VIDA

El Archivo Cinematográfico de Bolivia cumple cincuenta años con los guardianes de la memoria más jóvenes de Chaplin

Niños con bombines y bigotes pintados llenaron la Cinemateca Boliviana de La Paz, celebrando cincuenta años de rollos rescatados, trabajo cultural tenaz y una memoria fílmica nacional que sobrevivió a la dictadura, el abandono, el nitrato inflamable y el riesgo constante de desaparecer para siempre sin ser vista.

Cuando Chaplin volvió a caminar por La Paz

LA PAZ, Bolivia. Llegaron con trajes de dos piezas, bombines ladeados sobre frentes jóvenes, bigotes negros dibujados cuidadosamente sobre sus labios. Algunos llevaban bastones. Otros, paraguas. Por una mañana, el vagabundo más reconocible del cine pareció multiplicarse por la capital de altura.

Docenas de niños y adolescentes se vistieron como Charlot, el Pequeño Vagabundo de Charles Chaplin, para conmemorar el 50 aniversario de la Cinemateca Boliviana. Padres y maestros los guiaron en grupos hacia el edificio. Antes de entrar a las salas de proyección, cada niño recibió un chocolate envuelto en una ilustración conmemorativa del cine boliviano. Dentro, un elenco teatral realizó un breve homenaje, seguido de cortos de Chaplin.

La escena era lúdica, pero no ligera. Estos niños celebraban una institución creada porque las imágenes en movimiento desaparecen cuando nadie lucha por ellas. La Cinemateca, el mayor archivo audiovisual de Bolivia, resguarda más del 85 por ciento del patrimonio fílmico conocido del país y exhibe obras independientes que los cines comerciales suelen ignorar.

La periodista cultural Mabel Franco dijo a EFE que el evento homenajeaba al cine a través de Chaplin, al tiempo que reconocía a quienes lucharon por construir la institución, incluyendo al crítico y cineasta Pedro Susz, el sacerdote Renzo Cotta, la gestora cultural Amalia de Gallardo, el exalcalde de La Paz Mario Mercado y la actriz argentina Norma Merlo.

Merlo da a los disfraces su historia más profunda. Franco recordó que la actriz una vez se vistió de Chaplin y salió a las calles, primero para convencer a ciudadanos y autoridades de que Bolivia necesitaba una ley nacional de cine, luego para recaudar fondos para la sede permanente de la Cinemateca. El Pequeño Vagabundo no era solo una mascota. Se convirtió en activista.

Fue una elección inspirada. El personaje de Chaplin no pertenece a ningún lugar y sobrevive en todos. Es pobre, elegante, humillado, gracioso e imposible de sacar del encuadre. En Bolivia, donde la cultura a menudo ha dependido de personas que trabajan con presupuestos escasos y autoridades indiferentes, Charlot transmitía un mensaje reconocible: la dignidad puede ser golpeada sin volverse invisible.

La directora de la Cinemateca Boliviana, Mela Márquez. EFE / Luis Gandarillas

Una república preservada en rollos frágiles

La Cinemateca fue fundada el 12 de julio de 1976, tras años de propuestas que las autoridades oficiales bolivianas habían ignorado. Marcos Kavlin abogó por la preservación en 1958, y Luis Espinal y Alfonso Gumucio retomaron la demanda en los años setenta. De Gallardo y Mercado finalmente convirtieron la idea en una institución.

Al principio, no tenía sede propia. La Casa de la Cultura permitió proyecciones semanales en la sala Modesta Sanjinés y ofreció espacio de almacenamiento. El primer título archivado fue “Laredo de Bolivia”, de 1958. Entre las primeras proyecciones estuvieron “Carnaval Paceño” y material de la posesión presidencial de Hernando Siles, ambos de 1926.

En 1978, la Cinemateca se mudó al pequeño Cine San Calixto, propiedad de la Sociedad de Jesús. Las malas condiciones y la escasa asistencia amenazaban sus finanzas. Las donaciones la mantuvieron viva hasta que su reputación atrajo a un público mayor. El archivo obtuvo estatus nacional como repositorio de imágenes en movimiento de Bolivia, y su edificio permanente abrió en 2007.

Hoy, bajo la dirección de la cineasta y directora ejecutiva Mela Márquez, la colección ha sido reestructurada y catalogada. Alfonso Gumucio, presidente del directorio de la fundación, dijo a EFE que incluye unos 8,000 rollos de películas bolivianas y 33,000 rollos de cine internacional. Algunos fueron filmados en soporte de nitrato, un material altamente inflamable que requiere una bóveda especial. Entre ellos descansa una copia de “La quimera del oro” de Chaplin.

