El choque en la selva de Colombia pone a prueba la paz electoral antes de las urnas
Un presunto enfrentamiento mortal en Guaviare entre facciones rivales disidentes de las FARC ocurre a tres días de la votación presidencial en Colombia, dejando al descubierto cómo las disputas armadas por el territorio, el narcotráfico, la minería ilegal y una paz inconclusa siguen acechando a la democracia desde el borde amazónico en tiempos electorales, una vez más.
La guerra dentro de la paz
En Colombia, las elecciones nunca ocurren lejos del eco de la selva. Incluso cuando las urnas están limpias, incluso cuando llegan los observadores, incluso cuando los candidatos hablan de programas y alianzas, a menudo otro país se mueve por debajo del oficial. Un país de ríos, trochas ilegales, órdenes armadas, rutas de coca, socavones mineros y comunidades rurales que escuchan la guerra antes de que Bogotá la nombre.
Ese país oculto volvió a salir a la superficie en Guaviare, donde las autoridades colombianas investigan un enfrentamiento entre dos grupos armados ilegales vinculados a facciones disidentes de las FARC. Medios locales han reportado entre veinte y cincuenta muertos, aunque las autoridades no han confirmado una cifra. Fuentes del Ministerio de Defensa de Colombia dijeron a EFE que se espera que el ministro Pedro Sánchez Suárez se pronuncie sobre el incidente. Sin embargo, por ahora, el gobierno no ha validado las cifras que circulan en los reportes locales.
El Ejército informó que tropas de la Brigada Veintidós mantienen presencia estratégica en la zona rural de San José del Guaviare, donde se han reportado enfrentamientos entre grupos armados, para proteger a la población civil, fortalecer la seguridad, preservar el control territorial y garantizar el respeto a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario. Los soldados están presentes en sectores como Resbalón, Boquerón, Filo de Hambre, Caño Negro, Charras y Puerto Alvira.
Ese lenguaje oficial es cauteloso. Debe serlo. Guaviare no es solo una escena del crimen. Es una advertencia política, que llega tres días antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia. El momento convierte el enfrentamiento en algo más que otro episodio violento en un departamento remoto. Se vuelve un recordatorio de que quien gane la presidencia no heredará un país de posconflicto, sino un país donde el conflicto mutó.
El acuerdo de paz de 2016 desmovilizó a la antigua FARC como ejército guerrillero nacional. Sin embargo, no borró las economías, vacíos territoriales, armas, desconfianza y rutas que habían sostenido décadas de guerra. En lugares como Guaviare, el vacío no permaneció mucho tiempo. Las estructuras disidentes se instalaron, reclamando el control a través del narcotráfico, la minería ilegal, la extorsión, el reclutamiento y el gobierno armado.

El balance territorial del Guaviare
Según medios locales citados en los reportes, la pelea involucra a facciones del Estado Mayor Central, liderado por Néstor Gregorio Vera, alias Iván Mordisco, el hombre más buscado de Colombia, y el Estado Mayor de Bloques y Frentes, liderado por Alexander Díaz Mendoza, alias Calarcá. Su disputa se centra en el control territorial de esta estratégica zona centro-sur, donde la Orinoquía se encuentra con la Amazonía.
La geografía es clave. Guaviare siempre ha sido una bisagra: una frontera, un refugio, un corredor, un laboratorio. Durante décadas, los actores armados operaron allí porque el terreno ofrecía ocultamiento y conexión. Ríos y selvas enlazaban las economías de la coca con redes de tráfico más amplias. La débil presencia estatal permitió que autoridades paralelas echaran raíces. Tras la desmovilización de las FARC, quienes rechazaron el acuerdo de paz, o lucraban más con la guerra que con la política, encontraron espacio para reorganizarse.
