VIDA

Aracataca se sube a un tren cultural más allá de las mariposas amarillas de García Márquez

En el pueblo natal de Gabriel García Márquez, un tren cultural invita a los niños a pintar futuros más allá de Macondo, mientras una joven poeta reclama su herencia. El encuentro de Aracataca con el arte plantea si el prestigio literario puede convertirse en una oportunidad educativa duradera a lo largo del corredor ferroviario caribeño de Colombia.

Una mariposa azul alza el vuelo

Anderson tiene prisa por subir. Con 10 años, este estudiante de cuarto grado tiene planes que van mucho más allá de la vía férrea que atraviesa Aracataca.

“Quiero ser astronauta, llegar a la luna y ver la Tierra desde allá arriba”, le cuenta a EFE mientras dibuja una mariposa en diferentes tonos de azul sobre acrílico.

Azul, no el amarillo asociado a Gabriel García Márquez. Es una pequeña distinción, pero útil en un pueblo cuyos niños merecen futuros más grandes que reproducir sus símbolos más famosos. Anderson tiene otro viaje en mente primero: España, donde vive un tío. Su mapa pasa por la familia antes de llegar al espacio exterior.

El vagón pertenece al Tren de la Cultura, un aula itinerante organizada por la operadora ferroviaria Ferrocarriles del Norte de Colombia, conocida como Fenoco, junto con las fundaciones Tiempo Feliz y Cergui Art. El artista español dEmo decoró el vagón, haciendo que el aula misma sea parte del encuentro con el arte.

Dibujar y bailar hacen que la invitación sea inmediata. El vagón no exige que los niños se acerquen a la cultura como una obra terminada detrás de un vidrio; les da algo que hacer y algo que crear.

Afuera está Aracataca, en Magdalena, cerca de las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Aquí, la estación se convierte en aula, no solo en un punto de referencia.

El momento le da a la visita una resonancia particular. García Márquez, premio Nobel de literatura en 1982, nació aquí en 1927; su centenario llegará en marzo de 2027. Conmemorar esa herencia es una tarea. Asegurar que los niños puedan usarla sin quedar confinados por ella es otra.

El presidente de Fenoco, Andrés Soto, dice a EFE que quiere que cada niño descubra que los sueños pueden viajar tan lejos como las vías. Anderson ya ha puesto la mira más allá de ellas.

Estudiantes juegan durante una de las clases organizadas por la empresa Ferrocarriles del Norte de Colombia (Fenoco), en Aracataca, Colombia. EFE/Pablo R. Seco

Una poeta más allá de la postal

Ketieth Salazar llega trayendo algo que el tren no trajo.

La joven de 16 años ha viajado desde el caserío de Buenos Aires con un poema que escribió en honor a García Márquez. Sobre el escenario, recita versos sobre el calor caribeño, las mariposas amarillas y Macondo. Otros niños y adultos aplauden.

“Gabriel García Márquez es mi principal inspiración, y nos enseñó que los sueños también nacen en los lugares más remotos”, dice en el reportaje de EFE.

Su presencia complica el lenguaje habitual de llevar cultura a lugares supuestamente vacíos. Ketieth ya escribía antes de subir al tren. El evento le da una audiencia, no una imaginación.

Esa distinción importa al evaluar la ambición del proyecto. Liany Certain, directora de Cergui Art, dice a EFE que fue concebido para “democratizar el arte”, incluso en lugares donde los niños ni siquiera saben qué significa la palabra.

No conocer un vocabulario institucional, sin embargo, es distinto a carecer de vida creativa. El poema de Ketieth lo demuestra sin necesidad de argumentos. Un programa puede ampliar el acceso a materiales, instrucción y reconocimiento, reconociendo al mismo tiempo que las comunidades que lo reciben ya tienen historias que vale la pena escuchar.

La propia infancia de García Márquez ofrece un precedente relevante. Las historias de sus abuelos sobre violencia y fantasmas ayudaron a nutrir el mundo ficticio que lo hizo famoso. La memoria local no fue un obstáculo que superó camino a la literatura. Fue material que transformó.

El recorrido de Ketieth también expone un límite práctico. El aula viaja, pero los niños de los asentamientos alejados aún deben llegar a sus paradas. Acercar una institución es valioso; no garantiza automáticamente el acceso universal. La distancia sigue siendo parte de la historia, incluso dentro de una iniciativa diseñada para superarla.

Más que una visita pasajera

El reportaje de EFE sitúa a Anderson junto a otros 150 niños en las actividades de Aracataca. Antes de llegar, el tren había visitado Santa Marta, Bosconia, Fundación y Sevilla. Eso suma cinco comunidades mencionadas, con Fenoco prometiendo una expansión futura.

Cinco paradas no muestran cuántos niños quedan fuera de la ruta. La asistencia no mide el aprendizaje duradero. La distinción significativa es entre acercar el arte brevemente y dar a los jóvenes oportunidades regulares para desarrollar sus propios intereses creativos.

La medida más sólida será la continuidad. ¿Podrán las escuelas participantes mantener las actividades? ¿Tendrán los niños materiales y orientación entre visitas? Tales preguntas no disminuyen el placer de la visita. Distinguen una introducción de una relación educativa.

Diana Peláez, directora de Tiempo Feliz, dice a EFE que cada niño tiene el potencial de transformar su futuro cuando existen oportunidades para aprender y crear. La palabra clave es oportunidades: en plural, y preferiblemente recurrentes.

La visita también reavivó la discusión sobre la Ruta Macondo, una propuesta que vincula el turismo ferroviario con el legado de García Márquez y el desarrollo local. Su promesa merece atención sin confundir el número de visitantes con los beneficios para los residentes. Una ruta literaria podría apoyar los medios de vida locales; si lo hace o no dependerá de quiénes participan y dónde se queda el gasto.

Aquí el ferrocarril adquiere un significado diferente. Las vías que transportan carbón también pueden conectar comunidades vecinas con actividades culturales. Eso no reemplaza a las escuelas ni garantiza prosperidad. Demuestra otro posible uso de una infraestructura que ya atraviesa la vida de las personas.

Aracataca le ha dado al mundo un pueblo ficticio extraordinario. Sus niños no deberían tener que convertirse en personajes de la nostalgia ajena.

Anderson no necesita convertirse en otro García Márquez. Necesita espacio para seguir sus propias preguntas. Por ahora, esas preguntas lo llevan más allá de una mariposa azul, rumbo a la luna.

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