Ese detalle cambia el ánimo del aniversario. Un rollo no es memoria en abstracto. Es un objeto que se encoge, se deforma, se quema, se desvanece, se enmohece o se vuelve quebradizo. La preservación es trabajo físico contra la química y el tiempo. Bolivia ya ha perdido gran parte de su cine mudo y casi todas las películas producidas por un importante centro de producción durante los años cincuenta porque se almacenaron de manera inadecuada.

Lo que sobrevive nunca es inevitable.

“Una cinemateca, o filmoteca como se llama en México y otros países, es ante todo un repositorio de la memoria fílmica de un país”, dijo Gumucio a EFE. “Y mientras podamos rescatar esa memoria fílmica, estamos rescatando nuestra identidad, nuestra memoria, nuestra historia, y eso es fundamental.”

Sus palabras importan en un país cuya vida política ha reescrito el pasado una y otra vez. El cine puede preservar lo que los discursos oficiales omiten: cómo la gente ocupaba una plaza, cómo lucían los mineros tras una jornada, cómo aparecían las comunidades indígenas a través de la cámara de otra generación, cómo se movía La Paz antes de que las autopistas la transformaran, y cómo los bolivianos comunes vestían, bailaban, rezaban, protestaban y miraban.

Un archivo audiovisual no es solo un almacén cultural. Es evidencia. Permite que las generaciones futuras comparen la nación que heredaron con la nación que les dijeron que existía.

La Cinemateca también resguarda libros, revistas, recortes de prensa, afiches, fotografías, diapositivas y catálogos que explican cómo se hicieron, distribuyeron, reseñaron y recordaron las películas. Sin ese contexto, un rollo puede sobrevivir mientras gran parte de su significado desaparece.

Existe un riesgo en el éxito del archivo. Cuando una sola institución resguarda la mayor parte del patrimonio fílmico de un país, su fortaleza se convierte en una vulnerabilidad nacional. Un fallo en el sistema de climatización, una crisis de financiamiento, un incendio o una digitalización demorada pueden poner en peligro no solo una colección, sino la memoria visual de todo un país. Cincuenta años no son una meta final. Son un argumento para la responsabilidad pública sostenida.

Jóvenes vestidos como Charlie Chaplin en la Cinemateca Boliviana. Foto: EFE / Luis Gandarillas

El archivo vive solo cuando el público entra

La Cinemateca nunca ha tratado la preservación como un entierro. Proyecta películas, forma públicos, apoya la investigación y ofrece un espacio de encuentro para cineastas, estudiantes, críticos y espectadores. Ha llevado proyecciones más allá de La Paz y ha presentado a los bolivianos obras que la lógica del mercado normalmente dejaría fuera de las pantallas locales.

Esa misión es políticamente importante. La distribución comercial enseña al público a reconocer lo que se vende rápido. Una cinemateca les enseña a mirar más allá, colocando un corto boliviano restaurado junto a un clásico internacional o una obra regional olvidada junto al canon nacional oficial. Amplía quién aparece en pantalla y de quién se considera que su vida merece ser filmada.

El programa de aniversario continúa hasta fin de año con exposiciones, charlas, retrospectivas, homenajes, un concierto sinfónico y una presencia destacada en la Feria Internacional del Libro de La Paz. La variedad refleja en lo que se ha convertido la institución: archivo, sala de cine, aula, centro de investigación, lugar de encuentro y conciencia pública.

Los niños encarnaron esa función viva mejor que cualquier ceremonia formal. Algunos quizá se conviertan en cineastas, historiadores, técnicos o simplemente en adultos que entienden que una película antigua no es desechable por estar rayada, muda o ser difícil.

Incluso el envoltorio del chocolate llevaba la lección. El cine puede entrar en la memoria a través del gusto, el disfraz, la risa y la imitación antes de ser entendido como patrimonio. Un niño que se ríe del andar de Chaplin quizá luego comprenda por qué importa una bóveda para nitrato.

Cincuenta años después de que la Cinemateca comenzara con salas prestadas y proyecciones semanales, la memoria fílmica de Bolivia tiene un hogar. Pero un hogar no es lo mismo que seguridad. Los rollos se deterioran. La tecnología cambia. La atención pública se dispersa. Las instituciones culturales siguen expuestas cuando los presupuestos se ajustan y los gobiernos tratan la preservación como un lujo.

El Pequeño Vagabundo ofrece una imagen final. Se aleja al final de la escena, pequeño frente al camino, pero aún avanzando. Los niños de La Paz tomaron prestado ese andar para un aniversario. Detrás de ellos, miles de imágenes bolivianas esperaban en la oscuridad, preservadas no para permanecer ocultas, sino para ser vistas de nuevo.

Un país que no puede ver su pasado es más fácil de engañar sobre él. La Cinemateca Boliviana ha pasado medio siglo haciendo que ese engaño sea más difícil.

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