AMÉRICAS

México persigue la montaña mientras la guerra contra el narco responde

La nueva operación federal de México en Sinaloa es más que una búsqueda. Expone los duros límites de la política antidrogas, los riesgos de perseguir el poder del cartel entre montañas y facciones, y el costo latinoamericano de guerras sin finales estables.

Un operativo en la sierra y un estado bajo presión

Para el miércoles, la imagen que salía de las montañas de Sinaloa ya estaba cargada de ruido, miedo y rumores. Sobrevuelos de helicópteros. Fuerzas federales moviéndose por aire y tierra. Arrestos reportados, pero no del todo explicados. Una posible captura que seguía sin confirmarse. En ese ambiente, el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de México, Omar García Harfuch, hizo algo tanto cuidadoso como revelador. Confirmó una operación federal en la zona serrana de Sinaloa. Dijo que ya había detenidos, pero no confirmó la captura de Aureliano Guzmán Loera, también conocido como El Guano, hermano de Joaquín El Chapo Guzmán.

Eso importa porque no se trata solo de si un hombre fue capturado. Es una historia sobre cómo México ahora ejecuta su política antidrogas bajo presión, en público, mientras la violencia sigue mutando bajo el lenguaje oficial. García Harfuch dijo que el gabinete de seguridad estaba actuando, principalmente bajo el liderazgo de la Secretaría de la Defensa Nacional, y que los operativos continuaban. El gobierno no especificó cuántas personas habían sido detenidas ni reveló sus identidades. Ese silencio es procesal en un nivel, pero políticamente dice otra cosa. El Estado quiere proyectar movimiento antes de poder proyectar cierre.

El despliegue se concentró en Badiraguato y en zonas limítrofes con Durango, la región conocida como el Triángulo Dorado, un bastión histórico de Guzmán Loera, vinculado a facciones del Cártel de Sinaloa. Reportes periodísticos indican que las autoridades han identificado a Aureliano Guzmán Loera como uno de los mandos que operan en la sierra de Badiraguato y el Triángulo Dorado, donde persisten disputas entre facciones del Cártel de Sinaloa. Ese detalle geográfico no es incidental. México no enfrenta solo una estructura criminal. Enfrenta una estructura incrustada en el paisaje, la memoria y la familiaridad territorial. La montaña no es un terreno neutral. Tiene historia.

Esta es la primera verdad dura de la operación. La política antidrogas en México sigue llegando una y otra vez al mismo terreno, donde la acción puede ser dramática, militarizada y simbólicamente poderosa, pero donde el control real es más difícil de demostrar que un titular de captura. Un operativo puede entrar a la sierra. Es mucho más difícil decir si el Estado ha dejado algo duradero tras de sí.

Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de México. EFE/Francisco Guasco

Lo que la política antidrogas de México aún no puede resolver

Por eso esta operación se siente más grande que el parte oficial. Llega a un Sinaloa que ya vive una profunda crisis de violencia desde finales de 2024, impulsada por una lucha interna dentro del Cártel de Sinaloa. Las cifras son contundentes. Según datos del Consejo Estatal de Seguridad Pública, una ONG, la disputa entre Los Chapitos y Los Mayos ha causado más de 1,800 muertes y 2,400 desapariciones forzadas desde septiembre de 2024. Esos números no describen un problema de seguridad contenido. Describen una herida social.

Y esa herida cambia el significado de cada despliegue federal. En una región ya fracturada por una lucha interna del cartel, un gran operativo puede servir a varios propósitos a la vez. Puede ser un intento de capturar a un mando. Puede ser una demostración de fuerza. Puede ser un mensaje para facciones rivales. También puede arriesgarse a alterar el equilibrio local de la violencia en vez de reducirlo.

Ese es el peligro central para la política antidrogas de México. Cuando la política se ve obligada a operar dentro de una guerra de facciones activa, la acción puede debilitar un nodo mientras intensifica la competencia a su alrededor. El gobierno puede detener personas. Puede interrumpir rutas, estructuras de mando y coordinación local. Pero si la disputa mayor sigue viva, el Estado puede terminar golpeando a un objetivo en movimiento cuyos fragmentos se vuelven aún más volátiles. En ese sentido, los reportes no oficiales sobre El Guano son casi secundarios frente a la realidad mayor. Haya sido capturado o no, el Estado opera en una zona de conflicto donde la persistencia de las facciones importa tanto como el liderazgo individual.

La declaración de Estados Unidos del Cártel de Sinaloa como grupo terrorista en 2025 agudiza aún más esa presión. Esa designación eleva la temperatura política en torno a cada operación mexicana vinculada a Sinaloa. Puede empujar a México hacia acciones más duras, rápidas y visibles. También puede reducir el espacio para enfoques menos teatrales y más pacientes. Una vez que el conflicto de los carteles se enmarca en el lenguaje del terror, el incentivo es demostrar fuerza. Pero la fuerza por sí sola, especialmente en una zona ya marcada por desapariciones y una guerra interna prolongada, puede profundizar el patrón en el que la política persigue síntomas mientras el tejido social sigue desgarrándose.

El riesgo de México, entonces, no es solo operativo. Es estratégico. El país puede ganar momentos tácticos y aun así perder el argumento más amplio si la política antidrogas sigue midiéndose por operativos, rumores de capturas y ráfagas breves de presencia federal, en vez de por si la vida cotidiana se vuelve menos desechable en lugares como Sinaloa.

México despliega personal militar en Sinaloa. EFE

El costo latinoamericano de una guerra sin victoria limpia

Latinoamérica debe leer esto con atención porque las consecuencias no se detienen en el debate interno de México. Una crisis así envía un mensaje regional sobre cómo es hoy el conflicto criminal organizado en el hemisferio. Es fragmentado, territorial y capaz de sobrevivir incluso bajo intensa presión. No es un enemigo claro frente a un Estado claro. Son capas de facciones, legado y adaptación armada.

Eso importa porque México suele funcionar como sistema de alerta para la región. Cuando una operación federal en un bastión histórico se desarrolla entre sobrevuelos de helicópteros, despliegues terrestres, capturas no confirmadas y desapariciones sin resolver, muestra algo que muchos Estados latinoamericanos conocen demasiado bien. La política de seguridad puede quedar atrapada entre la urgencia y la resistencia. Los gobiernos actúan porque deben. Los ciudadanos observan porque no tienen opción. Pero la estructura de la violencia sigue renovándose más rápido que la certeza oficial.

También hay una consecuencia moral. Más de 1,800 muertes y 2,400 desapariciones forzadas desde septiembre de 2024 significan que el vocabulario de la política antidrogas no puede quedarse limitado a decomisos, despliegues y detenidos. En América Latina, las desapariciones cambian el significado político de la seguridad. Vacían la confianza. Convierten a las familias en investigadoras. Hacen que cada informe oficial suene incompleto, porque en algún lugar fuera del podio, la gente sigue esperando nombres, cuerpos, respuestas.

Así que la operación de esta semana en las montañas de Sinaloa no debe leerse como una simple señal de fortaleza o debilidad del Estado. Es algo más triste y revelador. Muestra a un gobierno intentando imponer orden dentro de una guerra que ya se volvió íntima, compleja y socialmente devastadora. Muestra cómo la política antidrogas de México sigue chocando con la misma montaña, las mismas facciones, el mismo recuento inconcluso de muertos y desaparecidos. Y muestra a América Latina una verdad conocida. En esta región, la violencia rara vez se queda donde empezó. Se extiende por las instituciones, por el miedo, por el silencio y por el hábito agotado de llamar estrategia a una emergencia.

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