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La magia de Messi en Argentina sigue encontrando los puntos ciegos convenientes de la FIFA

De Argelia a Egipto, las decisiones controvertidas en los Mundiales siguen inclinándose hacia Lionel Messi, mientras la FIFA insiste en que la coincidencia explica el patrón. La defensa de Pierluigi Collina suena autoritaria, pero los números, las comparaciones y los incentivos institucionales cuentan una historia más oscura para el fútbol global.

El silbato siempre se inclina hacia un lado

La sospecha en el fútbol nace en un cuadro congelado. Un botín cae alto. Un árbitro mete la mano al bolsillo, o no lo hace. La repetición se repite hasta que la rabia se convierte en recuerdo.

El caso de Argentina es distinto. Los cuadros siguen acumulándose.

Contra Argelia, según informes, Messi clavó los tapones en la pantorrilla y el tendón de Aquiles de Aïssa Mandi. Se cobró falta, pero no hubo tarjeta. Messi siguió en el campo, marcó tres veces y Argelia presentó una queja ante la FIFA. En otro partido, Folarin Balogun fue expulsado tras la revisión del VAR por pisar el talón de un rival. Eran acciones lo suficientemente similares como para que el castigo desigual se convirtiera en el tema central.

Eso importa más que la garantía de Collina de que los árbitros son honestos. La integridad no se prueba ni se refuta por una sola entrada, ni por un directivo de la FIFA defendiendo a la FIFA. Collina es el jefe de arbitraje de la organización, no un investigador independiente. Su empleador entrena a los árbitros, los selecciona y explica sus decisiones.

Luego llegó Egipto. Mostafa Ziko parecía poner a su equipo dos goles arriba, pero el VAR revisó la jugada de ataque y encontró que Marwan Attia había pisado a Lisandro Martínez. El gol desapareció. En tiempo de descuento, Mohamed Salah cayó tras un contacto con Julián Álvarez; el juego siguió y Enzo Fernández marcó el gol de la victoria para Argentina.

Collina calificó el primer incidente como falta y el segundo como un contacto normal. Este patrón puede hacer que los aficionados duden de la justicia, minando la confianza en la integridad del juego.

El VAR revisó una falta previa de Marwan Attia sobre Lisandro Martínez y anuló el gol de Egipto. EFE/Alberto Boal

Los números no susurran para siempre

El argumento más fuerte sobre el sesgo no es que todas las decisiones polémicas hayan sido erróneas. Algunas probablemente fueron correctas. La polémica sobre el trato a Cabo Verde pierde fuerza cuando se considera el protocolo de sangre. Las quejas sobre el sorteo tienen que ver con la percepción. Incluso el penal a favor de Argentina ante Francia en la final de 2022 tiene defensores creíbles.

Eliminando las acusaciones más débiles, el patrón sigue siendo notable.

Según informes, Argentina se benefició de las tres intervenciones del VAR en sus partidos contra Austria, Jordania y Egipto. Entre los Mundiales de 2022 y 2026, recibió ocho penales, el doble que Inglaterra. Cinco llegaron en 2022, un récord en el torneo. El número de penales por sí solo no prueba nada, pero combinado con revisiones repetidas en el límite, estos datos sugieren un patrón de favoritismo que merece un análisis más profundo.

Los datos sobre tarjetas son más difíciles de descartar. Según informes, Argentina cometió 59 faltas en 2026 y recibió tres amarillas, una por cada 19,6 faltas. Inglaterra recibió una por cada 6,75. La proporción es burda porque un agarrón de camiseta no es igual a una plancha. Aun así, esa diferencia exige contexto, especialmente después de que Messi evitara el castigo ante Argelia y la recordada indulgencia de 2022, cuando tocó el balón con la mano ante Países Bajos sin recibir amarilla y Leandro Paredes evitó la roja tras lanzar el balón hacia el banco neerlandés.

Ningún número por sí solo es una prueba irrefutable. Ese es el estándar equivocado. El sesgo institucional rara vez llega como un memo titulado “Protejan a la estrella”. Aparece como discreción que se resuelve repetidamente en una sola dirección, cada decisión defendible, el conjunto cada vez más difícil de explicar como simple azar.

Collina responde a la acusación de corrupción, que sigue sin probarse, pero elude el cargo más fuerte de favoritismo estructural. Los árbitros pueden ser honestos y aun así verse influidos por la deferencia a las superestrellas, los incentivos comerciales, las expectativas institucionales y el temor a ser el árbitro que expulsó a Messi.

Lionel Messi durante el partido de octavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2026. EFE/Alberto Boal

Latinoamérica reconoce el arreglo

En América Latina, esta controversia toca fibras profundas. Messi es más que un jugador; es un símbolo, y muchos sienten que el sistema favorece a los poderosos, alimentando la frustración y la desconfianza.

Los poderosos rara vez necesitan dar órdenes directas. Todos ya entienden qué resultado mantiene viva la celebración, el rating, los patrocinios y la mitología. El interés comercial de la FIFA en la última Copa del Mundo de Messi es evidente, aunque el interés comercial no sea prueba de manipulación. La afirmación de Hossam Hassan de que “todo es por dinero” sonó conspirativa para algunos. En una región a la que le repiten que los mercados son neutrales mientras los resultados favorecen a los conectados, a otros les resultó familiar.

Por eso las naciones futbolísticas más pequeñas leen el silbato políticamente. Argelia, Egipto, Cabo Verde y otros no llegan al Mundial con la mitología, el peso televisivo o la influencia institucional de Argentina. Llegan sabiendo que una decisión marginal puede borrar cuatro años de trabajo. Cuando esos márgenes favorecen repetidamente a la nación estelar, la igualdad ante las Reglas del Juego empieza a parecerse a la igualdad ante la ley latinoamericana: hermosa en el texto, negociable en la práctica.

Argentina puede ser brillante y favorecida al mismo tiempo. Messi puede ser histórico y estar protegido. Esas verdades no se anulan entre sí.

La evidencia no prueba que la FIFA haya manipulado los resultados. Sin embargo, respalda abrumadoramente la afirmación central del rumor: Argentina ha recibido una concentración extraordinaria de decisiones favorables, y Messi ha sido tratado con una indulgencia que no se concede a otros nombres. La negativa de la FIFA a enfrentar ese historial acumulado solo profundiza la sospecha.

La evidencia sugiere que las decisiones de la FIFA influyen en la percepción de justicia en todo el mundo. Esto debería inspirar a aficionados y analistas a exigir más transparencia y trato igualitario en el fútbol.

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