AMÉRICAS

Apagones en Cuba convierten las playas de La Habana en el último refugio del verano

Bajo un calor abrasador y apagones casi totales, las familias cubanas están recuperando la costa rocosa de La Habana como un frágil refugio veraniego, donde el agua salada, las baterías portátiles y la celebración obstinada chocan con la escasez, el colapso del turismo y la aritmética diaria de la supervivencia en toda la isla.

La playa se convierte en un plan B

LA HABANA, Cuba. El verano llega más como una prueba que como una estación. El calor se instala en los apartamentos donde los ventiladores y refrigeradores quedan inmóviles por apagones que duran más de 20 horas. Los ómnibus casi han desaparecido. Los precios de los alimentos suben. Incluso el placer requiere planificación.

Las familias se desplazan hacia el oeste, hacia los bordes ásperos de La Habana, donde el mar sigue siendo accesible a pie. La costa de Playa no es una postal caribeña, en su mayoría es arrecife, roca y accesos improvisados. Pero la cercanía es ahora un lujo. Sin pasaje. Sin combustible. Sin horario que fallar.

Tailuma Chuy, de 35 años, se sentó allí una tarde, exhausta pero sin querer rendirse al día.

“Hay muy pocas opciones, pero ¿qué vamos a hacer?”, dijo a EFE. “No podemos ir a ningún otro lugar. Tenemos que quedarnos aquí hasta que haya un cambio.”

Agregó que “a los cubanos les gusta la fiesta”, defendiendo la vida normal. Seguir el Mundial 2026 requiere ingeniería doméstica. Chuy alimenta el televisor con una estación EcoFlow, o revisa los marcadores en línea, “quien tenga datos móviles”, contó a EFE.

Ese detalle revela el nuevo orden. Una marca de baterías se convierte en infraestructura. Los datos móviles en una plaza pública. Un arrecife en un club de verano. El Estado antes organizaba el ocio mediante transporte subsidiado. Ahora las familias arman sistemas privados de supervivencia con lo que quede cargado, caminable o gratis.

Personas junto al mar en La Habana, Cuba. EFE/Ernesto Mastrascusa

El agua salada sustituye a la medicina

Para Arturo Acosta, el agua ofrece más que distracción. A sus 60 años, camina más de 15 kilómetros desde La Habana Vieja hasta Playita de 16, en Miramar, con la esperanza de que el agua salada alivie una úlcera en el pie.

“No tengo dinero para pagar medicinas”, dijo Acosta a EFE. Luego vino un inventario furioso. “No tenemos electricidad, no hay luz, no hay agua. No tenemos nada.”

Su ruta traza el mapa de la crisis, desde el centro histórico desgastado hasta el oeste habanero, tradicionalmente asociado a embajadas, hoteles y privilegios. Incluso allí, el mar sirve como clínica de último recurso.

La crisis energética de Cuba, que se ha agravado desde mediados de 2024, se profundizó con las restricciones estadounidenses al petróleo impuestas en enero y sanciones más duras en mayo que disuaden a empresas extranjeras y limitan el acceso al combustible. La basura se acumula. Los hospitales ofrecen servicios mínimos. Los mercados informales fijan precios inalcanzables para alimentos y medicinas.

Las discusiones sobre la responsabilidad se dividen entre la presión de Washington y los fallos de La Habana, pero los hogares viven el colapso como una resta. Desaparece un servicio, luego otro. Una batería portátil reemplaza la red eléctrica. Un familiar reemplaza el transporte público. El mar reemplaza a la farmacia.

Fuera de La Habana, el margen es más estrecho. Los apagones han llegado a 72 horas consecutivas en partes de Cuba, reportó EFE. Delcy Linares, de Las Tunas, vino a la capital con su familia por motivos médicos y buscó formas económicas de darles un verano a sus hijos.

“Hasta ahora, ha sido mayormente la playa”, dijo Linares a EFE frente al Acuario Nacional de Cuba. “Estamos empezando a explorar las otras cosas que ofrece La Habana porque no somos de aquí.”

Ella y su esposo explicaron el propósito juntos. “Estamos tratando de que los niños disfruten y vean cosas que allá no se pueden ver, porque en el oriente no hay mucho”, dijeron a EFE.

Esa frase arrastra un viejo desequilibrio cubano. La Habana concentra instituciones, atención especializada y cultura visible. Las provincias orientales, centrales en la historia revolucionaria y la migración, enfrentan la escasez con menos alternativas. Una visita al acuario se convierte en evidencia de la desigualdad regional.

Como muchas capitales latinoamericanas, La Habana ha absorbido durante mucho tiempo recursos, servicios y atención política de las provincias. En Cuba, sin embargo, la economía centralizada hace que ese desequilibrio sea especialmente duro cuando el combustible, la medicina y el transporte se contraen al mismo tiempo.

Una persona se refresca junto al mar en La Habana, Cuba. EFE/Ernesto Mastrascusa

Hoteles vacíos frente a rocas llenas

El occidente habanero condensa la crisis en una sola imagen. Las familias locales se agolpan en las rocas accesibles mientras los hoteles cercanos permanecen en gran parte vacíos. Los restaurantes y casas de renta siguen, pero los visitantes extranjeros son cada vez más escasos.

De enero a mayo de 2026, Cuba recibió 359,491 turistas internacionales, según cifras oficiales, un 58 por ciento menos que en el mismo período de 2025. Ese año anterior ya había sido el más débil fuera de la pandemia en más de dos décadas. La comparación implica unos 856,000 visitantes en esos cinco meses del año pasado. Cuba perdió así cerca de medio millón de llegadas en solo un año.

El turismo es una de las tres principales fuentes de divisas de Cuba, por lo que la caída afecta mucho más allá de los vestíbulos de los hoteles. Significa menos dólares y euros para combustible, alimentos, repuestos y medicinas. La escasez de combustible reduce los vuelos. Las amenazas de sanciones han hecho que grupos hoteleros extranjeros, incluidos Meliá, Iberostar, Blue Diamond y Archipelago International, se retiren.

La inversión es cruel. Cuba conserva las playas, el clima y la cultura sobre los que se construyó el turismo. Le falta el sistema funcional necesario para atraer visitantes y convertir las llegadas en alivio público generalizado.

Sin embargo, la costa sigue llena, no de turistas sino de residentes que llevan toallas, botellas plásticas y el conocimiento práctico de cómo hacer una tarde con casi nada. Los niños chapotean mientras los adultos calculan la caminata de regreso, la carga del teléfono, el próximo apagón, la cena.

Por unas horas, el mar interrumpe esa aritmética. No resuelve la crisis. Refresca el cuerpo, suaviza una úlcera, distrae a un niño y lleva un marcador de fútbol en la conversación. En la Cuba de hoy, eso no es escape. Es resistencia con sal en la piel.

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