AMÉRICAS

Venezuela corre por viviendas prefabricadas mientras los campamentos tras el sismo siguen llenándose

Tras el terremoto más mortífero de Venezuela en un siglo, casi 18,000 personas siguen sin hogar, lo que impulsa a Caracas y a las Naciones Unidas hacia la vivienda prefabricada mientras los campamentos temporales se desbordan. Los sobrevivientes enfrentan la pregunta más difícil después de un desastre: dónde vivir seguros ahora.

Una costa viviendo en carpas

En Playa Grande, el Caribe aún parece lo suficientemente cercano como para consolar a una persona, azul y abierto más allá de los escombros. Pero tras el doble terremoto del 24 de junio, la belleza se ha convertido en un telón de fondo cruel. Familias que antes medían sus días por los botes de pesca, las campanas de la escuela, el tráfico, las compras en el mercado y el pesado calor de la tarde ahora cuentan lonas, bidones de agua, colchones y paredes que faltan.

El gobierno venezolano afirma que casi 18,000 personas han quedado sin vivienda tras los terremotos consecutivos de magnitud 7.2 y 7.5. El saldo oficial de muertos ha ascendido a 3,685, con 16,740 heridos. Las autoridades no han proporcionado cifras de desaparecidos, un silencio que en las zonas de desastre suele sentirse como otra réplica. Deja a las familias suspendidas entre el duelo y la esperanza, entre la lista pegada en un refugio y la llamada que nunca llega.

Tom Fletcher, subsecretario general de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas, recorrió una de las zonas más devastadas y describió el alojamiento como una de las emergencias centrales que enfrenta ahora el país. En una entrevista con EFE en Playa Grande, Fletcher dijo que el gobierno venezolano tiene planes para viviendas más permanentes y también para traer edificaciones prefabricadas. El sistema de Naciones Unidas, agregó, ya está recaudando fondos para apoyar ese esfuerzo.

Ese plan suena práctico, casi simple. Traer estructuras. Sacar a la gente del peligro. Reemplazar carpas por techos. Pero en Venezuela, la vivienda nunca es solo vivienda. Es memoria, política, escasez, burocracia, tierra, dinero petrolero que se esfumó, salarios que no alcanzan y un Estado cuyas promesas a menudo han llegado tarde o nunca. Una pared prefabricada puede llegar en camión. La confianza, no.

El jefe humanitario de la ONU, Tom Fletcher, en La Guaira, Venezuela. EFE/Miguel Gutiérrez

La matemática del desplazamiento

Las cifras oficiales de los campamentos cuentan una historia clara sobre dónde el desastre golpeó más fuerte y dónde la presión crecerá primero. Al menos 16,686 personas están alojadas en 87 campamentos transitorios instalados por el gobierno venezolano, según cifras presentadas el miércoles por el ministro de Educación, Héctor Rodríguez. La Guaira, al norte del país y presionada entre la montaña y el mar, lleva la mayor carga: 10,469 personas en 26 campamentos, con seis campamentos ya en proceso de expansión.

Eso significa que casi dos tercios de las personas desplazadas que actualmente están en campamentos se concentran en La Guaira. La geografía importa. No se trata de una llanura vacía donde la vivienda temporal puede extenderse sin fricción. Es un estado costero moldeado por pendientes pronunciadas, barrios densos, riesgo de deslizamientos, construcciones informales y la memoria de catástrofes anteriores. Cada decisión sobre dónde ubicar a las personas se convierte en una decisión sobre la exposición: a la lluvia, al terreno inestable, a enfermedades, al crimen, a la ira política.

Caracas tiene 5,046 personas en 39 campamentos, mientras que Miranda, cerca de la capital, cuenta con 1,171 personas en 22 campamentos. El contraste es revelador. La Guaira tiene menos campamentos que Caracas pero muchas más personas en ellos, lo que sugiere una mayor concentración y condiciones de vida potencialmente más duras. Miranda tiene la mayor cantidad de campamentos por persona desplazada entre los tres, lo que puede significar sitios más pequeños o daños más dispersos. De cualquier manera, el país ahora gestiona no una sola crisis humanitaria, sino muchas pequeñas versiones de ella, cada una con su propia logística, resentimientos y actores locales de poder.

