ANÁLISIS

Cuba pone a prueba la aritmética de la política exterior de Trump más allá de Venezuela e Irán

Cuba no es Venezuela, ni Irán, y la campaña de presión de Washington enfrenta una ecuación caribeña más difícil: menos recompensas rápidas, una estructura de poder más cerrada, la política del exilio, riesgos migratorios y un vecino demasiado cercano como para tratarlo con distancia.

La isla no encaja en el guion

Cuba tiene una forma de arruinar las comparaciones geopolíticas fáciles. Desde Washington, puede ser tentador colocar a La Habana junto a Caracas y Teherán, como si se pudiera abrir el mismo manual de presión en la misma página. Pero economistas, exdiplomáticos e historiadores consultados por EFE sostienen que Cuba es un caso completamente distinto, separado de Venezuela e Irán por recursos, poder interno, geografía, política opositora y el peso de la influencia del exilio cubano en Estados Unidos.

Eso importa porque la sugerencia del presidente Donald Trump de que La Habana es “la próxima” implica más que retórica encendida. Invita a la vieja fantasía de que Cuba es un objetivo pequeño, cercano y simbólico que puede ser empujado a un cambio dramático. Sin embargo, la cercanía misma de la isla la hace más difícil, no más fácil, de manejar. Una crisis allí no quedaría cómodamente fuera de la costa. Se instalaría en el centro de la política interna estadounidense, la política migratoria, la planificación militar y la estabilidad caribeña.

El economista cubano Ricardo Torres dijo a EFE que Cuba tiene “potencial”. Sin embargo, de inmediato añadió la verdad más dura: “El país hay que reconstruirlo completamente”. La isla cuenta con reservas significativas de níquel y cobalto. Pero carece de la riqueza petrolera obvia e inmediata que condiciona los cálculos sobre Venezuela e Irán. Para un gobierno que busca resultados rápidos y espectáculo político, Cuba ofrece un beneficio económico limitado a corto plazo.

“A diferencia de esos dos países, Cuba es más una promesa de futuro que algo inmediato”, dijo Torres a EFE. En su opinión, cualquier efecto económico, incluso a mediano plazo, sería reducido porque “va a haber que invertir muchísimo”. Esa frase debería enfriar la imaginación de quienes ven a Cuba como un premio por conquistar. La isla no es un campo petrolero esperando ser rebautizado. Es un país exhausto cuya reconstrucción exigiría dinero, paciencia y riesgo político.

La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

El poder está repartido, no se divide fácilmente

La comparación con Venezuela también se debilita al examinar la estructura del poder. La académica cubana Tamarys Bahamonde dijo a EFE que en Venezuela, Nicolás Maduro concentró muchos resortes del poder en su propia persona. En Cuba, la influencia está distribuida entre diferentes órganos y figuras relevantes. Esos centros pueden tener intereses distintos en ocasiones, pero operan de manera coordinada.

Esa distinción no es cosmética. Una estrategia de presión suele depender de encontrar fracturas dentro del poder, localizar un negociador, una facción rival, una figura sustituta o un posible canal de transición. Bahamonde no ve señales de que Cuba contenga el nivel de fragmentación evidente en Caracas. “La presión exterior es el mejor incentivo para que cierren filas”, dijo a EFE.

Esa es una de las viejas lecciones de la política latinoamericana. La presión externa puede debilitar a un gobierno, pero también puede darle un escudo nacionalista. Cuanto más la amenaza parezca extranjera, más fácil es para los actores internos cerrar filas, al menos públicamente. En Cuba, donde la soberanía y la resistencia a la presión estadounidense no son solo políticas sino mitos políticos fundacionales, ese efecto puede ser especialmente fuerte.

El historiador cubano Pável Alemán también expresó escepticismo a EFE sobre aplicar la vía venezolana en Cuba. “Aquí no les va a ser fácil encontrar a alguien con el que intenten negociar de espaldas de la sociedad cubana y lanzar un proyecto de sustitución de Gobierno”, afirmó. La advertencia es clara. Un proyecto de reemplazo de gobierno arreglado a espaldas de la sociedad cubana no sería sencillo de diseñar, y quizás tampoco de legitimar.

