ANÁLISIS

El Salvador reescribe sus reglas mientras Bukele consolida su poder

En El Salvador, la reforma constitucional se ha convertido en velocidad política, mientras los aliados de Nayib Bukele remodelan las elecciones, los tribunales, el castigo y la representación, lanzando una advertencia regional sobre democracia, popularidad, seguridad y la silenciosa maquinaria legal que puede hacer permanente el poder.

Una Constitución a velocidad presidencial

En El Salvador, las viejas señales de advertencia no siempre llegan con tanques en la calle. A veces llegan como texto legal, aprobado de noche, ratificado en horas, defendido como eficiencia y envuelto en el lenguaje de la voluntad popular.

Eso es lo que ahora ven los críticos en la serie de reformas constitucionales aprobadas y ratificadas por Nuevas Ideas, el partido gobernante del presidente Nayib Bukele. A lo largo de dos legislaturas consecutivas, el partido ha impulsado al menos nueve cambios constitucionales, tocando algunos de los nervios más sensibles de la vida democrática: reelección, reglas electorales, financiamiento de partidos, castigo penal, representación en el exterior y la estructura de la propia autoridad electoral.

El gobierno presenta los cambios como necesarios para el país. Sus opositores, analistas legales, grupos de derechos y observadores internacionales ven otra cosa: una Constitución que se está adaptando en torno a un líder y a un solo proyecto político.

Una abogada y analista consultada por EFE, quien pidió anonimato por razones de seguridad, dijo que las últimas reformas repiten los mismos defectos que las anteriores: sin discusión real, poca claridad, poca transparencia, muchas dudas sin responder y un propósito compartido de concentrar el poder. Su conclusión fue directa. La Constitución de El Salvador, argumentó, está siendo moldeada para encajar con Bukele y su círculo.

Esa frase pesa en un país aún marcado por la memoria de la guerra civil, el desgaste de los partidos de posguerra, el terror de las pandillas, la migración y las instituciones fallidas. Bukele no surgió de la nada. Surgió de un país agotado por Arena y el FMLN, los dos grandes partidos de la era posguerra. Ganó en 2019 porque muchos salvadoreños querían ruptura. Prometió orden donde la gente había conocido extorsión, miedo, corrupción y aburrimiento político.

Pero la ruptura puede volverse un hábito. Y cuando un líder con alto apoyo popular controla la asamblea, los tribunales, la maquinaria electoral y el relato de la seguridad, la frontera entre reforma y captura se vuelve peligrosamente delgada.

Un grupo de legisladores durante una sesión plenaria en San Salvador. EFE/Rodrigo Sura

Los números explican la arquitectura del poder. Bukele gobernó primero desde mediados de 2019 hasta principios de 2021, periodo en el que la Asamblea Legislativa estaba dominada por la oposición. Luego, en 2021, su popularidad le dio a Nuevas Ideas 56 de 84 escaños, más el apoyo de partidos aliados. Esa mayoría cambió el ritmo institucional del país. En 2023, la legislatura redujo el número de diputados de 84 a 60 y cambió la fórmula para asignarlos. Los críticos advirtieron entonces que la reforma ayudaría a preservar el control del partido gobernante. En 2024, Nuevas Ideas ganó 54 de los 60 escaños.

Eso no es solo una victoria. Es un control casi total sobre el campo legislativo.

El movimiento clave llegó en abril de 2024, cuando Nuevas Ideas y sus aliados aprobaron una reforma al artículo 248, el artículo que regula la reforma constitucional. Antes, las enmiendas constitucionales requerían dos legislaturas distintas, una para aprobar y otra para ratificar. La demora no era una molestia burocrática. Era un freno democrático, una pausa incorporada al sistema para que ninguna mayoría temporal pudiera reescribir rápidamente las reglas de la vida nacional.

En enero de 2025, bajo una segunda legislatura controlada por Nuevas Ideas, se ratificó el nuevo procedimiento, permitiendo que las reformas constitucionales se completaran en el mismo periodo legislativo. A partir de ahí, la velocidad aumentó.

