AMÉRICAS

Colombia enfrenta los tribunales de secuestro del ELN mientras la “justicia” rebelde se pudre

Las sentencias autoproclamadas del ELN contra funcionarios colombianos secuestrados convierten el cautiverio en un grotesco drama judicial, exponiendo el paisaje narco-guerrero de Arauca, los límites de la retórica de paz y un país aún rehén de grupos armados que invocan la ley mientras practican el terror a diario.

Un veredicto escrito en cautiverio

El anuncio sonó como una sentencia de otro siglo. Sin embargo, cayó en Colombia con la fuerza de un crimen reciente.

El Ejército de Liberación Nacional, conocido como ELN, anunció el martes que había impuesto hasta cinco años de lo que llama “prisión revolucionaria” a cuatro funcionarios estatales secuestrados desde el año pasado. No hubo tribunal reconocido por Colombia. Ningún juez con autoridad constitucional. Ninguna defensa garantizada por el Estado. Ninguna justicia legítima. Solo un grupo guerrillero leyendo castigos sobre personas a las que ya había privado de libertad.

Las víctimas son Jesús Antonio Pacheco Oviedo y Rodrigo Antonio López Estrada, miembros del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía General de la Nación, conocido como CTI. Fueron secuestrados en mayo de 2025 en Arauca, al oriente de Colombia. Según un comunicado leído por un miembro del Frente de Guerra Oriental del ELN, Pacheco Oviedo debe permanecer en cautiverio durante 60 meses. López Estrada, durante 55 meses porque pertenecían a un organismo estatal que, según la guerrilla, es acusado de cometer crímenes de lesa humanidad.

El ELN también afirmó que dos policías de la Dijín, la dirección de investigación criminal, recibieron sentencias de 36 y 32 meses. Franki Esley Hoyos Murcia y Yordin Fabián Pérez Mendoza fueron secuestrados en Arauca en julio. El grupo los acusó de espionaje y perfidia.

El vocabulario es la primera arma. El ELN dice “condenados”. Colombia escucha secuestrados. El ELN habla de “juicios revolucionarios”. Colombia ve un cautiverio forzado disfrazado de procedimiento. El ELN dice que decidió no imponer la pena de muerte. Colombia entiende la crueldad de un captor que finge misericordia mientras mantiene a cuatro familias suspendidas entre el miedo y la espera.

Ese es el oscuro teatro del caso. La guerrilla no solo ha tomado hombres como rehenes. Ha intentado narrar el secuestro como justicia.

Insurgentes del ELN. EFE/ Christian Escobar Mora

El secuestrador se disfraza de juez

Hay algo especialmente escalofriante en que un grupo armado finja reducir una condena que creó por la fuerza. En su comunicado, el ELN dijo que había concedido una rebaja de pena por el comportamiento de los cautivos durante el juicio y mientras cumplían su castigo. También aseguró que reconocería el tiempo que los hombres ya han pasado privados de libertad desde su captura como parte de la sentencia.

Esto es horror burocrático. Es el lenguaje del papeleo aplicado al crimen del secuestro. Convierte la selva, el campamento, el lugar oculto del cautiverio en un falso tribunal. Le pide a Colombia que acepte la gramática legal de quienes cometen el delito.

El ELN incluso dijo que los cautivos podrían ser incluidos en “mecanismos de intercambio humanitario” por prisioneros de guerra con el gobierno nacional. Esa frase revela la intención política. El grupo quiere elevar a los funcionarios secuestrados a piezas de negociación. Quiere que el Estado lo reconozca no solo como actor armado, sino también como actor judicial, igual militar y autoridad paralela.

El ministro de Defensa de Colombia, Pedro Sánchez Suárez, rechazó de inmediato esa afirmación. Calificó el anuncio del ELN de cobarde y dijo que la guerrilla no tiene legitimidad para ejercer funciones judiciales. “El ELN no es una autoridad. No representa la justicia. Es un cartel del narcotráfico”, afirmó.

Sus palabras no solo fueron de indignación. Fueron una defensa del monopolio estatal de la justicia, un principio que Colombia ha visto debilitarse en muchos territorios donde los grupos armados cobran impuestos, amenazan, reclutan, castigan y deciden quién vive bajo qué reglas. Cuando un grupo puede secuestrar a funcionarios estatales y luego declararlos “condenados”, no solo desafía al gobierno. Le dice a los civiles que la ley nacional termina donde comienza el poder armado.

