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Artistas de México, EE. UU. y Canadá convierten el arte del Mundial en un gesto político sin fronteras

Mientras la retórica estadounidense tensa los lazos en Norteamérica, el cartel del Mundial 2026 se convierte en un raro lenguaje compartido, con artistas de México, Canadá y Estados Unidos usando el fútbol, el color, la memoria y el simbolismo para imaginar la unidad donde la política tropieza.

Un cartel contra el ruido

El cartel oficial de la Copa del Mundo de dos mil veintiséis llega en una hora extraña para Norteamérica. El torneo se supone que debe vender una historia limpia de cooperación regional: México, Estados Unidos y Canadá abriendo estadios, aeropuertos, hoteles y fronteras para el mayor evento futbolístico jamás realizado. Pero fuera del marco brillante de la obra, el clima político es más áspero. La retórica agresiva del presidente estadounidense Donald Trump ha vuelto a poner presión sobre las relaciones con los países vecinos, convirtiendo la migración, el comercio, la seguridad y la soberanía en puntos de conflicto diarios.

Por eso el cartel importa más allá del diseño. En una entrevista con EFE, los tres artistas detrás de él, Minerva GM de México, Carson Ting de Canadá y Hank Willis Thomas de Estados Unidos, defendieron el arte y el fútbol como herramientas para tender puentes cuando la diplomacia parece estancada. Su argumento suena simple, casi demasiado tierno para la época. Si tres artistas de contextos distintos pueden ponerse de acuerdo en una imagen, quizá los países aún puedan encontrar la manera de compartir un futuro.

“Si tres artistas de contextos distintos pueden llegar a un acuerdo, ¿por qué no podríamos hacerlo a nivel global? Tal vez tome meses, pero al final se resuelve”, dijo Minerva GM a EFE por videollamada. La frase cobra una fuerza inusual porque no se trata solo de un cartel. Se trata de proceso. Negociación. Paciencia. El difícil arte de no aplanar la identidad del otro y aun así crear algo íntegro.

El cartel es un collage dividido en tres secciones: tonos rojos para Canadá, azul para Estados Unidos y verde para México. Continúa la larga tradición de carteles oficiales de la Copa del Mundo que se remonta a Uruguay en mil novecientos treinta. Sin embargo, esta versión también es muy de su tiempo. Pregunta si un torneo a menudo dominado por patrocinadores, operativos de seguridad y maquinaria de transmisión aún puede tener peso simbólico para la gente común.

Para México, la respuesta está en la multitud.

El cartel oficial de la Copa Mundial de la FIFA 2026. EFE/FIFA

Aficionados como memoria nacional

Minerva GM, quien diseñó la sección mexicana, se convirtió en la tercera mujer en la historia en crear un cartel de la Copa del Mundo, un hito que describió a EFE como un antes y un después en su carrera. Su inspiración, dijo, vino de ver miles de videos de aficionados mexicanos en los mundiales. No palacios. No presidentes. No palcos corporativos. Aficionados.

Esa elección es políticamente aguda. La identidad futbolística de México siempre ha sido llevada tanto por su gente como por sus jugadores. El país ha sido sede de Mundiales antes, en mil novecientos setenta y mil novecientos ochenta y seis, y ambos torneos se volvieron parte de la mitología futbolística mundial. Pero la contribución más profunda de México también ha sido infraestructura emocional: el grito, la trompeta, la reunión familiar, el bar de migrantes en Los Ángeles o Chicago, la pantalla del barrio, el niño con camiseta verde preguntando por qué este equipo duele tanto y sigue importando.

La sección de Minerva incluye un águila, evocando el escudo nacional, junto con dalias, una trompeta, una maraca y un sombrero de mariachi. Estos podrían haberse vuelto clichés en manos menos hábiles. Pero dentro de la lógica centrada en los aficionados del cartel, funcionan como fragmentos de la memoria pública. Señalan cómo la identidad mexicana viaja a través del sonido, el color, el ritual y la repetición. El fútbol en México no solo se mira. Se habita.