El panorama opositor añade otra complicación. El exdiplomático cubano Carlos Alzugaray dijo a EFE que la disidencia cubana, tanto en la isla como en la diáspora, carece de figuras o programas que generen un consenso amplio, a diferencia de la oposición política y económica más articulada en Venezuela. Eso no significa que falte descontento en Cuba. Significa que no existe un vehículo político unificado y evidente esperando heredar una transición.

Para Washington, esto crea un problema práctico. La presión sin una alternativa interna clara puede producir inestabilidad en vez de cambio. Puede castigar a un Estado sin preparar a una sociedad. Puede aumentar el sufrimiento y dejar intacta la estructura política. En el caso de Cuba, ese no es un riesgo abstracto. Es un riesgo cercano.

La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Noventa millas lo vuelven todo político

La geografía es la parte de la cuestión cubana que ninguna estrategia puede ignorar. Alzugaray dijo a EFE que la situación económica actual de Cuba no beneficia a Estados Unidos porque podría provocar una crisis humanitaria en un país a solo 90 millas de distancia. Washington, argumentó, no puede ignorarlo. Si el gobierno de La Habana cae, el resultado podría ser “caos” y una posible ola migratoria.

Ese es el gran dilema. Para algunos sectores duros, el colapso puede sonar a victoria desde lejos. Pero Cuba no está lejos. Un colapso allí se convertiría rápidamente en un asunto de Florida, del Caribe, militar y electoral. Pondría a prueba al propio gobierno que alentó la presión.

Torres añade otra dimensión al cálculo. Dentro del nuevo enfoque estratégico de Washington y su apuesta hegemónica en las Américas, Cuba juega un papel relevante junto a México, Panamá y Groenlandia. En ese sentido, Cuba no es simplemente un vestigio de la Guerra Fría. Es parte de una lucha más amplia por la influencia en el hemisferio.

Alzugaray también señala el riesgo defensivo. Cuba está relativamente cerca del territorio estadounidense, a diferencia de Venezuela e Irán. “A 320 millas de Miami, inclusive de Mar-a-Lago”, dijo a EFE, en referencia a la residencia personal de Trump. Y agregó: “¿Quién sabe si La Habana tiene escondidos unos drones con los que atacar el territorio de EE.UU.? Es un riesgo que nadie puede correr.” También advirtió sobre posibles dificultades para defender la base estadounidense en Guantánamo.

Aunque esos escenarios sigan siendo especulativos, su significado político es real. La proximidad cambia el riesgo. Una campaña de presión contra Cuba no podría tratarse como un ejercicio remoto de coerción. Se desarrollaría junto al territorio estadounidense, en medio de la política del exilio, la ansiedad migratoria y la exposición militar.

Luego está el lobby cubano. Torres dijo a EFE que la gran cantidad de cubanos en Estados Unidos con poder político coloca a Cuba en un cálculo distinto al de Venezuela e Irán. Esos intereses, fuerzas y presiones, afirmó, marcarán las decisiones de la administración Trump en cualquier escenario.

Eso significa que la política hacia Cuba nunca es solo sobre Cuba. También trata de elecciones estadounidenses, memoria del exilio, identidad anticomunista, política de Florida y desempeño presidencial. Alzugaray cree que el gobierno cubano está “entre la espada y la pared y va a tener que hacer algo.” Sin embargo, también sostiene que Washington necesita urgentemente algo con Cuba para mostrar a los votantes antes de las elecciones de medio término de noviembre.

Si Irán falla, dijo Alzugaray a EFE, Trump podría necesitar algún tipo de éxito y tal vez un acuerdo con Cuba. La ironía es casi latinoamericana en su agudeza. Washington puede presionar a La Habana, pero también puede necesitar que La Habana siga en pie para negociar. Como observó Alzugaray, lo que le interesa al gobierno cubano es “su propia existencia.”

Por eso Cuba no puede reducirse a Venezuela o Irán. Es más pobre en recompensas inmediatas, más cercana en consecuencias, más difícil de dividir internamente y está más profundamente entrelazada con la política interna estadounidense. Tratarla como “la próxima” puede sonar fuerte. Entenderla como un caso específico sería más sensato.

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