NEGOCIOS Y FINANZAS

Ecuador apuesta por alimentos amigables con los bosques mientras el comercio verde se vuelve real

Ecuador intenta convertir el cacao, los lácteos, el café y la guayusa en prueba de que América Latina puede vender alimentos sin sacrificar sus bosques. Sin embargo, la promesa depende de la trazabilidad, el poder comunitario y mercados dispuestos a recompensar la moderación.

Un país pequeño hace una gran apuesta climática

Ecuador está haciendo una apuesta inusualmente ambiciosa por una idea difícil: que las exportaciones de alimentos pueden crecer sin provocar nueva pérdida de bosques. Según un informe de EFE, el país ha sumado el cacao, los lácteos y la guayusa a su portafolio de productos sostenibles y libres de deforestación, construyendo sobre un modelo que comenzó con el café y que ya llega a los mercados de la Unión Europea.

Las cifras le dan peso al proyecto. Ecuador cuenta ahora con más de 139.000 hectáreas en transición hacia una producción sostenible y libre de deforestación. Además, gestiona más de medio millón de hectáreas bajo manejo forestal responsable. Ha restaurado alrededor de 1.000 hectáreas de bosques y paisajes. Para un país marcado por una biodiversidad extraordinaria, fronteras forestales frágiles y una profunda desigualdad rural, esas cifras no son solo técnicas. Son políticas.

Jessica Gallegos, subsecretaria de Cambio Climático del Ministerio de Ambiente, Agua y Transición Ecológica, dijo a EFE que la transición hacia sistemas de producción sostenible busca “mejorar los rendimientos, promover escuelas de campo para métodos innovadores, establecer centros de agroindustria y fortalecer las cadenas de valor.” Ese lenguaje puede sonar institucional, pero las apuestas son claras en el campo. Si un agricultor puede ganar más con una mejor producción sin tener que desmontar nuevas tierras, el bosque en pie deja de ser un obstáculo y se convierte en un activo.

Aquí es donde el experimento de Ecuador importa más allá de sus fronteras. América Latina ha estado atrapada durante mucho tiempo en una ecuación cruel: se le pide exportar naturaleza y luego se le castiga cuando la naturaleza desaparece. Los bosques se convierten en pastizales, plantaciones, minas, carreteras, ingresos rápidos y desastres aplazados. Los gobiernos hablan de desarrollo. Las comunidades heredan la erosión, los incendios, los ríos rotos y la volatilidad del mercado. Ecuador intenta, al menos en este modelo, reescribir ese pacto.

Ecuador fortalece la producción sostenible y libre de deforestación tras sumar el cacao, los lácteos y la guayusa a su oferta alimentaria. EFE/Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)

El bosque entra en la cadena de suministro

El proyecto se basa en una premisa simple pero exigente: los compradores deben saber de dónde vienen los productos, cómo fueron producidos y si se talaron bosques para obtenerlos. Por eso la trazabilidad no es un adorno burocrático. Es la columna vertebral de la estrategia.

Ecuador ha fortalecido organizaciones comunitarias comprometidas con la conservación de los bosques a través de los programas PROAmazonía y Pago por Resultados. Estos esfuerzos están alineados con REDD+, el mecanismo internacional enfocado en reducir emisiones por deforestación y degradación forestal, coordinado por el Ministerio de Agricultura y Ganadería y el Ministerio de Ambiente, Agua y Transición Ecológica, con apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

EFE informa que el interés internacional ya es visible. Inka Mattila, representante residente del PNUD en Ecuador, dijo durante una visita de campo a Zamora Chinchipe y Loja que “el mundo está mirando a Ecuador como un modelo de producción sostenible y libre de deforestación.” Delegaciones de Vietnam y Honduras han visitado el país para aprender de su experiencia.

Esa atención es halagadora, pero también peligrosa si se convierte solo en una marca. Las etiquetas verdes pueden transformarse fácilmente en otro disfraz de exportación si no cambian el poder en el territorio. La diferencia aquí dependerá de si las comunidades, agricultores, cooperativas y productores indígenas reciben beneficios duraderos, y no solo aplausos de socios internacionales.

Mattila señaló la adaptación, la innovación, la política pública, las alianzas, los enfoques interculturales y los centros de agroindustria como pilares de la estrategia, que ha beneficiado a más de 70.000 personas. Entre los socios estratégicos están la Unión Europea, el Reino Unido e Italia. La biodiversidad, ubicación y microclimas de Ecuador le otorgan una ventaja. Al mismo tiempo, el viceministro de Desarrollo Productivo Agropecuario, Byron Montero, dijo a EFE que “los Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, quieren empezar a producir aquí.”

