AMÉRICAS

Rigoberta Menchú advierte que la justicia en Guatemala vuelve a convertir la paz en impunidad

La última advertencia de Rigoberta Menchú no es nostalgia de los años de guerra en Guatemala. Es la acusación de una mujer contra tribunales capturados por la impunidad, y una alarma regional para las mujeres latinoamericanas que aún luchan contra la violencia, la invisibilización y el derecho a ser escuchadas hoy.

Una voz Nobel regresa a la herida

En Ciudad de Guatemala, donde los viejos fantasmas nunca terminan de irse, Rigoberta Menchú Tum sonó menos como una laureada Nobel ceremonial que como una testigo que sigue pasando lista. En una entrevista con EFE antes de un homenaje en la Feria Internacional del Libro de Guatemala, Filgua 2026, la líder k’iche’ dijo que las redes de impunidad del país habían aprovechado las debilidades del sistema legal y cooptado las instituciones que debían proteger a la ciudadanía. “La justicia aquí está en manos de quien puede ejercer la justicia”, dijo a EFE, “y eso es lo más triste.”

Esa frase lleva el peso de un tribunal, de un camino de aldea, de la denuncia sin respuesta de una madre. Menchú no hablaba desde la teoría. Nacida en 1959 en una familia campesina maya k’iche’ pobre, trabajó de niña en las parcelas familiares en las tierras altas y en fincas cafetaleras de la costa del Pacífico. De adolescente ya participaba en la reforma social a través de la Iglesia Católica y la organización por los derechos de las mujeres. Su padre, Vicente, fue encarcelado y torturado. Su hermano fue detenido, torturado y asesinado por el ejército. Su padre murió después cuando las fuerzas de seguridad asaltaron la Embajada de España en Ciudad de Guatemala. Su madre, según el registro biográfico del Nobel, fue detenida, torturada, violada y asesinada. Menchú aprendió español y otras lenguas mayas por sí misma, se escondió, huyó a México y convirtió el testimonio en una forma de sobrevivir.

Valentía es una palabra demasiado pequeña para esa historia. No fue el valor limpio de las estatuas. Fue el valor áspero, hecho de huida, traducción, duelo y regreso. Menchú ayudó a organizarse en el extranjero contra la opresión en Guatemala, participó en la fundación de redes de oposición y dio la historia de vida que se convirtió en Me llamo Rigoberta Menchú, un libro que obligó a gran parte del mundo a escuchar a la Guatemala indígena en voz de una mujer. Más tarde, narró Cuando tiemblan las montañas, una película sobre el sufrimiento y la resistencia maya. En varios regresos a Guatemala, las amenazas de muerte la obligaron a volver al exilio. Aun así, regresó. Una y otra vez.

Su advertencia llega cuando Guatemala se acerca al 30º aniversario de los Acuerdos de Paz de 1996, que pusieron fin formalmente a 36 años de conflicto armado interno. Pero los datos detrás de esa paz siguen siendo brutales. La Comisión para el Esclarecimiento Histórico, auspiciada por la ONU, estimó más de 200,000 personas asesinadas o desaparecidas forzadamente, 669 masacres, 1,465 actos de violencia sexual y más de 1.5 millones de personas desplazadas. De las víctimas identificadas, el 83% eran mayas, y la comisión atribuyó el 93% de las violaciones al ejército, patrullas civiles, comisionados militares, escuadrones de la muerte y otras fuerzas estatales.

La líder indígena y Premio Nobel de la Paz 1992, Rigoberta Menchú. Wikimedia Commons

La impunidad tiene rostro de mujer

Las cifras explican por qué la crítica de Menchú importa para las mujeres de toda América Latina. La impunidad no es abstracta cuando la víctima es una niña que denuncia abuso en un municipio rural, una mujer indígena que defiende la tierra, la esposa de una periodista que observa un proceso judicial, o una madre que busca reparaciones de guerra sin una categoría oficial que reconozca su herida. Menchú dijo a EFE que el sistema de reparaciones de Guatemala sigue siendo enredado porque los Acuerdos de Paz nunca definieron claramente quién cuenta como víctima. Esa brecha, burocrática en el papel, se vuelve íntima en la vida real. Decide quién recibe reconocimiento, a quién se le pide probar su dolor y quién regresa a casa con el silencio.

