ANÁLISIS

Colombia deja sangrar a sus pacificadores mientras la democracia lo llama progreso

La violencia contra los líderes sociales de Colombia siguió aumentando en 2025, dejando al descubierto una democracia que aún lucha por proteger a sus ciudadanos más valientes. Los asesinatos, amenazas, desplazamientos e impunidad muestran por qué el proceso de paz sigue siendo frágil, inconcluso y dolorosamente vulnerable a viejos hábitos.

Quienes defienden los derechos siguen pagando el precio

Colombia ha aprendido una rutina cruel. Cada año llega otro informe con cifras que deberían estremecer al país hasta los huesos, y cada año esos números empiezan a sonar familiares. Esa familiaridad es parte de la tragedia. Según el informe anual de Somos Defensores, la violencia contra líderes sociales persistió en 2025, con 165 líderes asesinados y 874 ataques registrados, un aumento del 5% respecto a 2024. Las cifras no describen un problema de seguridad aislado. Describen una estructura que sigue funcionando casi como se pretende, devorando a quienes defienden comunidades, derechos, tierra, dignidad y la vida pública, incluso cuando el Estado está en su punto más débil.

El informe, basado en el Sistema de Información sobre Agresiones contra Personas Defensoras de Derechos Humanos, señala que la situación sigue siendo crítica, especialmente para las mujeres. Ellas representaron el 15% de las víctimas mortales, con 27 asesinatos, un aumento del 42% respecto al año anterior. Ese detalle importa profundamente. Cuando las mujeres líderes sociales están siendo asesinadas a un ritmo más rápido, Colombia no solo está perdiendo activistas. Está perdiendo organizadoras, guardianas de la memoria local y personas que a menudo sostienen el frágil hilo entre la supervivencia comunitaria y las instituciones públicas. La violencia no es aleatoria. Golpea precisamente donde la vida democrática está más viva, en la base.

Por eso el problema persiste. No porque a Colombia le falten informes, diagnósticos o discursos sobre la paz. Persiste porque reconocer a los líderes sociales no es lo mismo que protegerlos, y elogiar los derechos humanos en el lenguaje oficial no es igual a construir un Estado capaz de defender a quienes los encarnan. Somos Defensores dice exactamente eso cuando advierte que el reconocimiento y la protección de las personas defensoras de derechos humanos en Colombia no han sido priorizados. Esa frase debe leerse como una acusación, no como una observación técnica. Una democracia muestra lo que valora por lo que es capaz de mantener con vida.

Y aun así, el patrón se arrastra. Las amenazas siguen siendo la principal forma de violencia, representando el 55% de los casos, seguidas de los asesinatos con el 19%, y luego los atentados y el desplazamiento forzado, ambos con el 8%. En comparación con 2024, varias formas de violencia aumentaron, especialmente el desplazamiento forzado, que subió un 64%, seguido de los secuestros con un 38%. Las amenazas aumentaron un 19%, los atentados un 16%, las desapariciones forzadas un 24% y los asesinatos un 5%. Estos no son signos de una sociedad que avanza decididamente hacia el fin de la violencia política. Son señales de un país donde la presión, el terror y el castigo selectivo siguen disciplinando a quienes hablan, organizan y resisten.

Personas participando en una performance durante una manifestación en Medellín, Colombia. EFE/Luis Eduardo Noriega

La impunidad no es un efecto secundario

La verdad más dura del informe puede que ni siquiera sean los asesinatos en sí, sino lo que viene después. O mejor dicho, lo que no viene. Entre enero de 2002 y septiembre de 2025, se registraron 1.840 asesinatos de personas defensoras de derechos humanos, y solo el 12% resultó en condenas. El documento también señala una preocupante tasa de impunidad de casi el 86%, mientras que entre 2016 y 2025, los autores permanecieron desconocidos en el 59% de los casos. Eso no es solo una justicia débil. Es un mensaje político escrito en silencio.

La impunidad le dice a cada actor armado, a cada cacique local, a cada patrocinador oculto de la intimidación que Colombia aún tiene territorios donde las consecuencias son negociables. También le dice a cada líder social que el coraje puede no ser correspondido con protección, y que la muerte puede no ser respondida con verdad. Por eso este problema persiste. La violencia sobrevive cuando es útil, pero se vuelve duradera cuando no se castiga. En Colombia, sugiere el informe, ambas condiciones siguen siendo demasiado frecuentes.