La defensora del pueblo de Colombia, Iris Marín Ortiz, también advirtió que estas acciones no cambian la naturaleza del delito. El secuestro sigue siendo secuestro. Según el derecho internacional humanitario, dijo, la privación de la libertad debe terminar sin condiciones.

Esa claridad legal importa porque el método del ELN depende de la confusión. Quiere que el país debata su castigo como si el primer acto no fuera ya un crimen. Quiere que el falso juicio oculte la violencia original. Pero ninguna causa política, ningún viejo vocabulario revolucionario, ninguna reivindicación de guerra puede borrar el hecho básico: cuatro personas fueron capturadas y siguen retenidas.

Ministro de Defensa de Colombia, Pedro Sánchez. EFE/ Carlos Ortega

La guerra de Arauca detrás de las palabras

Arauca no es un telón de fondo neutral. Es uno de los departamentos colombianos más golpeados por el conflicto armado, y su geografía ayuda a explicar por qué este caso importa tanto. La región ha estado marcada durante mucho tiempo por tensiones fronterizas, economías ilícitas y actores armados que luchan por rutas, influencia y supervivencia. El ELN, disidencias de las FARC y otros grupos ilegales se disputan el control de corredores del narcotráfico y economías ilegales allí.

Eso hace que estos secuestros sean parte de un mapa más amplio. El anuncio del ELN no es solo teatro ideológico. Es un mensaje territorial. En lugares como Arauca, el poder se demuestra mediante la capacidad de capturar, retener, acusar y castigar. Un funcionario del CTI o un investigador policial secuestrado no es solo un rehén. Se convierte en prueba de que el grupo armado puede golpear la maquinaria del Estado y luego obligar al país a escuchar su guion.

Para Colombia, esto es un recordatorio doloroso de que el conflicto no desapareció con los acuerdos de paz ni con el lenguaje político. Cambió de forma. Algunos grupos se desmovilizaron. Otros se fragmentaron. Otros se adaptaron a las rutas del narcotráfico, la minería ilegal, la extorsión y las economías de frontera. Los viejos eslóganes guerrilleros permanecen, pero el dinero suele contar una historia más honesta.

Por eso importa políticamente la descripción del ministro de Defensa del ELN como cartel del narcotráfico. Refleja una frustración más amplia en Colombia: muchos ciudadanos ya no creen que los grupos armados puedan esconderse tras la mitología revolucionaria mientras se lucran de economías ilícitas y aterrorizan comunidades. El lenguaje romántico de la rebelión se ha agriado. En su lugar, muchos colombianos ven secuestros, narcotráfico, control territorial y crueldad.

El caso también llega en un momento en que el país sigue debatiendo cómo buscar la paz sin premiar la violencia. La negociación puede ser necesaria. Colombia conoce el costo de la guerra interminable. Pero los diálogos se vuelven moralmente inestables cuando un grupo armado sigue secuestrando y luego inventa tribunales para justificar el cautiverio. La paz no puede significar permitir que sistemas de justicia paralelos crezcan en las sombras.

Para las familias, estos debates no son abstractos. Cada declaración pública es un día más sin sus seres queridos en casa. Cada “sentencia” inventada es otro calendario de miedo. Sesenta meses. Cincuenta y cinco meses. Treinta y seis. Treinta y dos. Estos números no son penas legales. Son ausencias medidas. Cumpleaños perdidos. Hijos que crecen. Padres que rezan. Esposas, esposos, hermanos y amigos obligados a vivir bajo el reloj de los secuestradores.

Colombia ha escuchado antes el lenguaje del cautiverio. Recuerda jaulas en la selva, videos de prueba de vida, marchas forzadas, intercambios humanitarios y la terrible paciencia exigida a las familias. El anuncio del ELN arrastra esa memoria al presente y la mancha con una nueva afrenta: el captor disfrazado de tribunal.

El desafío del país ahora es mayor que asegurar la liberación de cuatro hombres, aunque eso debe ser lo primero. Colombia también debe rechazar la ficción de que los grupos armados pueden fabricar legitimidad escenificando juicios sobre personas que han secuestrado. Si esa línea se derrumba, entonces cada rehén se convierte en acusado, cada campamento en tribunal y cada orden criminal puede vestirse con el disfraz de la ley.

En Arauca, la guerra habla con muchas máscaras. Esta semana, vistió toga de juez. Colombia debe reconocerla por lo que es.

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