El Índice de Estado de Derecho 2025 del World Justice Project le da un esqueleto medible al lamento de Menchú. Guatemala ocupó el puesto 110 de 143 países en general y el 25 de 32 en América Latina y el Caribe. En justicia civil ocupó el puesto 136 a nivel mundial, en justicia penal el 125, en orden y seguridad el 124, y en ausencia de corrupción el 112. Para una mujer que intenta escapar de la violencia, esos no son rankings. Son la distancia entre una denuncia y la protección, entre el testimonio y la condena, entre el miedo y la posibilidad de una vida que no se organice en torno al miedo.

Los datos de género profundizan la acusación. ONU Mujeres informa que en Guatemala, el 29.5% de las mujeres de 20 a 24 años estaban casadas o en unión antes de los 18, mientras que solo el 19.4% de los escaños parlamentarios eran ocupados por mujeres en febrero de 2024. En 2018, el 7.3% de las mujeres de 15 a 49 años reportaron violencia física o sexual por parte de una pareja actual o anterior en el año previo. Las mujeres y niñas de 15 años o más dedicaron el 20.6% de su tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, frente al 2.1% de los hombres. Un país puede escribir la igualdad en la ley y aun así asignar a las mujeres la sala de espera, la cocina, la tumba y el turno no pagado.

A nivel regional, el patrón es obsceno en su regularidad. El Observatorio de Igualdad de Género de la CEPAL reportó al menos 3,770 feminicidios o muertes violentas de mujeres por razones de género en 26 países y territorios de América Latina y el Caribe en 2024, al menos 11 cada día. En cinco años, el total regional alcanzó al menos 19,237. Estas cifras hacen que la entrevista de Menchú en Guatemala sea más que un diagnóstico nacional. América Latina tiene leyes, ministerios, eslóganes y días conmemorativos. Lo que las mujeres siguen exigiendo es aplicación y el derecho a ser creídas antes de convertirse en estadísticas.

La mirada indígena de Menchú afila el punto. Dijo a EFE que Guatemala aún carece de un marco genuino que reconozca al país como pluricultural, multiétnico y multilingüe, y que quienes toman decisiones estigmatizan a las comunidades porque no pueden imaginar al otro como una persona pensante, con experiencia y libertad fundamental. Eso no es solo racismo. Es una maquinaria de género. Las mujeres indígenas suelen enfrentar la violencia a través de barreras lingüísticas, conflictos por la tierra, pobreza, distancia de los tribunales y la vieja sospecha colonial de que su conocimiento no cuenta.

La líder indígena y Premio Nobel de la Paz 1992, Rigoberta Menchú. EFE/ Mario Guzmán

Los libros como barricada viva

En Filgua, la vida de Menchú será homenajeada no con un monumento de piedra, sino con libros. Eso parece justo. Dijo a EFE que la lectura libera la mente y que “un libro no puede ser asesinado”. Fue una frase impactante porque Guatemala sabe cuántos cuerpos hubo. Los libros, según ella, no son decoración. Son trincheras de papel, lugares donde los jóvenes pueden estudiar los errores del pasado antes de que los poderosos los rebauticen como orden.

Para las mujeres en América Latina, Menchú representa algo más grande que el heroísmo individual. Es la prueba de que el testimonio puede convertirse en fuerza política, que la memoria de una mujer indígena puede desafiar a presidentes, generales, jueces, diplomáticos y archivistas. Su vida dice que sobrevivir no es callar. Su última advertencia dice que la paz sin justicia puede ser capturada, pulida y revendida a quienes enterraron a sus muertos.

Por eso su voz sigue incomodando a Guatemala. No porque pertenezca al pasado, sino porque sigue pidiendo al presente que testifique.

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