VIDA

Latinoamérica suda mientras el aire acondicionado se dispara y las facturas aprietan

A medida que las olas de calor se vuelven rutina, Latinoamérica compra alivio, una máquina zumbante a la vez. Sin embargo, el auge del aire acondicionado está dejando al descubierto viejas desigualdades, viviendas precarias, redes eléctricas frágiles y la incómoda política de quién puede refrescarse.

El nuevo sonido de la supervivencia

En la pegajosa oscuridad de un departamento caribeño, el primer sonido bendito no es la música. Es el clic, el carraspeo y el zumbido constante de un aire acondicionado luchando contra la noche. Una abuela duerme. Un niño deja de sudar sobre la sábana. Un comerciante en el centro de una ciudad brasileña logra que los clientes se queden diez minutos más. En toda Latinoamérica, refrescarse ha dejado de ser un lujo para convertirse en una silenciosa estrategia de supervivencia.

Las cifras muestran una región que recurre rápidamente al alivio mecánico. Brasil, México y Argentina representan el 88 por ciento de las ventas de aire acondicionado en Latinoamérica, según las notas revisadas, convirtiéndose en el centro gravitacional de un mercado moldeado por el calor, las ciudades y una clase media en crecimiento. Pero el auge es desigual. Las costas tropicales consideran el enfriamiento casi obligatorio. Las ciudades de montaña y las regiones más frías del sur, incluyendo partes de Chile, aún luchan más con el aislamiento térmico y la calefacción que con el calor del verano. Latinoamérica no es una sola historia climática. Son muchos techos bajo diferentes soles.

Esa diferencia importa porque el aire acondicionado no llega a un espacio vacío. Llega a viviendas construidas con paredes delgadas, ampliaciones informales, mala ventilación y poco aislamiento. Llega a barrios donde la electricidad puede ser cara, poco confiable o ambas cosas. En México, una caída del 19 por ciento en los precios residenciales de la electricidad ayudó a que el enfriamiento fuera más accesible, mostrando cuán rápido cambia el comportamiento cuando bajan las barreras de costo. La máquina puede estar en el dormitorio, pero la decisión de comprarla vive dentro de los salarios, tarifas, créditos, el diseño urbano y el temor a la próxima ola de calor.

El material reportado por EFE recoge la contradicción que ahora inquieta a los responsables de políticas mucho más allá de Latinoamérica. La Organización Mundial de la Salud ha advertido que el aire acondicionado no es una respuesta sostenible ni social ni ambientalmente, aunque también lo considera crucial para proteger a las personas en mayor riesgo durante el calor extremo. No es hipocresía. Es la realidad hablando. Cuando la temperatura sube lo suficiente, la teoría se derrite.

Un edificio con unidades de aire acondicionado. EFE/ Miguel Gutiérrez

El enfriamiento no es igual para todos

El auge del aire acondicionado en Latinoamérica parece moderno, pero su geografía moral es antigua. Las primeras personas en refrescarse suelen ser quienes ya están protegidos por el dinero, el cableado, la vivienda formal y una facturación estable. Los últimos son los ancianos en casas hacinadas, los vendedores ambulantes, las trabajadoras domésticas, las familias en asentamientos informales y las comunidades rurales donde la red eléctrica es frágil o inexistente. El calor no golpea por igual. El enfriamiento tampoco llega igual.

La advertencia de la OMS es tajante: el aire acondicionado puede ser injusto e inaccesible para los hogares de bajos ingresos, aumentar la demanda eléctrica, elevar el riesgo de apagones, fomentar el sobreenfriamiento, debilitar la aclimatación al calor y alimentar tanto las islas de calor urbanas como el cambio climático. En Latinoamérica, esa reacción en cadena tiene un matiz particular. Ciudades como São Paulo, Ciudad de México, Buenos Aires, Guayaquil, Barranquilla y Monterrey ya muestran cómo el concreto, el asfalto y la desigualdad atrapan el calor de manera diferente de un distrito a otro.

Un hogar acomodado puede enfriar tres habitaciones y quejarse de la factura. Un hogar pobre quizá encienda una unidad vieja e ineficiente por unas horas y luego raciona el resto de la noche. En algunos lugares, la propia unidad puede ser obsoleta, importada a bajo costo o revendida en la región porque mercados más fuertes la rechazaron. Las notas describen a Latinoamérica como un vertedero histórico de equipos ineficientes y refrigerantes obsoletos. No es solo un problema de consumidores. Es un problema de desarrollo, vinculado al comercio, la regulación y la larga vida de una globalización desigual.

