ANÁLISIS

Los bloqueos en Bolivia convierten la promesa de Paz en una prueba de estrés a gran altitud

Los bloqueos en Bolivia han dejado ciudades atrapadas, han disparado los precios de los alimentos y han sacudido la frágil coalición del presidente Rodrigo Paz, exponiendo un problema más profundo en América Latina: los gobiernos ganan elecciones prometiendo alivio, pero pierden la calle cuando la austeridad llega sin confianza, combustible ni pan en casa.

Un país esperando tras las barricadas

En La Paz, la escasez tiene un sonido. Es la discusión tensa por la última bandeja de huevos, el motor apagado en una fila para cargar combustible, la llamada preguntando si la medicina logró llegar desde otra ciudad. En la vecina El Alto, donde la política suele empezar en la calle y terminar en consecuencias nacionales, los bloqueos se han vuelto más que una táctica de protesta. Son un sistema climático diario.

Según un reporte de EFE, el presidente Rodrigo Paz dijo el lunes en Cochabamba que “los violentos no pueden ganar”. Prometió que “en los próximos días” terminaría el sufrimiento de las ciudades más afectadas por cinco semanas de bloqueos y protestas. Hizo un llamado a la “madurez democrática”, a una tregua y a la pacificación nacional, al tiempo que reconoció que algunos sectores tienen reclamos legítimos y otros, en su opinión, buscan dañar la democracia.

Esa distinción es políticamente conveniente, pero no del todo errada. El malestar en Bolivia no es una sola cosa. Es un cúmulo.

La Central Obrera Boliviana, la federación campesina Tupac Katari de La Paz y grupos leales al expresidente Evo Morales han impulsado demandas que comenzaron como reclamos sectoriales y se han convertido en un pedido de renuncia de Paz. Las acusaciones son familiares en un país donde la privatización no es solo una palabra de política, sino un recuerdo de despojo. Los manifestantes dicen que Paz rompió promesas y se prepara para privatizar empresas y servicios. Su gobierno lo niega.

Pero los bloqueos cuentan otra historia también. Muestran un país donde la representación se fragmenta más rápido de lo que la clase política puede nombrar. Paz lleva poco más de seis meses en el cargo. Hizo campaña como una salida centrista a la larga sombra del Movimiento al Socialismo, prometiendo orden económico sin el giro duro a la derecha que muchos votantes temían bajo el expresidente Jorge Tuto Quiroga. Ganó con una coalición amplia y poco cómoda, ayudado por el vicepresidente Edman Lara, un ex policía cuyo mensaje anticorrupción circuló con fuerza inusual en redes sociales y barrios populares.

Ahora, algunas de las mismas zonas que impulsaron a Paz y Lara están bloqueando sus caminos.

El presidente de Bolivia, Rodrigo Paz, durante una conferencia de prensa en La Paz, Bolivia. EFE/Luis Gandarillas

El precio de un mandato roto

Las cifras son contundentes porque pertenecen a los hogares. La Paz y El Alto han enfrentado escasez de alimentos, combustible, medicinas y oxígeno medicinal. El pollo y los huevos se han vuelto inalcanzables para muchas familias. Las pérdidas para la economía nacional ya se describen como enormes. Los bloqueos se han extendido de La Paz a Oruro, Potosí, Cochabamba, Chuquisaca y Santa Cruz, convirtiendo una crisis política en una crisis logística.

Bolivia conoce los bloqueos. Son parte de la gramática del poder, especialmente para los grupos históricamente excluidos del palacio. En los Andes, la carretera ha sido durante mucho tiempo tanto infraestructura como mesa de negociación. Cuando las instituciones no escuchan, la carretera sí. Pero la duración cambia la temperatura moral. Un bloqueo en el primer día puede parecer presión. Un bloqueo después de cinco semanas empieza a parecer un asedio para la madre que busca oxígeno, el vendedor con productos pudriéndose y el taxista cuyo ingreso depende de la gasolina.

EFE informó que los intentos del gobierno el 16 y el 23 de mayo para abrir corredores humanitarios para alimentos y suministros terminaron en enfrentamientos entre policías, militares y manifestantes. Desde entonces, no ha habido nuevos intentos de despejar las vías. Los intentos de diálogo por parte de una comisión legislativa, la Iglesia Católica, la Defensoría del Pueblo y activistas de derechos humanos no han prosperado porque los manifestantes insisten en que Paz debe renunciar.

