VIDA

Bogotá encuentra el ritmo de Cali mientras el Petronio transforma el duelo sísmico en un salvavidas

La extensión del festival Petronio Álvarez en Bogotá lleva la música del Pacífico y la artesanía afrocolombiana a una ciudad lejos de la peor destrucción del terremoto. Para los artesanos que sobrevivieron, la celebración ofrece algo urgentemente práctico: clientes, ingresos y un lugar para encontrarse con otros que también reconstruyen sus vidas.

Dos días sin señal

Durante dos días, Orfelia Casquete fue considerada desaparecida. Ella y una compañera llevaban mercancía al festival Petronio Álvarez de Cali cuando el terremoto del 10 de agosto de 2026, de magnitud 7,4, provocó un deslizamiento de tierra que bloqueó la carretera desde Buenaventura. Sobrevivieron. Avisar a los demás fue otro asunto.

“Finalmente llegamos a la ciudad, pero como no teníamos señal, nos reportaron como desaparecidas durante dos días”, contó a EFE.

El pasado fin de semana en Bogotá, Casquete mostraba a los clientes sombreros tejidos con fibra de tetera y amuletos tallados a partir de una mezcla hecha con cáscaras de coco. Su mercancía volvía a tener un destino. También el trabajo invertido en elaborarla.

A Casquete le ofrecieron un espacio para participar. Ese gesto práctico le permitió presentarse ante un nuevo público como artesana, y no solo como sobreviviente. La diferencia se nota en los productos que exhibe: objetos útiles, hechos a mano y aún esperando compradores.

La trigésima edición del Petronio estaba programada del 9 al 17 de agosto en Cali. Los daños del terremoto interrumpieron esa celebración. Una extensión especial se realiza del 3 al 20 de septiembre en Corferias, Bogotá, donde cerca de 120 vendedores tienen otra oportunidad de vender.

Esos 18 días en el calendario ofrecen una ventana más larga que los nueve originales, pero no garantizan la recuperación de ingresos. Diferentes clientes y un entorno distinto hacen incierta la comparación. Casquete también valora algo que ningún recibo de venta registra: encontrarse con otros que vivieron la misma tragedia, contó a EFE.

Personas bailando en el festival en Bogotá, Colombia. EFE/Carlos Ortega

Más que un mercado

Las cifras de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres de Colombia, citadas por EFE el 7 de septiembre, explican por qué esto no puede ser solo una historia sobre trasladar una fiesta. Cali representó 153 de al menos 331 muertes, aproximadamente el 46 por ciento. Las otras 178 muertes registradas sitúan más de la mitad del saldo fuera de la ciudad anfitriona habitual del festival.

Esa geografía importa. La ruta bloqueada entre Buenaventura y Cali no fue incidental en la historia de Casquete. Conectaba sus productos con el mercado al que estaban destinados. Restaurar el comercio cultural implica entonces más que encontrar otro escenario: los productores también deben poder viajar y entregar sus bienes.

El mismo balance oficial registró 4.439 personas heridas y 240 desaparecidas. El propio periodo de Casquete sin contacto terminó. Su regreso no puede sustituir las respuestas que otras familias aún necesitan.

Para los vendedores participantes, otra pérdida amenazó después de que cesaron los temblores: un mercado que desaparecía cuando sus productos ya estaban listos. Materiales y horas de trabajo pueden quedar atrapados en inventario sin vender. Un puesto en Bogotá ofrece la oportunidad de convertir ese inventario en ingresos en vez de absorber otro revés.

Pero 120 participantes miden acceso, no compensación. Sin totales de ventas ni pérdidas documentadas, no hay base para declarar que los medios de vida se han recuperado. La extensión preserva una oportunidad de ganar; no reembolsa la destrucción.

También importa lo que se vende. Los sombreros de tetera y los amuletos de coco encarnan materiales y habilidades particulares. Botellas de crema elaborada con viche, un licor tradicional de caña de azúcar, aportan otro hilo del saber pacífico al recinto ferial. Los peinados y la ropa afrocolombiana hacen visible la herencia africana a través de servicios y objetos de uso cotidiano.

Comprar ese trabajo por su propio mérito reconoce a los vendedores como productores, no solo como destinatarios de compasión. La solidaridad cultural se vuelve más sustancial cuando el aprecio llega a las personas cuya habilidad hace posible la celebración.

Poner la cultura en pausa hasta que termine la reconstrucción sería perder precisamente esa conexión. Para estos comerciantes, crear y vender no son actividades que siguen a la recuperación. Son algunas de las formas de iniciarla.

Botellas de un licor tradicional de la región Pacífica conocido como Tomaseca, en el centro de exposiciones Corferias en Bogotá, Colombia. EFE/Carlos Ortega

Bailar sin olvidar

En el escenario, los músicos de Patacoré vestían camisas rojas intensas y sombreros regionales. Las cantadoras lucían faldas amplias y turbantes. Ganadores de la categoría de marimba y canto tradicional del festival en 2025, llegaron con un reconocimiento artístico que precedía al desastre, informó EFE.

Las barras de madera afinadas de la marimba acompañaban las voces, mientras el cununo y el guasá sostenían los ritmos. El cantante principal, Andrés Steven Quiñones, de Tumaco, Nariño, dijo a EFE que la música crea “un puente entre lo divino y lo terrenal” y da a las comunidades del Pacífico un medio de resistencia.

Quiñones describió la muerte tras una vida plena como un descanso, algo que puede recibirse con alegría. Su recuerdo del terremoto fue distinto. Dormía cuando ocurrió y despertó con la tierra resquebrajándose, una experiencia que calificó de aterradora.

Sus creencias no deben simplificarse en la idea tranquilizadora de que estas comunidades enfrentan cada pérdida con una canción. La alegría y el terror conviven en el mismo testimonio. La música no borra lo sucedido; permite que quienes lo vivieron hablen en un lenguaje que ya poseen.

Entre los visitantes estaba Sandra, una bogotana que contó a EFE que había ido a apoyar a sus compatriotas y a unirse tras la tragedia. Los ritmos la llevaron a un lugar donde ese apoyo podía convertirse en una compra, una conversación o simplemente atención.

Para Casquete, un sombrero sigue siendo algo que sabe hacer y que alguien puede llevarse a casa. Su venta no puede reconstruir una carretera ni encontrar a los desaparecidos. Puede ayudar a financiar la próxima pieza de trabajo. Tras dos días de haber sido considerada perdida, está aquí, mostrando lo que pueden hacer sus manos.

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