Fletcher expresó la urgencia de manera sencilla en su entrevista con EFE. Hay que trasladar a las personas a algún tipo de alojamiento a más largo plazo, dijo, porque no pueden simplemente quedarse en áreas destruidas donde es peligroso estar. Necesitan mejores condiciones de vida. La frase suena modesta, pero lo abarca todo: techos más seguros, saneamiento, privacidad, electricidad, escuelas, transporte, atención médica y protección contra la violencia lenta que sigue a la violencia espectacular de un terremoto.

La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas estima que se necesitan 300 millones de dólares adicionales, después de que ya se ha recaudado una cantidad similar, para llegar a 1.3 millones de personas afectadas por los terremotos. Esa cifra amplía el enfoque. Los sin techo son las víctimas más visibles, pero la población afectada es mucho mayor. Incluye a los heridos, los nuevos pobres, los ancianos separados de las clínicas, los niños fuera de la escuela, los trabajadores que perdieron herramientas o negocios y los hogares cuyas casas aún están en pie pero ya no se sienten seguras.

Voluntarios trabajan para retirar escombros en La Guaira, Venezuela. EFE/Xaume Olleros

Promesas prefabricadas, pruebas políticas

La vivienda prefabricada tiene un atractivo evidente en las primeras semanas tras un desastre. Puede ser más rápida que la construcción convencional y más digna que las carpas. Da a los funcionarios una respuesta visible ante la angustia pública. Da a los donantes internacionales algo concreto que financiar. En un país donde la legitimidad política se disputa en las filas del pan, las urnas y los comités vecinales, un techo puede convertirse en prueba de que el Estado aún tiene presencia.

Sin embargo, el peligro es que la arquitectura de emergencia se convierta en abandono permanente. América Latina conoce bien este patrón. Los asentamientos temporales se consolidan en barrios. Las soluciones transitorias se transforman en pobreza heredada. Lo que comienza como una respuesta humanitaria puede convertirse en otra capa de desigualdad urbana si los títulos de propiedad, los servicios, las escuelas, los empleos y el transporte público no se planifican desde el inicio.

Esa es la verdadera prueba para Venezuela y sus socios internacionales. El asunto no es solo cuántas unidades prefabricadas llegan, sino también cuán rápido. Es dónde se ubican, quién las recibe, quién queda esperando y si el proceso es lo suficientemente transparente como para sobrevivir en un país ya tensionado por la polarización y las dificultades económicas. La ayuda ante desastres puede sanar, pero también puede profundizar viejas heridas cuando las comunidades sospechan favoritismo o filtros políticos.

Fletcher dijo a EFE que había informado a los Estados miembros, con 170 socios en línea, para explicar las necesidades en torno a la vivienda y el refugio y buscar la generosidad internacional requerida. Sus palabras apuntan a un equilibrio delicado. Venezuela necesita ayuda externa, pero la entrega de esa ayuda pasará por instituciones nacionales que muchos ciudadanos ven con recelo. Las Naciones Unidas pueden recaudar fondos y coordinar esfuerzos. Aun así, la legitimidad de la recuperación se construirá localmente, campamento por campamento, familia por familia.

Para los sobrevivientes, el lenguaje de las políticas es distante. “Soluciones de refugio” significa si una abuela puede dormir sin que la lluvia gotee sobre sus medicinas. “Campamentos transitorios” se refiere a si un adolescente puede estudiar con luz por la noche. “Alojamiento a más largo plazo” significa si una madre deja de doblar la misma bolsa de ropa cada mañana por si los funcionarios le dicen que debe mudarse otra vez.

Los terremotos del 24 de junio ya se han convertido en los más mortíferos que ha visto Venezuela en el último siglo, según el balance oficial. Pero el significado final de la catástrofe no está definido. Se escribirá en los meses posteriores al temblor, cuando las cámaras se vayan y los campamentos permanezcan. Un país puede sobrevivir a un sismo y aun así fallar a sus desplazados. O puede convertir las ruinas en una rara prueba cívica, una que se mide no por discursos, sino por puertas que cierran, techos que resisten y familias que finalmente dejan de dormir como huéspedes en su propia tierra.

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