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Guatemala sigue buscando a Cristina mientras el silencio sobre el feminicidio se hace más fuerte

Quince años después de la desaparición de Cristina Siekavizza en Guatemala, la súplica de su familia por pistas anónimas resuena en una región donde existen leyes contra el feminicidio, los cuerpos desaparecen y la justicia para las mujeres llega con demasiada frecuencia tarde, de forma parcial o nunca.

Una familia pide valentía

En la Ciudad de Guatemala, la fotografía hizo lo que los tribunales no pudieron. Mantuvo a Cristina Siekavizza presente.

Sus hijos, Roberto José y María Mercedez Barreda Siekavizza, se presentaron ante el país el lunes con su imagen en las manos, ya no los niños pequeños que atravesaron uno de los casos de presunto feminicidio más emblemáticos de Guatemala, sino adultos formados por una ausencia. Sus abuelos se sentaron junto a ellos. Su exigencia no era venganza, al menos no en el sentido estridente. Era algo más íntimo, más devastador. Dígannos dónde está.

“Después de 15 años, nuestra familia solo pide una cosa: que se busque a nuestra querida Cristina, para devolverla a nosotros con dignidad y poder darle sepultura cristiana”, dijo su madre, Angelis de Siekavizza, según EFE. La frase tenía el peso de la Guatemala católica, y también el filo duro de un país donde a los muertos a menudo se les niega incluso la última misericordia de ser encontrados.

La última vez que se vio a Cristina fue en su casa familiar la noche del 6 de julio de 2011. El caso se investigó primero como un secuestro. Más tarde, los fiscales centraron la investigación en su esposo, Roberto Barreda, quien huyó a México con los dos hijos de la pareja y fue arrestado allí en 2013. Los fiscales alegaron que actuó con la complicidad de su madre, Beatriz Ofelia de León, exmagistrada de la Corte Suprema acusada en el caso de encubrimiento e influencia judicial.

Ese detalle aún duele. En un país donde el poder ha sabido vestirse de toga, la presunta implicación de una exmagistrada hizo que el caso se sintiera más grande que un solo hogar. Se convirtió en un retrato de la maquinaria a la que se enfrentan las mujeres cuando la violencia pasa del dormitorio al tribunal, cuando el terror privado se encuentra con la influencia pública.

Barreda fue juzgado en 2019 por cargos de feminicidio y obstrucción a la justicia. El proceso terminó antes del fallo. Murió en 2020 por complicaciones de COVID-19, extinguiendo la posibilidad de una condena. Lo que quedó fue una familia sin cuerpo, una sociedad sin sentencia y una pregunta que sigue regresando en la larga discusión de Guatemala con la impunidad: ¿qué significa la justicia cuando el acusado muere antes de que la verdad sea plenamente dicha?

Roberto José y María Mercedes Barreda Siekavizza, con una fotografía de su madre, Cristina Siekavizza, en la Ciudad de Guatemala, Guatemala. EFE / Alex Cruz

Las cifras tienen rostro

El caso Siekavizza perdura porque es singular y dolorosamente común a la vez. Tiene los elementos que captan la atención nacional: una familia de clase media, un esposo fugitivo, una suegra poderosa, hijos llevados a través de fronteras, un proceso legal que se derrumbó en demora y muerte. Sin embargo, su horror más profundo pertenece a un patrón mucho más amplio en América Latina.

Al menos 3,828 mujeres y niñas fueron víctimas de feminicidio en América Latina y el Caribe en 2024, según cifras atribuidas en las notas del caso a la CEPAL y Statista, parte de un saldo de cinco años que supera los 19,200 asesinatos por razones de género. Eso significa que la región pierde a una mujer o niña por asesinato de género aproximadamente cada dos horas. La cifra es tan grande que corre el riesgo de volverse abstracta. La fotografía de Cristina es la corrección.

Guatemala aparece cerca de la cima en la tabla regional de tasas, segunda en las notas con aproximadamente 1.9 feminicidios por cada 100,000 mujeres, detrás de Honduras y por encima de varios países que también se han convertido en sinónimo de violencia de género. Las comparaciones exactas entre países requieren cautela, ya que el feminicidio se define y cuenta de manera diferente en cada país. Algunos sistemas solo cuentan los asesinatos cometidos por parejas o exparejas. Algunos no incluyen a mujeres desaparecidas. Algunos pierden los casos cuando el agresor se suicida. Pero la cautela no es consuelo. La dirección es lo suficientemente clara.