Eso hace que la imagen sea útil geopolíticamente. México entra al Mundial 2026 no como un socio menor en un megaevento norteamericano, sino como un ancla cultural. El torneo puede estar estructurado a través de una candidatura trinacional, pero la carga simbólica es desigual. Estados Unidos aporta poder de mercado. Canadá aporta pulcritud institucional y un perfil futbolístico en crecimiento. México aporta historia, devoción masiva y el Estadio Azteca. En ese recinto, Pelé y Maradona ayudaron a definir el fútbol del siglo XX.

En ese sentido, la sección verde de Minerva responde silenciosamente a una jerarquía familiar. Dice que México no es solo una sede, una fuente de mano de obra, un problema fronterizo o un fondo turístico. Es una de las capitales de la memoria futbolística. Su gente no es decoración. Son la razón por la que la imagen respira.

Una persona sostiene una réplica del trofeo de la Copa Mundial de la FIFA 2026. EFE/Carlos Ramírez

Luz, banderas y naciones fracturadas

La sección canadiense de Carson Ting toma otro camino. Contó a EFE que el objetivo era que el público sintiera esperanza y un futuro brillante a pesar de todo lo que ocurre en el mundo. Hacia el final del proceso, los artistas cambiaron el fondo de negro a blanco. El negro se veía poderoso, dijo, pero no transmitía la energía positiva que buscaban. Una vez que el fondo se volvió blanco, la imagen cambió. La gente se movió hacia la luz.

Esa decisión puede sonar estética, pero lleva el ánimo de la época. El Mundial llegará mientras las guerras llenan los noticieros nocturnos, las democracias tambalean y los bloques regionales luchan por mantenerse unidos bajo la presión nacionalista. Ting dijo que cada día traía otra noticia sobre la guerra, lo que le daba al proyecto más combustible para empujar hacia una luz positiva. El fútbol, según él, trata sobre la humanidad y dejar de lado las diferencias.

Su imaginería canadiense incluye fauna y flora, la hoja de arce, un alce, un ganso, un arrendajo azul y un arcoíris que simboliza la diversidad. El tono es lúdico, casi deliberadamente más ligero que la política que lo rodea. Un ganso con sombrero de la Policía Montada y un arrendajo azul con una tabla de snowboard pueden parecer caprichosos, pero el capricho tiene su utilidad. Se niega al estado de emergencia permanente que ahora define gran parte de la vida pública.

Hank Willis Thomas, el artista conceptual estadounidense cuyo trabajo se exhibe en instituciones como el MoMA y el Guggenheim de Nueva York, enfrentó quizá la tarea simbólica más difícil: la bandera de EE. UU. en tiempos de intensa polarización. Contó a EFE que su sección refleja cómo la bandera puede significar cosas muy distintas para muchas personas. La concibió como un mosaico, una tela de identidades más que una sola orden.

Esa es la idea política más fuerte del cartel. Las naciones no son bloques sólidos. Son cosas cosidas. Algunas costuras aguantan. Otras se rompen. Algunas se reparan mal. En la historia latinoamericana, las banderas han cargado tanto liberación como exclusión, promesa y violencia. México lo sabe bien. También las familias migrantes que se mueven entre símbolos nacionales pero no siempre están protegidas por ninguno de ellos.

Para América Latina, el cartel sugiere una lección más amplia. El poder regional no solo se negociará a través de acuerdos comerciales, patrullas fronterizas, petróleo, litio, remesas o cumbres de seguridad. También se negociará a través de la cultura, de quién es representado, quién es simplificado y quién puede estar en el centro de una imagen global.

El Mundial no puede arreglar las fracturas de Norteamérica. Un cartel no puede suavizar la política de deportaciones, borrar disputas comerciales ni resolver la presión que la política estadounidense ejerce sobre sus vecinos. Pero sí puede revelar otro mapa bajo el oficial. Tres artistas, tres países, tres lenguajes visuales, un objeto compartido. No es exactamente armonía. Es algo más difícil y útil: la coexistencia hecha visible.

Y bajo esa luz, la presencia de México es la que más importa. Porque el país siempre ha sabido vivir en la encrucijada entre la celebración y la herida, la frontera y el arraigo, el espectáculo y la supervivencia. Este cartel no pretende que la política haya desaparecido. Simplemente pide a millones de personas mirar el mismo balón, los mismos colores, la misma idea frágil, e imaginar que la región aún es capaz de ser más que sus discusiones.

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