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Las cárceles de Colombia convierten el hacinamiento en el espejo más oscuro de la seguridad nacional hoy

La crisis carcelaria de Colombia ya no se trata solo de celdas abarrotadas. Nuevos hallazgos de control muestran camas, baños, medicinas, extorsión, guardias asesinados y redes criminales de mando convergiendo en una emergencia estatal que expone la lucha inconclusa del país sobre castigo, dignidad y control.

Una cama como medida

En las cárceles de Colombia, la dignidad puede empezar con una cama. No con la libertad. No con la justicia. Solo una cama. El derecho a dormir sin tener que acurrucarse en un pasillo, sin esperar un pedazo de piso, sin construir un rincón privado con cartón, tela, miedo y agotamiento.

Solo el 58,6 por ciento de las personas privadas de la libertad en las cárceles inspeccionadas por la Defensoría del Pueblo de Colombia tiene su propia cama, advirtió la entidad este jueves. El resto se ve obligado a la arquitectura informal del hacinamiento: pisos, pasillos, estructuras improvisadas, espacios que nunca estuvieron destinados a albergar cuerpos durante la noche. Es una métrica brutal porque reduce el debate penal a su verdad física. Antes de la rehabilitación, antes de la seguridad, antes de la teoría legal, el cuerpo debe tener dónde acostarse.

El hallazgo proviene del informe de contraste de la Defensoría frente al decimonoveno análisis del gobierno sobre el sistema penitenciario y carcelario nacional, basado en inspecciones realizadas en 20 cárceles durante el segundo semestre de 2025. Estas instalaciones representan el 16 por ciento de las cárceles operativas de Colombia, pero albergan a 33.567 personas, casi el 30 por ciento de la población carcelaria del país. En otras palabras, la muestra no es marginal. Es una ventana al centro del sistema.

La Defensoría encontró escasez de literas, insuficiencia de unidades sanitarias y ausencia de espacios adecuados para visitas íntimas. También documentó barreras reiteradas para la atención médica, incluyendo demoras en procedimientos, dificultad para acceder a citas especializadas y falta de medicamentos en cárceles de hombres, como La Modelo, y de mujeres, como El Buen Pastor, en Bogotá.

Un sistema penitenciario puede sobrevivir a malos muros más tiempo de lo que puede sobrevivir a este tipo de abandono institucional. Cuando las personas no pueden dormir, bañarse, ver a un médico, recibir medicinas o mantener contacto humano básico, la prisión deja de ser una condena y se convierte en un método lento de abandono. Colombia llama a esto castigo. Los datos sugieren algo más cercano al fracaso estatal.

Cárcel La Modelo en Bogotá, Colombia. EFE/ Juan Diego López

El desborde más allá de la celda

La crisis no termina en las cárceles nacionales. La Defensoría también inspeccionó 55 centros de detención transitoria, lugares diseñados para estancias de menos de 36 horas. En cambio, los inspectores encontraron a 5.510 personas retenidas allí. Según el informe, el 82,5 por ciento había permanecido más tiempo del legalmente permitido y el 15 por ciento llevaba allí más de un año.

Esa cifra debería ser políticamente explosiva. Un centro de detención transitoria que retiene personas por más de un año ya no es transitorio. Es una cárcel en la sombra, a menudo sin la infraestructura, supervisión, sistemas de salud, ventilación, iluminación o seriedad legal que incluso las cárceles ordinarias deberían garantizar.

En algunos centros, un solo baño era compartido por 125 personas, aunque la norma exige un baño por cada 25 detenidos. Eso no es una falla administrativa. Es un riesgo de salud pública, una alerta de derechos humanos y una fábrica de humillación. Un Estado que no puede proveer saneamiento a las personas que ha encerrado pierde autoridad moral cada vez que gira la llave.

La Defensoría ha llamado al gobierno a avanzar en la “humanización del castigo”, fortalecer la infraestructura carcelaria, garantizar recursos para salud y alimentación, y modernizar los sistemas de información penitenciaria. La frase suena burocrática, pero su significado es simple. Colombia debe decidir si las personas bajo custodia siguen siendo seres humanos bajo responsabilidad estatal, o si la cárcel se permite convertirse en el lugar donde la Constitución va a morir en silencio.

El problema de fondo es que el hacinamiento no es un accidente. Es el resultado previsible de un sistema de justicia que usa la reclusión como respuesta predeterminada mientras invierte poco en alternativas, debido proceso, rehabilitación, atención en salud mental y prevención social. La crisis carcelaria de Colombia refleja las contradicciones más amplias de un país que ha pasado décadas intentando controlar la violencia mediante el encierro. En contraste, la violencia sigue reorganizándose dentro y fuera de los muros de las cárceles.