A América Latina no le han faltado leyes. Dieciocho países cuentan con legislación especial para abordar el feminicidio, y la Convención de Belém do Pará de 1994, auspiciada por la Organización de Estados Americanos, hizo de la responsabilidad estatal frente a la violencia contra las mujeres una obligación regional. El fracaso no es que la región nunca aprendió el lenguaje de los derechos. Es que ese lenguaje a menudo se detiene en la puerta del tribunal, en el escritorio policial, en la línea presupuestaria del fiscal, en el camino rural, en la sala de la familia.

Juan Luis Siekavizza, padre de Cristina, denunció años de maniobras para obstruir la justicia y la posterior reducción de recursos en la fiscalía encargada del caso. Claudia Hernández, directora de la Fundación Sobrevivientes, que ha acompañado a la familia legal y psicológicamente, instó al Estado a enfrentar la impunidad estructural que rodea el proceso. “Llevamos 15 años esperando poder encontrarla”, dijo, según EFE, pidiendo información clara para que los hijos y la familia de Cristina puedan finalmente sepultarla.

Esa súplica es modesta solo en apariencia. Pedir un cuerpo en Guatemala es pedirle al Estado que admita que la desaparición no es cierre. Es una herida abierta, que pasa de padres a hijos.

Roberto José y María Mercedes Barreda Siekavizza, con una fotografía de su madre, Cristina Siekavizza, en la Ciudad de Guatemala, Guatemala. EFE / Alex Cruz

La impunidad también es una escena del crimen

La desaparición de Cristina se inscribe en una historia centroamericana donde los cuerpos de las mujeres han llevado con demasiada frecuencia las marcas de la guerra, la migración, la desigualdad y la violencia organizada. El conflicto armado en Guatemala normalizó el secreto y el miedo. La democracia posguerra trajo elecciones pero no siempre protección. El mismo país que puede producir fiscales valientes, organizaciones de mujeres y defensoras comunitarias, también puede producir demora, intimidación de testigos y el agotamiento silencioso de familias obligadas a probar su dolor una y otra vez.

El feminicidio no es solo una categoría de asesinato. Es un diagnóstico social. Dice que el género, el poder y la impunidad se encontraron antes del crimen, y volvieron a encontrarse después. En el hogar, donde muchas mujeres en la región son más vulnerables. En las instituciones, donde los estereotipos aún preguntan por qué se quedó, a quién amaba, qué provocó, si la familia debe guardar silencio. En los presupuestos, donde las unidades especializadas se elogian en los discursos y se abandonan en la práctica.

Por eso importa el llamado de la familia Siekavizza a aportar información anónima. Reconoce el miedo que rodea el caso. También lo desafía. Alguien puede saber dónde están los restos de Cristina. Alguien pudo haber escuchado una confesión, visto un movimiento, guardado un secreto demasiado tiempo. En Guatemala, donde el silencio suele ser una herramienta de supervivencia, hablar puede sentirse como cruzar una frontera.

Pero los países se construyen, o se reconstruyen, cuando esa frontera se cruza.

Los datos muestran una región donde el homicidio puede disminuir mientras el feminicidio se resiste a bajar. Esa terquedad revela un tipo particular de violencia, una que la política de seguridad general no puede resolver por sí sola. Más patrullas no son suficientes. Más leyes no son suficientes. El sistema de justicia debe ser accesible para las mujeres antes de que desaparezcan, creíble para las familias después y lo suficientemente fuerte para resistir la influencia cuando los acusados tienen dinero, rango o conexiones.

El caso de Cristina Siekavizza le pide a Guatemala hacer algo simple y enorme. Encontrarla. Nombrar lo que pasó. Proteger a las vivas. Dejar de tratar el tiempo como si lavara la responsabilidad.

Quince años después, su familia sigue pidiendo al público que pierda el miedo. El país debería escuchar eso como algo más que una petición familiar. Es una instrucción nacional.

Lea También: Rigoberta Menchú advierte que la justicia en Guatemala vuelve a convertir la paz en impunidad

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