El sector comercial añade otra capa. Hoteles, centros comerciales, restaurantes, clínicas y cadenas minoristas están impulsando la demanda en los centros urbanos. El enfriamiento es parte de la promesa del consumo moderno. Mantiene cómodos a los turistas, estables los medicamentos, funcionales a los trabajadores y segura la comida. Pero cada vestíbulo climatizado irradia calor hacia afuera. Cada compresor depende de una red eléctrica que aún puede funcionar parcialmente con combustibles fósiles. El confort privado de un edificio puede convertirse en la carga pública de una calle más caliente.

El World Resources Institute estima que, sin una transición más rápida hacia energías limpias, los sistemas de enfriamiento globales podrían generar 6.100 millones de toneladas de emisiones de dióxido de carbono al año para 2050, casi una quinta parte de las emisiones globales en muchos escenarios. Para Latinoamérica, el peligro no es simplemente más máquinas. Es más máquinas conectadas a políticas débiles, energía sucia, edificios con fugas y exclusión social.

Un hombre se refresca en una fuente debido a las altas temperaturas en la Ciudad de México, México. EFE / Mario Guzmán

La política de una habitación más fresca

Los gobiernos no son ajenos a esto. El Ministerio de Minas y Energía de Brasil ha implementado estándares mínimos de desempeño energético más estrictos, empujando el mercado hacia sistemas inverter que consumen menos energía que los modelos antiguos. Países de Centroamérica han avanzado en armonizar las normas de eficiencia para aires acondicionados inverter. Los equipos tipo split y de habitación siguen dominando, pero la dirección es clara: la región intenta refrescarse sin cocinar su futuro.

La pregunta es si la política puede moverse tan rápido como el calor. Los modelos inverter son más eficientes, pero suelen costar más al principio. El enfriamiento pasivo puede reducir la demanda, pero requiere una planificación que las ciudades latinoamericanas a menudo no hicieron cuando crecieron rápidamente. Superficies reflectantes, árboles de sombra, techos verdes, mejor ventilación y arquitectura adaptada al clima no son ideas ambientales de boutique. Son infraestructura de salud pública.

Manuel Ruiz de Adama, investigador de la Universidad de Córdoba, expuso el dilema claramente en un reciente informe citado en el material de EFE. El debate no es sobre aire acondicionado sí o no, explicó, sino sobre cómo adaptar las necesidades de los edificios existentes con sistemas lo más respetuosos posible con el medio ambiente. Ese enfoque se ajusta mejor a Latinoamérica que los regaños importados. Una familia en un departamento sofocante no necesita un sermón sobre el carbono. Necesita enfriamiento seguro, precios justos y un edificio que no se convierta en horno al mediodía.

La OMS sugiere combinar sombra con aire acondicionado y techos fríos o verdes para que el enfriamiento sea más eficiente energéticamente y sostenible ambientalmente. El WRI sostiene que el enfriamiento pasivo es esencial a medida que las olas de calor se vuelven más largas, frecuentes e intensas. Estas ideas pueden sonar técnicas, pero en realidad se trata de dignidad. Sombra en una parada de autobús es dignidad. Un techo que refleje el calor es dignidad. Un aula donde los niños puedan aprender en el calor de marzo es dignidad.

El futuro del enfriamiento en Latinoamérica se decidirá en ministerios, mercados y cocinas. Dependerá de si los gobiernos bloquean importaciones ineficientes, si las empresas eléctricas pueden manejar la demanda máxima, si los bancos financian mejores equipos y si los líderes urbanos plantan árboles en barrios pobres, no solo en avenidas bonitas. También dependerá de la cultura. Durante generaciones, muchas familias soportaron el calor como destino. Ahora cada vez más ven el alivio como un derecho.

Ese derecho viene con una factura. Alguien lo paga a través de los cargos de electricidad, los impuestos, la inversión en infraestructura o las emisiones. La respuesta más justa no es negar el enfriamiento a quienes más lo necesitan. Es hacerlo más limpio, inteligente y menos dependiente del consumo desesperado de último minuto. Latinoamérica compra aires acondicionados porque el calor se ha vuelto íntimo. La próxima prueba será si puede construir ciudades donde sobrevivir no requiera que cada ventana zumbe.

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