Eso lleva la emergencia a un enfoque más nítido.

Cárcel La Modelo en Bogotá, Colombia. EFE/ Carlos Ortega

Emergencia sin reforma

En febrero, Colombia declaró la emergencia carcelaria tras una ola de violencia contra guardias del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario, conocido como Inpec, y en medio de esfuerzos para combatir operaciones de extorsión dirigidas desde los centros de detención. El ministro de Justicia, Néstor Osuna, dijo en declaraciones recogidas por EFE que la medida tenía dos propósitos: proteger la vida e integridad de los funcionarios penitenciarios y erradicar la extorsión y corrupción originadas en las cárceles.

El contexto inmediato era aterrador. El dragoneante Jesús Cárdenas fue asesinado a tiros por dos sicarios cerca de la cárcel San Sebastián de Ternera en Cartagena mientras desayunaba. Los grupos criminales no solo sobrevivían dentro del sistema penitenciario. Estaban extendiéndose hacia afuera, amenazando a los guardias, ordenando violencia y proyectando poder en las ciudades.

La emergencia permite restringir visitas, comunicaciones, operaciones internas y el traslado de internos sospechosos de cometer delitos desde la cárcel. Las autoridades se refirieron específicamente a cabecillas de bandas como los vinculados a La Inmaculada, también conocida como La Oficina, que recientemente sembró terror en Tuluá tras la captura de Mauricio Marín Silva, alias Nacho. El grupo asesinó a un agente de tránsito, quemó ocho vehículos y amenazó al alcalde Gustavo Vélez, obligando a las autoridades del Valle del Cauca a militarizar la ciudad antes de reportar la situación bajo control.

Osuna también dijo que se destinarían fondos para comprar equipos que bloqueen la señal de celulares en las cárceles, ya que los internos usan teléfonos móviles para extorsionar y planear delitos. Señaló que continuarían los operativos sorpresa y requisas, junto con traslados de presos sospechosos de actividad criminal desde el interior de los establecimientos.

Esta respuesta de seguridad es necesaria, pero incompleta. Bloquear señales puede dificultar la extorsión. Las requisas pueden incautar armas y teléfonos. Los traslados pueden romper ciertas cadenas de mando. Pero nada de eso soluciona el horno estructural descrito por la Defensoría. El hacinamiento, la mala sanidad, el abandono médico y los guardias exhaustos crean las condiciones en las que prospera el gobierno criminal. Cuando el Estado no puede proveer orden, las bandas lo venden. Cuando la autoridad legal es débil, la autoridad ilegal se vuelve práctica.

El Inpec administra 125 cárceles con capacidad para 81.740 internos. El sistema actualmente alberga a 101.976 personas, superando la capacidad en 20.236 y produciendo un hacinamiento del 24,7 por ciento, clasificado como alto por el Inpec. Esta es la cuarta emergencia carcelaria declarada en Colombia: después de 2013 por hacinamiento, 2016 por múltiples problemas y 2020 por la emergencia del coronavirus.

Cuatro emergencias en poco más de una década ya no son emergencias. Son un patrón.

Para América Latina, las cárceles de Colombia ofrecen una advertencia regional. En todo el continente, las prisiones hacinadas se han convertido en incubadoras del crimen organizado, desde las facciones nacidas en las cárceles de Brasil hasta las masacres en Ecuador y los sistemas de pandillas en Centroamérica. Cuando los Estados amontonan seres humanos en instalaciones inhabitables y luego pierden el control del orden interno, las cárceles se convierten en centros de mando, zonas de reclutamiento, cámaras de tortura y pasivos políticos.

El desafío de Colombia es, por tanto, tanto geopolítico como doméstico. Un sistema penitenciario que amplifica la extorsión, protege jerarquías criminales y falla en derechos humanos debilita la confianza inversionista, la seguridad municipal, la estabilidad fronteriza y la legitimidad democrática. También complica cualquier política de paz seria, porque el Estado no puede pedir a los grupos armados que confíen en instituciones que colapsan visiblemente tras las rejas.

La cárcel es el país en miniatura. Su desigualdad, violencia, burocracia, abandono y coraje aparecen allí, despojados de adornos. Colombia enfrenta ahora una verdad dura: un Estado no puede pretender derrotar el crimen mientras administra cárceles que ayudan a reproducirlo. La primera reforma puede ser tan simple y tan radical como asegurar que cada persona tenga una cama.

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