El sueño turístico de Acapulco choca con cárteles, tormentas, miedo y silencio
Acapulco aún vende el brillo de la costa del Pacífico mexicano, pero bajo el horizonte de postal, huracanes, extorsión y dinastías políticas han vaciado la vida cotidiana, dejando a trabajadores, escritores y negocios midiendo la supervivencia en rutas canceladas, tiendas cerradas y recuerdos que se desvanecen.
Un paraíso reescrito por el miedo
Los camiones de reparto no se movieron. Cerveza, refrescos, agua y alimentos empaquetados permanecieron tras rejas mientras los barrios esperaban. EFE encontró flotas estacionadas en los centros de distribución después de que hombres armados mataran a dos trabajadores e hirieran de gravedad a otro en ataques coordinados por la tarde.
Una de las víctimas conducía para Grupo Modelo cerca de la Costera Miguel Alemán, la cara pública de Acapulco bordeada de hoteles. Minutos después, un empleado de Sigma Alimentos recibió un disparo en la cabeza. Luego, un promotor de Coca-Cola fue asesinado dentro de un vehículo de la empresa.
Al día siguiente, las grandes empresas se mantuvieron fuera de las calles. Coca-Cola suspendió labores indefinidamente. Sigma paró en solidaridad. Pepsi y Grupo Modelo mantuvieron solo personal administrativo, de mantenimiento y de almacén. Bonafont envió 10 de 35 rutas, menos del 29 por ciento, principalmente a supermercados.
Esa aritmética importa. Cuando desaparecen 25 rutas de agua, la violencia llega a la tienda de la esquina, al refrigerador del restaurante y al hogar que se pregunta si llegará el agua embotellada. Los grupos armados no necesitan ocupar el ayuntamiento para gobernar la vida diaria. Pueden gobernar el movimiento.
La escritora Brenda Ríos ha visto cómo esa autoridad se extiende por su ciudad natal durante décadas. “Es triste porque te quitan tu ciudad”, dijo a EFE en Ciudad de México, donde se sumó a lo que llama el “éxodo voluntario” de Acapulco.
Su colección de crónicas, “Dulce Acapulco”, tardó más de 10 años en escribirse. El título tiene un sabor agridulce. Ríos llama a la ciudad de más de un millón de habitantes un “western distópico” en su entrevista con EFE, una película de Quentin Tarantino con Frank Sinatra de fondo.
La imagen es teatral. Los números no. El 52 por ciento de los residentes vive en pobreza, lo que significa que más de medio millón de personas habitan la misma capital turística sin compartir su abundancia anunciada.

Cuando la caída de homicidios no se traduce en seguridad
Las estadísticas oficiales ofrecen otro marco. Las autoridades federales informaron que los homicidios en Acapulco cayeron un 50.1 por ciento en diciembre de 2024, uno de los meses menos violentos del año. A nivel nacional, los homicidios dolosos bajaron un 16.3 por ciento durante el primer trimestre presidencial de Claudia Sheinbaum.
Esos descensos son significativos. Pero también son incompletos.
El conteo de homicidios mide cuerpos, no el territorio más amplio del miedo. No registra al taxista que rechaza una ruta, al comerciante extorsionado, al maestro amenazado ni a la empresa que cerca su flota. Los asesinatos selectivos pueden paralizar el comercio incluso cuando la cifra mensual baja.
Esa es la contradicción central de Acapulco. Puede volverse estadísticamente más seguro mientras los trabajadores lo experimentan como menos gobernable. Los fiscales abrieron investigaciones y las autoridades locales anunciaron más patrullajes. Las empresas respondieron más rápido. Confiaron en la quietud.
Ríos dijo a EFE que los maestros, taxistas y operadores de autobuses están entre los pocos con empleo estable, “pero también son amenazados”. Tener trabajo no es seguridad. Una ruta de reparto puede convertirse en una sentencia.
Casi 20 organizaciones criminales se disputan las siete regiones de Guerrero. El Cártel Jalisco Nueva Generación y La Familia Michoacana operan internacionalmente. Los Ardillos y Los Tlacos crecieron localmente. Su alcance va desde los campos de amapola hasta los limones y la carne, mientras la extorsión decide quién abre, reparte o se va.
“Acapulco es un lugar sin ley, pero la ironía es que está sobrepolitizado”, dijo a EFE. “Es un western donde no hay buenos ni malos. Todos están contra todos, y en medio está la clase trabajadora tratando de sobrevivir.”
Su punto no es que la política haya desaparecido, sino que se volvió densa sin volverse protectora. Las dinastías Salgado, Aguirre y Figueroa mantuvieron influencia a través de los cambios de partido. Las etiquetas electorales cambiaron. Las jerarquías locales perduraron.

El glamour nunca bajó la colina
Para recuperar el antiguo brillo de Acapulco, Ríos visita el Hotel Los Flamingos. En los años cincuenta, atraía a John Wayne, Roy Rogers y Sinatra. Sus meseros más antiguos, contó a EFE, recuerdan propinas en dólares, excesos y fiestas que parecían tocar a todos.
Pero la memoria puede embellecer un pasado desigual. Ríos sostiene que todo paraíso turístico lleva una historia de despojo de tierras ejidales, y Acapulco no es la excepción. La costa se volvió mercancía. La ciudad trabajadora creció detrás de ella.
Para los años noventa, las revistas mostraban hoteles de lujo, mansiones de celebridades y las promesas del TLCAN. Luis Miguel y Plácido Domingo simbolizaban un destino conectado a la riqueza global. Sin embargo, Ríos dijo a EFE, “el dinero no circula hacia abajo”.
Esa frase explica la arquitectura de la ciudad. Acapulco produjo espectáculo sin redistribución. El turismo creó islas de consumo, mientras el 52 por ciento de pobreza muestra cuán poco valor se convirtió en seguridad familiar o instituciones confiables.
Luego llegó el huracán Otis, no como el inicio sino como un acelerador. Borró hoteles, restaurantes y negocios ya expuestos a la extorsión y a la débil gobernanza. Una tormenta destruye muros en horas. La extorsión criminal puede mantenerlos abajo.
Ríos ha visto cómo la propiedad misma pierde sentido. Ser dueño se vuelve condicional cuando un cártel exige pago, un huracán despoja un edificio y el poder político no garantiza ni reconstrucción ni justicia. El patrimonio es menos un activo que una apuesta.
Ella sigue escéptica de que la recuperación llegue en su vida. Acapulco, dijo a EFE, supuestamente “se está levantando desde los años ochenta”.
Aun así, la gente acude a los almacenes. Los meseros conservan historias. Las familias permanecen en los barrios de los cerros sobre la bahía. La ciudad sobrevive. Lo que ha desaparecido es la promesa de que el paraíso protegería a quienes lo construyeron.
En la Costera, los hoteles aún miran al Pacífico. Detrás de rejas, los camiones esperan. Entre esas imágenes se encuentra el Acapulco moderno, hermoso, sobreexpuesto y rehén de fuerzas que aprendieron a hacer que incluso el agua tema viajar.
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