Esto no es ideología en su forma antigua. Algunos líderes disidentes aún usan lenguaje insurgente, pero la lucha material es por el poder sobre el territorio y las rentas ilegales. En Guaviare, el fusil protege la ruta, la ruta protege el negocio y el negocio financia el fusil. Los civiles quedan viviendo entre nombres armados que cambian, se dividen, se fusionan y se enfrentan, mientras el Estado intenta llegar como protector tras años de llegar demasiado tarde.
El número de muertos reportado, sea más cercano a veinte o a cincuenta, apunta a un enfrentamiento grave. También sigue un patrón. En enero, la misma región del Guaviare fue escenario de otro choque entre disidentes de las FARC que dejó veintiséis muertos. Esa repetición importa. Sugiere no combates aislados, sino una competencia sostenida entre estructuras armadas por zonas donde se superponen los ingresos criminales y el control político.
Para las comunidades, estas batallas no son abstractas. Significan confinamiento, amenazas, silencio forzado, presión para el reclutamiento, restricción de movimientos, interrupciones escolares, miedo a represalias y la vieja necesidad de fingir no ver demasiado. El conflicto colombiano siempre se ha medido en cifras nacionales, pero se vive en instrucciones locales: no vayas por ahí, no digas ese nombre, no respondas esa pregunta.

Una urna bajo la sombra armada
El significado electoral es ineludible. Los colombianos se preparan para votar en una campaña ya marcada por la tensión, la inseguridad y el agudo debate sobre la política de “paz total” del gobierno. Cualquier gran enfrentamiento armado días antes de la votación fortalece el argumento de los candidatos que dicen que el Estado ha perdido el control y debilita a quienes defienden la negociación como camino central para acabar con la violencia.
Pero la lección no debe reducirse a munición de campaña. El dilema de seguridad de Colombia es más profundo que un eslogan. Un enfoque puramente militar puede eliminar comandantes y dispersar grupos, pero si las economías ilegales siguen siendo rentables y las instituciones rurales siguen siendo débiles, surgen nuevos líderes. Un enfoque puramente negociador puede abrir puertas a la desmovilización, pero si los grupos usan los diálogos para ganar tiempo, reclutar y expandirse, la paz se convierte en una cobertura para la consolidación. El país necesita ese difícil punto medio que tantas veces ha prometido y pocas veces ha sostenido: presencia estatal fuerte, justicia creíble, inversión rural, protección civil, control ambiental y negociaciones condicionadas a cambios territoriales reales.
Para América Latina, Guaviare es un espejo regional. En todo el continente, los grupos armados están menos interesados en tomar capitales que en controlar corredores. Ecuador ha visto a las bandas reconfigurar puertos y cárceles. Brasil combate la minería ilegal y la expansión criminal en territorios amazónicos. Los cárteles de México gobiernan con miedo en zonas estratégicas. Perú, Bolivia y Venezuela enfrentan versiones de la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando el Estado está presente en el papel pero se negocia en el terreno?
Guaviare también vincula la elección de Colombia con el futuro de la Amazonía. La minería ilegal y el narcotráfico no son solo problemas de seguridad. Son problemas ambientales y geopolíticos. La Amazonía es ahora una frontera climática, criminal y de soberanía al mismo tiempo. Quien controla el borde de la selva puede mover drogas, oro, armas, personas e influencia. Quien no la protege pierde más que árboles.
Por eso este enfrentamiento importa más allá del saldo inmediato de muertos. Muestra que el ritual democrático de Colombia funciona en una esfera mientras la política territorial armada continúa en otra. Los votantes elegirán presidente. Las facciones disidentes eligen rutas, alianzas, enemigos y zonas de mando.
La presencia del Ejército en la zona rural de San José del Guaviare puede calmar el miedo inmediato. También puede marcar solo otro regreso temporal del Estado a un lugar donde la presencia permanente sigue siendo la promesa más difícil.
A tres días de la elección, Guaviare le recuerda a Colombia que la paz no se firma una sola vez. Debe defenderse todos los días, en caminos, ríos, urnas y en las comunidades que aún conocen el sonido de la guerra antes que el resto del país.
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