AMÉRICAS

Estudiantes de Argentina marchan nuevamente mientras los recortes universitarios de Milei ponen a prueba la democracia

La crisis de las universidades públicas argentinas ha desbordado las calles, donde estudiantes, profesores, médicos y familias desafían el proyecto de austeridad de Javier Milei y defienden un modelo de educación gratuita que durante mucho tiempo prometió movilidad en una región marcada por la desigualdad.

Una nación marcha por sus aulas

Para la tarde del martes, Buenos Aires tenía el aire de un país intentando recordar en qué seguía creyendo. Los estudiantes llegaron con mochilas y carteles pintados. Los profesores llegaron con rostros cansados, de esos que se ganan tras meses de salarios menguantes y aulas más llenas. Los trabajadores de hospitales llegaron con sus uniformes. Los estudiantes de secundaria llegaron porque la crisis ya no se sentía abstracta. Se había acercado, casi hasta la puerta de entrada de su futuro.

La Marcha Federal Universitaria llenó las calles alrededor de los campus públicos argentinos antes de avanzar hacia la Plaza de Mayo, el centro simbólico de la presión política argentina, frente a la Casa Rosada. Protestas similares se extendieron por otras ciudades. Bajo el lema “Por la educación, las universidades públicas y la ciencia nacional”, los manifestantes exigieron que el gobierno del presidente Javier Milei cumpla con la ley de financiamiento de la educación superior pública, que su administración se ha negado a implementar.

Los organizadores dijeron que 1,5 millones de personas se movilizaron en todo el país. Incluso en una nación acostumbrada a la protesta masiva, esa cifra tiene peso político. Sugiere que la lucha por las universidades se ha convertido en algo más que una disputa presupuestaria. Se ha transformado en un referéndum sobre qué tipo de Estado quiere conservar Argentina tras años de inflación, frustración, promesas incumplidas y vaivenes ideológicos.

Emiliano Yacobitti, vicerrector de la Universidad de Buenos Aires, dijo a EFE que la marcha representaba a los argentinos exigiendo que los profesores y trabajadores universitarios puedan vivir dignamente de su trabajo. La universidad pública, afirmó, sigue siendo la principal herramienta de movilidad social del país. Su acusación fue directa: este gobierno está desmantelando la educación pública de calidad.

Personas participan en la ‘Marcha Federal Universitaria’ en Buenos Aires, Argentina. EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

La austeridad llega al aula

Los datos detrás del enojo son contundentes. Según el Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación, el presupuesto universitario de Argentina cayó del 0,718 por ciento del PBI en 2023 al 0,428 por ciento este año, su nivel más bajo desde 1989. Eso no es recortar excesos. Eso es cortar músculo, memoria y capacidad nacional.

Desde que asumió a fines de 2023, Milei ha hecho del equilibrio fiscal el núcleo de su identidad política. Para sus seguidores, el shock de austeridad es la medicina amarga necesaria tras décadas de desorden económico argentino. Para sus críticos, es un experimento ideológico que trata a las instituciones públicas como obstáculos y no como cimientos. Las universidades están ahora en el centro de esa confrontación porque son uno de los símbolos democráticos más poderosos de Argentina.

La educación universitaria pública y gratuita existe en Argentina desde 1949. Con el tiempo, ayudó a construir uno de los sistemas de educación superior más respetados de América Latina, con unos dos millones de estudiantes matriculados en 57 universidades públicas. La Universidad de Buenos Aires no solo es la universidad más grande del país, sino también una de las más prestigiosas. Es un imán regional, un lugar donde argentinos y extranjeros han imaginado durante mucho tiempo el conocimiento como un derecho público y no como un lujo.

Por eso los recortes duelen tan hondo. No son solo administrativos. Redefinen el contrato social. Cuando los salarios caen por debajo de la línea de pobreza, los profesores se van. Cuando los profesores se van, desaparecen las clases. Cuando desaparecen las clases, los estudiantes demoran sus títulos o abandonan. Cuando las becas son insuficientes, a los estudiantes de clase trabajadora se les pide un milagro: estudiar, trabajar, viajar, comer, pagar alquiler y aun así creer que el futuro está abierto.

