AMÉRICAS

Los apagones en Cuba convierten cinco años de disidencia en desafío diario

Cinco años después del levantamiento del 11 de julio en Cuba, los apagones continuos, la escasez de alimentos, el encarcelamiento político y las protestas callejeras más silenciosas han transformado una histórica explosión de ira en una confrontación diaria entre ciudadanos que exigen sobrevivir y un Estado decidido a mantener el control.

La Revolución se enfrenta a la oscuridad

En La Habana, la oscuridad llega ahora menos como una emergencia y más como una cita. Los refrigeradores se calientan. Las bombas de agua se detienen. Los ventiladores enmudecen bajo el calor caribeño. Las familias reorganizan las comidas según el incierto regreso de la electricidad, ahorrando arroz, baterías y paciencia. En las provincias, los apagones pueden extenderse durante tres días consecutivos.

Cuba ha sufrido dos apagones nacionales en una sola semana y cuatro en lo que va del año. Incluso entre los colapsos del sistema, la capital recibe solo una o dos horas de electricidad al día, reportó EFE. Esa escasez convierte la red eléctrica en algo más que una infraestructura fallida. Se vuelve una medida diaria de la capacidad del Estado para gobernar.

Las protestas suelen ser pequeñas ahora. Unas pocas decenas de personas se reúnen en una cuadra, golpean cacerolas, arrastran escombros a la calle o queman basura. Piden electricidad, agua y comida, demandas tan básicas que exponen la profundidad política de la crisis. Son discusiones sobre si la leche se echa a perder, si un padre anciano puede dormir, si un niño puede estudiar después del atardecer.

El contraste con el 11 de julio de 2021, conocido simplemente como 11J, es marcado. Las manifestaciones se extendieron por la isla con una escala y velocidad no vistas en décadas. Organizaciones de derechos humanos afirman que más de 1,400 personas fueron detenidas. Cinco años después, el levantamiento masivo no se ha repetido. En cambio, su malestar se ha fracturado en erupciones barriales, breves y locales, más difíciles de captar como un evento nacional pero imposibles de ignorar.

Marthadela Tamayo, figura opositora cubana entrevistada por EFE, describió un ambiente de protesta. Dijo que el país puede sentirse como un 11J diario, sin la participación masiva. Manuel Cuesta Morúa dijo a EFE que el agravamiento de la escasez y la desigualdad aún podría provocar otra ruptura nacional.

Esa posibilidad descansa en un cambio profundo en la cultura política cubana. Durante décadas, el gobierno revolucionario justificó su monopolio del poder mediante un pacto social: pluralismo político limitado a cambio de soberanía, servicios sociales y seguridad material. Se mantuvo mientras el Estado entregaba escuelas, clínicas, alimentos subsidiados y orden básico.

Hoy, esa promesa se ha debilitado. La inflación es rampante. Los bienes básicos son escasos. Los servicios públicos se deterioran. La dolarización parcial ha ampliado la brecha entre los hogares con divisas y aquellos que cobran en pesos cubanos. Un sistema construido en nombre de la igualdad cada vez más clasifica a los ciudadanos según remesas, familia en el extranjero y acceso a mercados informales.

Prisión de Guanajay en La Habana, Cuba, donde Luis Manuel Otero cumplió su condena. EFE/Ernesto Mastrascusa

Un movimiento de protesta sin plaza

El gobierno ha aprendido del 11J. Figuras opositoras y grupos de derechos describen una vigilancia más rápida, controles más estrictos a la movilidad, monitoreo digital y cargos penales amplios usados para frenar protestas antes de que se conecten. La ira está en todas partes, pero la organización se mantiene local. El cacerolazo en una calle habanera puede que nunca llegue al siguiente barrio antes de que llegue la policía.

Cuesta Morúa dijo a EFE que las autoridades han cortado los lazos entre líderes cívicos y ciudadanos comunes, mientras hacen que el castigo sea deliberadamente costoso. Las condenas de prisión no son solo penas para los condenados. Son advertencias para todos los que observan.

Las cifras subrayan esa estrategia. El Observatorio Cubano de Derechos Humanos reportó al menos 1,949 acciones represivas durante la primera mitad de 2026. Human Rights Watch afirma que alrededor de 800 personas siguen encarceladas por motivos políticos, casi la mitad vinculadas a las manifestaciones del 11J.

Entre los más visibles está el artista Luis Manuel Otero Alcántara, líder del Movimiento San Isidro. Fue arrestado el 11 de julio de 2021 mientras intentaba unirse a las protestas. Su condena de cinco años por desacato y desórdenes públicos terminó el 9 de julio, pero no fue liberado. Human Rights Watch dijo que su libertad parecía estar condicionada al exilio.

El exilio ha servido durante mucho tiempo como válvula de escape para las crisis cubanas. Reduce la presión interna mientras dispersa la oposición en el exterior. Pero también vacía los barrios, separa familias y hace que las remesas sean aún más centrales para la supervivencia.

Personas caminando por una calle durante un apagón en La Habana, Cuba. EFE/Ernesto Mastrascusa

Washington aprieta el tornillo

La crisis de Cuba no es producto de una sola causa. Centrales eléctricas envejecidas, una economía centralizada, baja productividad y fallas de políticas han erosionado el nivel de vida durante años. Al mismo tiempo, el aumento de la presión de Washington en los últimos seis meses, incluyendo restricciones más estrictas al petróleo y nuevas sanciones, ha hecho que el combustible sea más escaso y que las empresas extranjeras sean más cautelosas.

La interacción es crucial. La política estadounidense eleva el costo de la disfunción cubana, mientras La Habana utiliza la presión externa para explicar fracasos que en parte tienen raíz interna. Los cubanos comunes absorben ambas fuerzas: hacen fila para conseguir alimentos marcados por la escasez interna y las sanciones, y luego regresan a hogares donde las luces no se encienden.

El Partido Comunista sigue presentando el 11J como un intento fallido de desestabilización y una victoria popular. Roberto Morales Ojeda, secretario de organización del partido, escribió que la patria sería defendida. El lenguaje es marcial, pero la confrontación en la calle es íntima.

Una mujer con una olla. Un padre bloqueando el tráfico tras tres noches sin luz. Una familia esperando fuera de una prisión después de que una condena ha terminado oficialmente.

Cinco años después del 11J, el hecho político más relevante en Cuba puede que no sea otra marcha. Puede ser la normalización de la negativa. El Estado aún controla las instituciones, la policía y las prisiones. Sin embargo, los ciudadanos han cruzado una línea psicológica: protestan no porque esperen una victoria inmediata, sino porque el silencio ya no les resulta posible.

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