El 31 de julio de 2025, en solo unas horas, Nuevas Ideas y sus aliados aprobaron y ratificaron reformas a los artículos 75, 80, 152 y 154. Los cambios habilitaron la reelección presidencial indefinida, eliminaron la segunda vuelta presidencial, unificaron las elecciones y extendieron el periodo presidencial a seis años. En febrero de 2025, se eliminó el artículo 210, suprimiendo el financiamiento público para las campañas de los partidos políticos, lo que debilitó aún más a una oposición ya golpeada. A finales de marzo de 2026, la Constitución volvió a cambiar para permitir la cadena perpetua por homicidio, violación y pertenencia a organización terrorista, incluso para menores y adultos.

Cada reforma puede defenderse por separado, y esa es parte de la estrategia. La representación de la diáspora suena democrática. El endurecimiento de penas suena popular en un país traumatizado por la violencia. La simplificación electoral suena eficiente. Pero en conjunto, el patrón es mucho más claro. El partido gobernante no solo gobierna dentro de la Constitución. Está rediseñando la Constitución mientras gobierna.

Las reformas también se asientan sobre una ruptura institucional previa. Bukele inició su segundo mandato consecutivo en junio de 2024 a pesar de fuertes objeciones locales e internacionales de que varios artículos constitucionales lo prohibían. Su candidatura fue aprobada por el Tribunal Supremo Electoral con base en una resolución de una Sala de lo Constitucional cuestionada, cuyos miembros fueron elegidos luego de que Nuevas Ideas destituyera a los magistrados anteriores.

Esa historia importa porque la democracia no es solo el día de las elecciones. Es quién cuenta los votos, quién interpreta la Constitución, quién financia las campañas, quién puede competir, quién puede apelar y quién tiene tiempo para resistir antes de que las reglas cambien de nuevo.

Agentes de policía caminando en San Salvador. EFE/Rodrigo Sura

Latinoamérica observa la formación de un nuevo modelo

Para América Latina, El Salvador ya no es solo una historia de seguridad. Es un modelo político bajo observación.

El atractivo regional de Bukele se basa en un hecho brutal: muchos latinoamericanos están cansados de que se les pida respetar instituciones que nunca los protegieron. En barrios aplastados por pandillas, extorsión, corrupción e impunidad, la promesa de orden puede sentirse más real que el constitucionalismo abstracto. Por eso su imagen viaja. Llega a países donde los ciudadanos miran las tasas de homicidio, los tribunales rotos y los comerciantes asustados y se preguntan si la democracia liberal se ha vuelto un idioma de lujo.

Pero el caso salvadoreño revela la trampa. La legitimidad de la seguridad puede convertirse en permiso constitucional. Un presidente popular puede argumentar que el pueblo lo quiere, que los opositores son corruptos, que los grupos de derechos son regañones extranjeros, que la velocidad es necesaria y que los contrapesos son obstáculos del viejo orden. El peligro no es que cada reforma sea impopular. El peligro es que la popularidad se convierta en el disolvente que elimina los límites.

En agosto de 2025, Cristosal advirtió que las reformas de reelección indefinida confirmaban la intención del régimen de permanecer en el poder y señalaba un escenario oscuro en un país ya inmerso en una crisis de derechos humanos. Esa advertencia no es teórica. Habla de un patrón latinoamericano más amplio en el que líderes de distintas ideologías han aprendido que las instituciones pueden debilitarse legalmente, gradualmente y con aplausos.

Aquí es donde el caso de El Salvador se vuelve geopolítico. Washington, las capitales latinoamericanas, inversores y votantes leen a Bukele con lentes opuestos. Algunos ven una historia de éxito en seguridad. Otros ven un retroceso democrático. Muchos ven ambas cosas, y esa ambigüedad es precisamente lo que hace exportable el modelo. Ofrece orden primero, preguntas constitucionales después.

El resultado es una nueva tentación regional: democracia sin alternancia, elecciones sin verdadera incertidumbre, tribunales sin independencia, castigo sin proporcionalidad y oposición sin oxígeno. La Constitución de El Salvador no está siendo quemada. Está siendo editada. Y en América Latina, donde la historia ha enseñado a temer a los uniformes, el peligro más moderno puede ser más silencioso: una pluma, una supermayoría y un líder lo suficientemente popular como para que la permanencia parezca voluntad del pueblo.

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