El estudiante de medicina Guido Marotta dijo a EFE que las tasas de abandono ya son altas porque las renuncias de profesores reducen la cantidad de clases disponibles. En contraste, los estudiantes se ven cada vez más obligados a trabajar para sobrevivir. Sin becas, afirmó, muchos no pueden combinar estudio y trabajo, por lo que abandonan sus carreras. Así es como la austeridad se vuelve hereditaria. No solo reduce el gasto de este año, sino que también limita quién podrá ser médico, ingeniero, docente, científico, enfermero, abogado o investigador dentro de diez años.

Personas participan en la ‘Marcha Federal Universitaria’ en Buenos Aires, Argentina. EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

El hospital como advertencia

La crisis también es visible más allá de las aulas. Los hospitales públicos vinculados a universidades luchan con la escasez de insumos, infraestructura y personal. En el Hospital de Clínicas, parte de la UBA, la trabajadora administrativa Karen Rivero Carrizo dijo a EFE que los pacientes llegan de todo el país. Sin embargo, los médicos no pueden operar porque faltan insumos. La crisis presupuestaria, señaló, afecta la formación de médicos y enfermeros que luego atienden en las regiones más alejadas de Argentina.

Ese detalle revela la magnitud del problema a nivel nacional. Un hospital universitario en Buenos Aires no es solo una institución local. Es parte de la maquinaria que forma profesionales para provincias, pueblos rurales y zonas de frontera donde el Estado suele ser débil y las opciones privadas son limitadas. Si ese sistema se debilita, el daño se propaga. Llega a pacientes que nunca marcharon, a pueblos que nunca salen en los titulares y a familias que quizás no se preocupan por las batallas ideológicas hasta que la clínica se queda sin médico.

También hay un significado regional. A América Latina se le ha dicho muchas veces que el desarrollo depende de la disciplina, la apertura, la eficiencia y la confianza del mercado. Pero los países no se fortalecen dejando morir de hambre a las instituciones que producen capital humano. En una región que compite por inversión tecnológica, capacidad médica, investigación científica y liderazgo en la transición energética, la crisis universitaria argentina es una advertencia para el continente. El orden fiscal importa, pero un país que equilibra sus cuentas desmantelando su base de conocimiento puede ganar una planilla de cálculo y perder una generación.

Por eso también había estudiantes extranjeros en la multitud. La estudiante brasileña de psicología Thais Caixeiro dijo a EFE que vino a Argentina en 2024 porque la UBA es la mejor universidad de América Latina y quiere graduarse. Sin embargo, describió baños sin papel higiénico y profesores cuyos salarios no cubren ni la mitad del alquiler. Su testimonio refleja la humillación detrás de las cifras. El prestigio sobrevive un tiempo gracias a la reputación. Luego las luces titilan, el papel se acaba y el mito comienza a resquebrajarse.

El partido de Milei, La Libertad Avanza, desestimó la marcha como una movilización de la oposición política. Al mismo tiempo, el presidente compartió un comunicado reafirmando el compromiso de su gobierno con el equilibrio fiscal. En efecto, sindicatos, peronistas, el Frente de Izquierda de los Trabajadores, la Unión Cívica Radical y figuras de la cultura se sumaron a la protesta. Pero reducir la marcha a una maniobra partidaria ignora la corriente más profunda. Las universidades en Argentina no son solo instituciones. Son biografías familiares. Son la razón por la que la hija de obreros se convierte en cirujana, el hijo de migrantes en ingeniero, o un estudiante de Brasil cruza una frontera para estudiar psicología.

La lección geopolítica es incómoda. En toda América Latina, la democracia se pone a prueba menos por golpes dramáticos que por una lenta erosión institucional, agotamiento económico y la conversión de los bienes públicos en campos de batalla ideológicos. En Argentina, el aula se ha convertido en uno de esos campos de batalla. La pregunta ya no es si el Estado gasta demasiado o demasiado poco. Es si una nación puede recortar tan profundamente su propio futuro y seguir llamando a ese sacrificio libertad.

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