México ve cómo una montaña sagrada es arrasada nuevamente por la lógica fronteriza
En el Cerro Cuchumá, cerca de Tecate, la expansión del muro fronterizo no solo está moviendo tierra. Está hurgando en la memoria, la fe y el paisaje kumiai, ofreciendo a México y América Latina una lección conocida: el poder suele comenzar su daño fingiendo que el terreno sagrado está vacío.
Cuando una montaña es más que piedra
Hay momentos en que una frontera política revela exactamente lo que es. No una línea ordenada, no una abstracción legal, no el dibujo pulcro de dos estados gestionando la distancia. Una herida. Un corte forzado a través de un lugar vivo que nunca aceptó ser dividido. Así se siente esta historia desde Tecate. Autoridades y representantes indígenas en México señalaron que los trabajos de expansión del muro fronterizo de Estados Unidos cerca de Tecate, Baja California, están dañando el Cerro Cuchumá. Esta formación montañosa cruza ambos países y tiene un enorme significado cultural para el pueblo kumiai.
El reportaje y las entrevistas de EFE dejan poco espacio para la confusión sobre lo que está en juego. Norma Meza Calles, representante comunitaria y defensora de los derechos indígenas, dijo a EFE con dolor directo: “Este problema está ocurriendo, lo están destruyendo; es muy triste porque esa montaña es muy importante para nosotros.” Sus palabras importan porque atraviesan el lenguaje que suele rodear la infraestructura fronteriza. Expansión. Obra. Terreno. Seguridad. Esas son palabras oficiales, útiles, pero a menudo evasivas. Meza Calles habla desde otro registro, el más antiguo. Pérdida. Respeto. Importancia. Dolor.
Y luego dice la frase que debería quedarse con cualquiera que lea esto. “Nos enseñan a respetar la montaña porque para nosotros no hay iglesias, así que íbamos ahí a cantar y concentrarnos (…) Para ustedes, es solo una montaña; para nosotros, es nuestra iglesia.” EFE atribuye esa cita, y merece estar en el centro de la historia, porque explica más que cualquier informe técnico. El Cerro Cuchumá no es solo una formación en un corredor semiárido. No es solo un objeto del paisaje. Es un lugar donde la memoria, la ceremonia y la orientación conviven. Es sagrado sin necesitar campanario.
Eso importa profundamente para México, pero también para las raíces latinoamericanas en un sentido más amplio. En toda la región, una de las heridas más antiguas ha sido exactamente este malentendido, o peor, esta negativa. Un estado o poder externo mira una montaña, un río, un bosque, una meseta, y solo ve materia utilizable. Las personas arraigadas ahí ven ancestros, oración y relación. Un lado mide utilidad. El otro mide continuidad. El conflicto comienza en el momento en que el primer lado decide que solo su medición cuenta.
Aquí, la frontera hace esa herida aún más aguda. El cerro abarca ambos lados de la línea, en una región donde la demarcación política corta un sistema natural continuo. El trabajo del lado estadounidense ha requerido intervenciones directas en el terreno para acomodar la expansión de la barrera. Residentes reportaron detonaciones con explosivos en áreas rocosas durante aproximadamente una semana. Escucharon explosiones sin previo aviso antes de identificar la presencia de trabajadores estadounidenses en la zona fronteriza. La explosión ocurre de un lado, pero la montaña la recibe como un solo cuerpo. Esa es la verdad que las fronteras nunca pueden borrar del todo.

La frontera trata la continuidad como un problema
El alcalde de Tecate, Román Cota Muñoz, confirmó a EFE que los trabajos se realizan dentro del territorio de Estados Unidos, por lo que optó por evitar cualquier “interferencia”. Dijo que es dentro de la franja fronteriza y reconoció el trabajo continuo del Gobierno estadounidense en el muro. También señaló algo importante, aunque casi de manera discreta: la ubicación del cerro implica que cualquier modificación de un lado tiene efectos visibles en todo el entorno.
