ha sido durante mucho tiempo uno de los motores silenciosos de la desigualdad de clase. Las mujeres con mayores recursos encuentran médicos, información, clínicas privadas, farmacias discretas y transporte. Las mujeres pobres enfrentan juicios, distancia, listas de espera, desinformación y, a veces, las peligrosas improvisaciones que surgen cuando el sistema formal falla. El resultado es una región donde los derechos pueden existir en el papel mientras el acceso sigue siendo desigual en la realidad.

Colombia ha logrado avances legales significativos en derechos sexuales y reproductivos, incluido el acceso al aborto, y Vivas reconoce que el país cuenta con un marco legal sólido. Pero también advierte que aún existen muchas barreras y que estos logros no deben minimizarse en un clima global marcado por movimientos antiderechos. La ley puede abrir una puerta. No garantiza que una niña pueda cruzarla.

Hospital Ismael Roldán en Quibdó, Colombia. EFE/Juan Diego López

Un debate sanitario con peso geopolítico

El significado geopolítico va más allá de Colombia. En toda América Latina, la salud reproductiva se ha convertido en un campo de batalla donde confluyen la salud pública, la religión, la política partidaria, las prioridades fiscales, la igualdad de género y la legitimidad democrática. Gobiernos que dicen defender a las familias a menudo descuidan los servicios que mantienen vivas a mujeres y niños. Estados que prometen desarrollo a veces evitan las decisiones presupuestarias que permitirían a las mujeres estudiar, trabajar, planificar y sobrevivir al parto.

Vivas sostiene que estos temas siguen siendo invisibles en el debate público porque la seguridad y otros asuntos se consideran más importantes. Esa jerarquía es familiar en la región. La seguridad es urgente, por supuesto. Colombia ha vivido conflicto armado, crimen organizado, desplazamiento y violencia política. Pero la definición estrecha de seguridad suele excluir el cuerpo de la mujer que sangra en una clínica rural, la adolescente que abandona la escuela por un embarazo no planeado, el recién nacido que se pierde porque la atención llegó demasiado tarde.

Un país no puede construir paz ignorando la autonomía reproductiva. No puede construir productividad permitiendo que muertes maternas y neonatales evitables drenen a familias y clínicas. No puede hablar en serio de inversión mientras trata la salud de las mujeres como caridad y no como política económica.

Por eso el momento es importante. Colombia se acerca a una elección presidencial el 31 de mayo, y Vivas dice que las reducciones descritas en el informe requieren voluntad política. Ella pide decisiones presupuestarias y fiscales basadas en evidencia, especialmente en medio de una crisis del sistema de salud que exige intervenciones costo-efectivas. También insta a la ciudadanía a elegir propuestas de candidatos que no traten los derechos como una opinión, sino como un terreno ganado, un hecho que debe respaldarse con presupuestos.

Esa afirmación no es solo activismo. Es un diagnóstico de la seriedad democrática. Los derechos sin dinero se vuelven consignas. Las leyes sin clínicas se convierten en teatro. La salud pública sin anticoncepción se convierte en medicina de emergencia disfrazada de política.

Para América Latina, las cifras de Colombia ofrecen una advertencia regional y una posibilidad regional. La advertencia es que las brechas en salud reproductiva no son temas secundarios. Debilitan economías, profundizan la desigualdad y exponen la distancia entre el lenguaje constitucional y la realidad vivida. La posibilidad es que algunas de las mejoras más dramáticas en la salud de mujeres y recién nacidos no requieren presupuestos imposibles. Requieren evidencia, cumplimiento y valentía.

Hay algo casi insoportable en lo pequeño que suena la inversión comparado con las vidas en juego: $1,32 dólares por persona. Menos que el costo de muchas transacciones diarias en Bogotá, Medellín o Cali. Pero detrás de esa cifra hay una pregunta nacional. ¿Qué valora Colombia lo suficiente como para financiarlo antes de que ocurra la tragedia?

La respuesta no se encontrará solo en los discursos de campaña. Estará en clínicas, farmacias, escuelas, caminos rurales, presupuestos de salud y en la dignidad silenciosa de las mujeres cuyos futuros ya no se tratan como negociables.

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