Somos Defensores afila el punto cuestionando las acciones del gobierno del presidente Gustavo Petro en un capítulo titulado Dijiste que ibas a cambiar. La crítica no es teatral. Señala que los cambios estructurales en la protección de líderes sociales no se han materializado. Apunta a fallas persistentes en la implementación de medidas integrales de protección y en la respuesta institucional al riesgo, todo en un contexto marcado por la expansión y el conflicto entre grupos armados ilegales. Esa formulación importa. Sugiere un Estado que sigue reaccionando en fragmentos mientras la violencia se comporta como un sistema.

El informe también argumenta que el aumento de la violencia se debe en parte a la falta de voluntad para escuchar las demandas del movimiento social. Esa línea va al núcleo democrático del problema. Un líder social no es solo un objetivo individual. Un líder social suele representar una demanda colectiva, una advertencia, una negativa o una reivindicación de derechos. Cuando esos líderes son amenazados, desplazados, secuestrados, judicializados, desaparecidos o asesinados, el Estado no solo está fallando en proteger a ciertas personas. Está fallando en escuchar las voces de quienes hablan desde abajo. La democracia empieza a debilitarse cuando solo algunas voces pueden seguir siendo audibles sin peligro.

Por eso la mención en el informe de 15 judicializaciones en 2025 también tiene un trasfondo amargo. El Estado puede judicializar, pero si el campo más amplio sigue marcado por amenazas, desapariciones, desplazamientos y asesinatos, la judicialización también puede empezar a parecer otro instrumento de presión más que una señal de orden neutral. En un país con este nivel de miedo, incluso la ley se vuelve sospechosa cuando la confianza es débil.

El presidente de Colombia, Gustavo Petro. EFE/Alejandro Garcia

La paz no puede sobrevivir mientras sus guardianes locales mueren

El largo proceso de paz de Colombia nunca fue solo sobre firmas, negociaciones o teatro político nacional. En su nivel más real, siempre iba a depender de lo que ocurriera después en las comunidades, en el liderazgo local, en la vida diaria de quienes intentan convertir los derechos en algo tangible. Por eso el asesinato y la persecución de líderes sociales afectan tan directamente al proceso de paz. Estas suelen ser las personas que traducen la paz en realidad vivida. Son quienes insisten en que las promesas lleguen al territorio. Cuando son silenciados, la paz pierde a sus testigos, a sus intérpretes y a sus guardianes de barrio.

El informe concluye que la violencia selectiva contra personas defensoras de derechos humanos ha empeorado y que las condiciones de seguridad siguen sin mejoras estructurales. Esas palabras deben tomarse en serio porque describen más que un mal año. Describen un proceso de paz aún incapaz de romper la vieja gramática de la violencia en Colombia. Los grupos armados se expanden y se enfrentan. Las instituciones no responden con profundidad. Los movimientos sociales no son escuchados adecuadamente. Los asesinatos continúan. La impunidad se espesa. Luego el ciclo se repite.

El hecho de que las cifras varíen según la fuente no suaviza el problema. Indepaz reportó al menos 187 líderes sociales asesinados en 2025, una cifra incluso mayor que la de Somos Defensores. Las Naciones Unidas han documentado al menos 972 asesinatos de personas defensoras de derechos humanos entre 2016 y 2025 y han advertido que Colombia sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer esta labor. Diferentes conteos, mismo veredicto. El terreno sigue siendo hostil para quienes defienden derechos.

Y esa es la herida democrática que subyace a todo. Una democracia no se mide solo por elecciones, discursos o instituciones en el papel. Se mide por si las personas pueden defender derechos, organizar comunidades y hacer demandas sin ser perseguidas por ello. Los líderes sociales de Colombia siguen haciendo ese trabajo de todos modos. Eso es un testimonio de su valentía, pero también es una acusación contra el país. Un proceso de paz no puede llamarse duradero mientras sus defensores locales siguen siendo enterrados, desplazados o borrados. Hasta que eso cambie, Colombia seguirá diciendo paz con sus leyes mientras la violencia sigue respondiendo en la práctica.

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