Esa frase es casi todo el argumento. El entorno no obedece la imaginación política de los muros. Tampoco el significado sagrado. Una montaña que tiene significado kumiai no deja de ser sagrada porque el gobierno trace una frontera sobre ella. Un corredor vivo no deja de ser continuo porque una burocracia diga que la jurisdicción cambia a mitad de la ladera. Por eso la historia se siente más grande que una sola ronda de construcción. Muestra la arrogancia persistente de la política fronteriza cuando enfrenta la realidad indígena. El Estado actúa como si el territorio pudiera dividirse limpiamente. La tierra responde de otra manera.
Los habitantes de El Manzanito, en las faldas del lado mexicano, escucharon las consecuencias antes de ver a los trabajadores. Ese detalle, en el relato de EFE, es especialmente revelador. Primero, el sonido. Luego el reconocimiento. Resume la condición política de tantas comunidades fronterizas en América Latina. Las decisiones llegan como impacto antes de llegar como explicación. La gente siente el temblor primero. La información llega después, si es que llega.
Y sin embargo, el Cerro Cuchumá no solo es significativo culturalmente. Las notas también subrayan su importancia ambiental. Es parte de un corredor ecológico en la región montañosa de Tecate, hogar de diversa flora y fauna adaptada a condiciones semiáridas. Especialistas señalan que estas formaciones ayudan a estabilizar los ecosistemas, actúan como barreras naturales contra la erosión y sirven como hábitats para la conservación biológica. Así que, incluso si uno fuera lo suficientemente frío como para ignorar la visión kumiai de la montaña como iglesia, el cerro seguiría exigiendo precaución. No es tierra vacía esperando corrección. Es un sistema en funcionamiento.
Esto es parte de lo que hace que el simbolismo sea tan doloroso. Un lugar reconocido en Estados Unidos desde 1992 en el Registro Nacional de Lugares Históricos, y considerado patrimonio cultural inmaterial en México, sigue siendo vulnerable a daños por explosivos en nombre de extender una barrera. El reconocimiento existe. También la herida. América Latina conoce bien esta contradicción. La región está llena de paisajes que se elogian en el lenguaje oficial y se escriben en la práctica oficial.

Lo que las raíces latinoamericanas nos piden defender
La presidenta Claudia Sheinbaum dijo en su conferencia de prensa diaria que solicitó un informe a las Secretarías de Cultura y de Relaciones Exteriores sobre las posibles repercusiones del uso de explosivos en el sitio sagrado. Hasta ahora, el gobierno no ha confirmado daños ni anunciado medidas. Esa cautela institucional puede ser comprensible en términos de procedimiento, pero simbólicamente deja un silencio difícil. Porque para la comunidad kumiai, y para los habitantes que escuchan explosiones en las faldas, el significado del hecho ya es dolorosamente claro. Algo sagrado está siendo tratado como desechable.
Aquí es donde la historia trasciende Tecate y habla de las raíces latinoamericanas en un sentido más amplio. En esta región, las raíces suelen discutirse como folclor, vestimenta, gastronomía, lenguaje de mes de la herencia e identidad decorativa. Pero las raíces en el sentido más profundo son diferentes. No son una marca. Son el vínculo vivo entre la gente y el lugar, entre la ceremonia y la geografía, entre lo que una comunidad recuerda y dónde lo recuerda. El Cerro Cuchumá nos recuerda que las raíces latinoamericanas suelen ser montañosas, ecológicas, espirituales y tercamente locales. Sobreviven a la conquista, la modernización y las fronteras, pero no deberían tener que sobrevivir a la dinamita como si fuera solo otra prueba.
También hay aquí una lección amarga sobre cómo el poder sigue imaginando la frontera. Un muro dice defender la civilización. Pero para hacerlo, puede terminar profanando justamente esos significados humanos arraigados que hacen que la civilización valga la pena defenderse en primer lugar. Meza Calles dijo a EFE: “Para ustedes, es solo una montaña; para nosotros, es nuestra iglesia.” Eso no es solo una aclaración cultural. Es un desafío moral.
México debería escucharlo. Y el resto de América Latina también. Porque una vez que el terreno sagrado se reduce a un obstáculo, la región corre el riesgo de perder más que el paisaje. Corre el riesgo de perder la vieja gramática que enseñó a las personas cómo pertenecer a la tierra sin primero destruirla.
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