Ese detalle revela el doble filo de la oportunidad. La inversión extranjera puede traer mercados y capital. También puede traer presión. El reto de Ecuador es asegurar que la producción sostenible no se convierta en una frase cortés para la demanda externa que moldea el uso local de la tierra sin suficiente control comunitario.

El café ayudó a abrir el camino. Ecuador fue noticia el año pasado al exportar café libre de deforestación a Italia. Mario Cerutti, gerente de sostenibilidad de Lavazza, entregó latas a los productores de Fapecafes, envasadas con los colores de la bandera ecuatoriana. “Es un buen café que viene con valor agregado: respeto por la naturaleza, el medio ambiente y los productores”, dijo Cerutti a EFE.

Lavazza compró primero un contenedor en 2022, según las notas, y ha incrementado las compras a cinco este año, con planes de duplicar para 2026 y expandir las ventas en toda Europa. Ese crecimiento importa porque la producción libre de deforestación solo sobrevive si es rentable. Una prima moral que nunca llega a los productores no es sostenibilidad. Es mercadeo.

Ecuador fortalece la producción sostenible y libre de deforestación tras sumar el cacao, los lácteos y la guayusa a su oferta alimentaria. EFE/Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)

Guayusa, lácteos y la política del origen

El ejemplo de los lácteos muestra cómo la estrategia va más allá de los productos forestales y llega a los alimentos cotidianos. En Zamora Chinchipe y la vecina Morona Santiago, la productividad aumentó un 25 por ciento en 108 fincas. En comparación, la intensidad de emisiones cayó un 21 por ciento en un año, según Milton Masache, de la Cooperativa de Producción Ganadera de Zamora Chinchipe. El sector ha adoptado prácticas como el pastoreo libre y una mejor nutrición animal para reducir su huella de carbono.

Eso ha dado lugar a productos como el dulce de leche, ahora producido en la planta Ecolac, descrita en las notas como la primera en ser libre de deforestación y totalmente trazable a través de su empaque. El simbolismo es poderoso. El dulce de leche, un producto ligado al confort y la memoria doméstica en gran parte de América Latina, pasa a formar parte de una cadena de suministro climática. El frasco familiar ahora lleva una pregunta antes reservada para los informes ambientales: ¿qué pasó con la tierra antes de que esto llegara a la mesa?

La guayusa suma otra capa. La planta, sagrada entre los pueblos indígenas, se ha convertido en un éxito bioemprendedor, cultivada en 9.600 hectáreas por 417 agricultores kichwas, el 56 por ciento de los cuales son mujeres. Yally Grefa, representante de la Asociación de Producción Agrícola de Guayusa, dijo a EFE que la guayusa se cultivaba tradicionalmente en parcelas familiares, pero ahora también se cultiva en tierras que antes se usaban para otros cultivos, donde no se habían aplicado químicos.

Eso importa tanto cultural como económicamente. La guayusa no es solo una mercancía esperando una góndola europea. Es conocimiento ancestral que entra al comercio moderno. Diez marcas registradas y cuatro acuerdos comerciales han surgido del cultivo, según las notas. Si se gestiona bien, esto podría ayudar a demostrar que las tradiciones agrícolas indígenas no son reliquias, sino sistemas vivos de adaptación, sabor, ecología y empresa.

Aun así, el modelo ecuatoriano no debe idealizarse. La producción sostenible es un trabajo arduo. Requiere monitoreo, capacitación, financiamiento, confianza, cumplimiento y compradores que no abandonen a los productores cuando aparecen productos más baratos en otro lugar. También requiere que el Estado evite que el desarrollo rural se convierta en un eslogan verde. Al mismo tiempo, el acceso a caminos, crédito y mercados sigue siendo desigual.

El significado político es claro. Ecuador intenta ocupar un espacio que América Latina necesita con urgencia: no el viejo rol de proveedor de materias primas ni el papel decorativo de postal de biodiversidad, sino el de productor de alimentos cuyo valor incluye la protección de los bosques. Esa es una historia de desarrollo diferente. Pide a los mercados que paguen por la moderación, no solo por la extracción.

Mattila expresó la ambición sin rodeos en el informe de EFE: “Este es el tipo de producción que el planeta necesita.” La frase impacta porque es a la vez esperanzadora y abierta. Ecuador puede estar mostrando lo que es posible. La pregunta más difícil es si el mundo pagará lo suficiente, y de manera justa, para que los bosques en pie valgan más que la tierra deforestada.

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