Medio ambiente

Chile y Perú enfrentan desastres gemelos entre suelos sacudidos e inundados

Un mortal terremoto en Perú y una extensa tormenta de El Niño en Chile han dejado en evidencia cómo el desastre se propaga a través de viviendas precarias, caminos rurales, servicios públicos y la geografía, convirtiendo los choques repentinos en prolongadas pruebas de la capacidad estatal y la desigualdad social en la actualidad.

Dos emergencias, un mapa desigual

En el centro de Perú, la tierra se movió primero. Un terremoto de magnitud 5.1 sacudió Junín el sábado, seguido 17 minutos después por una réplica de 3.7. Para el lunes, dos temblores menores volvieron a estremecer Chupaca. El miedo, sin embargo, no lee los gráficos sísmicos con calma científica.

Las familias en Chongos Bajo ya habían enterrado a cinco personas, tres hombres y dos mujeres. Otras treinta y dos resultaron heridas. Cerca de 400 residentes quedaron sin hogar, mientras que 180 más fueron oficialmente contabilizados como afectados. La gente dormía cerca de muros agrietados y esperaba a que los ingenieros decidieran si su casa seguía siendo refugio.

El gobierno de Perú declaró el estado de emergencia por 60 días en cinco distritos de las provincias de Chupaca y Huancayo. La medida permitiría “acelerar la reconstrucción y la asistencia multisectorial”, dijo el gobierno en un comunicado citado por EFE. Se autorizaron puestos médicos, brigadas, aulas temporales, apoyo habitacional y maquinaria pesada.

La respuesta suena integral porque el daño es íntimo y extenso. El sismo destruyó 52 viviendas, dejó 43 inhabitables y dañó 74. También fueron afectados cuatro escuelas, tres centros de salud, dos iglesias, dos estructuras de patrimonio cultural y un kilómetro de carretera.

Esas cifras describen más que mampostería rota. En un distrito andino, una carretera dañada puede aislar a un agricultor del mercado, a un paciente de una clínica y a un niño de la escuela. Una casa colapsada puede albergar a varias generaciones. Una iglesia dañada también puede ser un lugar de encuentro y archivo de la memoria comunal.

El terremoto fue moderado en magnitud. Sus consecuencias no lo fueron. Esa brecha es la medida más clara de la vulnerabilidad.

Miembros de las Fuerzas Armadas remueven escombros tras un terremoto en la provincia de Chupaca, Perú. Ministerio de Defensa

Cuando el clima ocupa un país

Más al sur, Chile enfrentó un desastre sin un epicentro único. Una violenta tormenta vinculada a El Niño comenzó en el centro-sur y avanzó hacia el norte, afectando finalmente a 10 de las 16 regiones del país. La lluvia inundó calles. Los ríos se desbordaron. Fallaron la electricidad y el agua. Barcos encallaron. Los vientos alcanzaron los 160 kilómetros por hora, derribando árboles y líneas eléctricas.

Cinco personas habían muerto para el lunes, igualando la cifra de Perú. Al menos otras cuatro estaban desaparecidas en Coquimbo y Atacama. Sin embargo, la magnitud se desplegó de manera diferente. Alrededor de 100,000 personas quedaron aisladas en comunidades del norte, y casi 16,000 viviendas resultaron dañadas en todo el país.

El presidente José Antonio Kast declaró el estado constitucional de catástrofe en Coquimbo y en la provincia de Huasco. “Todos los recursos materiales y económicos están disponibles para enfrentar esta emergencia”, escribió en un mensaje citado por EFE.

La declaración otorga a la presidencia de Chile amplias facultades para movilizar recursos y tomar control inmediato de las zonas afectadas. También puede restringir libertades civiles. Ese poder puede acelerar las labores de rescate, pero conlleva una tensión familiar en América Latina. El gobierno de emergencia puede actuar más rápido que la burocracia ordinaria, pero la autoridad concentrada aún requiere vigilancia.

El desastre de Chile también es una lección sobre la longitud territorial. La geografía angosta del país suele fomentar una imaginación nacional centrada en Santiago, pero esta tormenta se extendió por la costa, valles, cuencas y zonas áridas del norte. Cuando el agua llega a lugares donde la infraestructura no fue diseñada para absorberla, el resultado no es abundancia. Es aislamiento.

El servicio meteorológico chileno calificó la tormenta como uno de los episodios más significativos de los últimos años por su alcance geográfico e intensidad. Un sistema que abarca la mayor parte de la columna vertebral poblada del país obliga a las agencias a dividir cuadrillas, maquinaria, refugios y atención política entre comunidades distantes al mismo tiempo.

Un bote entre fuerte oleaje en la playa La Herradura en Coquimbo, Chile. EFE/Hernán Contreras

La recuperación comienza después de que se van las cámaras

Perú y Chile enfrentan peligros distintos, pero los datos apuntan a la misma verdad política. Los desastres solo son naturales en el momento del impacto. Después, las pérdidas se distribuyen según la calidad de la vivienda, el acceso vial, los ingresos, la inversión pública y la distancia a la capital.

La prueba más difícil será la coordinación. Perú ha tenido dificultades repetidas veces para convertir las declaraciones de emergencia en una recuperación duradera, especialmente en comunidades rurales de la sierra donde la capacidad municipal es limitada y la atención nacional se desvanece rápidamente. Sesenta días pueden acelerar el despliegue, pero los muros, escuelas y medios de vida no siempre pueden restaurarse al ritmo de la burocracia.

Chile inicia la recuperación con un sistema de respuesta a desastres desarrollado, pero las cifras siguen siendo abrumadoras. Dieciséis mil viviendas dañadas significan miles de inspecciones, reparaciones y soluciones habitacionales temporales. Cien mil personas aisladas no representan una sola emergencia, sino muchas, dispersas en lugares con diferentes caminos, sistemas de agua y capacidades locales.

La comparación no debe convertirse en una competencia por ver qué país sufrió más. La destrucción concentrada de Perú y la crisis climática extendida de Chile muestran distintas versiones del mismo problema regional. La infraestructura suele financiarse para tiempos normales, mientras que la geografía latinoamericana sigue produciendo tiempos anormales.

Para las familias, la distinción es más simple. En Junín, alguien se para frente a una casa marcada como insegura y se pregunta dónde dormirán los abuelos. En Coquimbo, una familia observa cómo el agua de la inundación recorre una calle que ayer llevaba buses y niños. En Atacama, los familiares esperan noticias de los desaparecidos.

Las cifras oficiales cambiarán a medida que continúen las evaluaciones. Lo que no debe cambiar es la atención a las personas cuyas emergencias duran más que los titulares. Un muro reconstruido no es recuperación si la clínica sigue siendo frágil. Una carretera despejada significa poco si los agricultores no pueden reponer lo que perdieron.

Chile y Perú ahora enfrentan el desastre más lento, medido no en magnitud ni en velocidad del viento, sino en promesas cumplidas. Ese ajuste de cuentas comienza cuando la tierra deja de temblar, la lluvia amaina y se le pide al Estado que permanezca.

Lea También: Cuando los cárteles se convierten en terroristas: el peligroso cambio de enfoque en la crisis criminal de América Latina

Related Articles

Botón volver arriba
LatinAmerican Post