Ese es el rincón peligroso. Cuando una demanda llega a su punto máximo, la negociación también pierde oxígeno.

El mayor problema de Paz no es solo la calle. Es la credibilidad. Su administración se movió rápidamente hacia alianzas con actores políticos y empresariales conservadores, especialmente los sectores agroindustriales de Santa Cruz. Eso pudo parecer racional económicamente en un país tensionado por déficits fiscales, problemas de combustible y presión para atraer inversiones. Pero en Bolivia, la modernización económica sin consulta es políticamente radiactiva. El Estado puede estar quebrado, pero los votantes aún recuerdan que se les dijo que el sacrificio algún día se convertiría en prosperidad.

Aquí es donde América Latina debe prestar atención. De Argentina a Ecuador, de Perú a Panamá, los gobiernos están redescubriendo la misma ecuación difícil. El ajuste fiscal puede agradar a los mercados. Incluso puede ser necesario. Pero en sociedades construidas sobre el trabajo informal, la desigualdad regional y la desconfianza histórica, el ajuste sin un relato de carga compartida se convierte en humillación.

Paz falló, o hasta ahora ha fallado, en explicar quién paga, quién se beneficia y quién queda protegido. La disculpa pública de Lara a los votantes por promesas de campaña incumplidas, incluyendo pensiones, reforma policial y reforma judicial, agudizó la percepción de que el contrato moral del gobierno se ha desgastado desde adentro.

Protesta en La Paz, Bolivia. EFE/ Luis Gandarillas

La calle latinoamericana sigue votando

La forma más fácil de leer esto desde fuera es reducirlo a Evo Morales. Él sigue siendo influyente, ruidoso y políticamente útil para sus enemigos. Sus seguidores están presentes en la crisis. Pero tratar a Morales como la mano oculta detrás de todo halaga el mapa de ayer. El panorama boliviano tras el MAS es ahora más fragmentado, menos obediente a un solo caudillo, menos contenible por etiquetas viejas.

Esa fragmentación no es solo boliviana. América Latina ha entrado en una era de mandatos frágiles. Los presidentes ganan porque los votantes están exhaustos, no porque sean confiables. Las coaliciones se forman contra el pasado y luego se rompen por el precio del futuro. La calle se convierte en una segunda legislatura: desordenada, herida, a veces democrática, a veces coercitiva.

Quiroga, ahora voz opositora, dijo el lunes que hay un “vacío de Estado” y que el país lleva “bloqueado” un mes. Su crítica cala porque la parálisis es visible. Pero los llamados a “gobernar” conllevan su propio riesgo en Bolivia, donde la fuerza puede convertir un conflicto solucionable en un agravio generacional. El recuerdo de la violencia estatal nunca está lejos de la plaza.

La frase de Paz, “los violentos no pueden ganar”, es una advertencia. También es una prueba de contención. Si quiere decir que la democracia no puede ser derrocada por un asedio, muchos bolivianos estarán de acuerdo. Si se convierte en una licencia para reducir toda protesta a criminalidad, profundizará la misma ruptura que dice querer sanar.

La crisis le pide a Bolivia algo más difícil que el orden. Le pide reparación política. Los corredores humanitarios deben ser negociados y protegidos. Las carencias deben ser tratadas como emergencias nacionales, no como herramientas de propaganda. El gobierno debe sentar en una mesa real a la base de Lara, los sindicatos, las organizaciones campesinas y los consumidores urbanos, donde los costos de la reforma sean visibles.

Para América Latina, Bolivia no es una rareza en altura. Es un espejo. La democracia en la región no muere solo en golpes de Estado o en palacios presidenciales. Se va debilitando en el espacio entre promesas y precios, entre la poesía de campaña y el puesto vacío en el mercado. En ese espacio, la gente no pregunta primero por ideología. Pregunta si la carretera está abierta, si llegó el pollo y si el tanque de oxígeno alcanzará para la noche.

Lea También: La advertencia electoral de Sheinbaum pone a prueba la democracia latinoamericana y la influencia extranjera

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