AMÉRICAS

México se ahoga en basura mientras inicia la prueba de la economía circular

México genera cada día suficiente basura urbana para llenar diez veces el Estadio Azteca. Sin embargo, solo trata el cinco por ciento, advierte un diagnóstico de Semarnat, convirtiendo la basura en una prueba nacional de política climática, salud pública, desigualdad y modernización económica.

Un país medido por su basura

La basura de México ya no es solo un problema de saneamiento. Es un retrato del modelo de desarrollo del país, apilado diariamente en camiones, barrancas, basureros, ríos, playas, estaciones de transferencia, carritos informales y sitios de disposición final que, muy a menudo, solo son finales en el nombre.

Según el Diagnóstico Básico para la Gestión Integral de Residuos 2026, presentado por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), el país genera 139,902 toneladas de residuos sólidos urbanos cada día. Eso equivale, dijeron las autoridades, a llenar el Estadio Azteca 10 veces al día. La cifra se traduce en 1.076 kilogramos por persona al día, con base en una población de 129.96 millones y el total combinado de residuos domésticos y no domésticos.

La imagen es casi grotesca porque funciona. Diez estadios de basura cada día. No cada año. No cada mes. Cada día. Y solo el 5 por ciento de esos residuos recibe algún tratamiento. En comparación, el 72 por ciento carece de procesos de valorización que podrían recuperar valor de los materiales antes de que causen daño ambiental.

La secretaria de Semarnat, Alicia Bárcena, enmarcó el diagnóstico como algo más que un documento técnico. La gestión de residuos, dijo, ya no puede tratarse como un asunto aislado. Es central para la transformación y el desarrollo de México, reflejando cómo el país produce, consume y se organiza. Su frase importa porque mueve la discusión más allá de la limpieza municipal. La basura ahora es evidencia.

El diagnóstico muestra que el 40.15 por ciento de los residuos sólidos urbanos de México es orgánico. En comparación, el 36.26 por ciento consiste en materiales que podrían potencialmente ser reutilizados o recuperados. En otras palabras, más de tres cuartas partes de la pila diaria podrían desperdiciarse bajo el sistema actual. Los restos de comida podrían compostarse o usarse para energía. Plásticos, papel, metales, vidrio, textiles, llantas, electrónicos y otros flujos podrían reintegrarse a las cadenas productivas. En cambio, gran parte se envía a disposición final.

Aquí es donde el futuro económico de México se encuentra con su basura.

Alicia Bárcena en una conferencia de prensa en la Ciudad de México, México. Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales

La brecha de infraestructura es la crisis

El DBGIR 2026, elaborado por Semarnat con el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático, con apoyo de Open Society Foundations y cooperación técnica de la GIZ de Alemania, describe un sistema insuficiente, desigual y mal medido. México cuenta con 2,250 sitios de disposición final registrados, pero solo 52 operan como rellenos sanitarios que cumplen con los criterios requeridos de disposición final.

Ese número debería detener al país en seco. Significa que la gran mayoría de los sitios registrados no cumplen con el estándar esperado de un sistema moderno de residuos. Un sitio de disposición sin salvaguardas adecuadas puede contaminar el suelo, filtrarse al agua, producir metano, atraer plagas, poner en peligro a comunidades cercanas y convertirse en otro lugar donde la pobreza se ve obligada a convivir con la toxicidad.

La infraestructura es insuficiente en cada etapa. México tiene 132 estaciones de transferencia, 39 plantas de separación y solo 14 plantas de compostaje para manejar una montaña de residuos en crecimiento. Para un país de casi 130 millones de personas, con ciudades masivas, corredores turísticos, zonas industriales, puertos, regiones agrícolas y una economía de consumo en rápida transformación, eso no es un sistema circular. Es un sistema de recolección y disposición que lucha bajo el peso del consumo moderno.

El diagnóstico también señala la falta de información armonizada, trazabilidad y sistemas de registro. Puede sonar burocrático, pero es fundamental. Bárcena lo dijo claramente: no se puede cuidar lo que no se conoce, y no se puede conocer lo que no se mide. Sin datos confiables, los gobiernos no pueden planear infraestructura, los inversionistas no pueden identificar oportunidades viables y las comunidades no pueden exigir cuentas a las autoridades.

Las brechas son tanto regionales como técnicas. La infraestructura para residuos peligrosos se concentra en el norte y centro de México, lo que resulta en mayores costos, rutas de transporte más largas y mayores emisiones por el traslado de materiales peligrosos a grandes distancias. Ese mapa desigual refleja al país en general: desarrollo concentrado, cargas dispersas, gobiernos locales obligados a gestionar problemas que no crearon solos.

El sistema actual también difumina categorías. Muchos municipios aún gestionan los residuos mediante recolección y disposición sin distinguir claramente entre residuos sólidos urbanos y residuos de manejo especial. Los residuos domésticos y no domésticos, provenientes de hogares, industria, comercio, servicios y espacios públicos, a menudo pasan por sistemas de recolección mixtos. Algunos lugares separan orgánicos e inorgánicos, pero la imagen nacional sigue fragmentada.

Esa fragmentación tiene un costo político. La política de residuos se reparte entre responsabilidades federales, estatales y municipales, pero la débil coordinación ha limitado la aplicación y la planeación a largo plazo. En México, como en América Latina en general, la gobernanza ambiental suele colapsar justo donde comienza la vida cotidiana: el municipio.

El basurero Paso Texca en Acapulco, México. EFE/David Guzmán

Basura cero u oportunidad perdida

El argumento económico a favor de la circularidad ya no es romántico. México quiere fortalecer su papel en las cadenas de suministro de Norteamérica, atraer inversiones de nearshoring, reducir emisiones y modernizar la producción. Pero un país no puede reclamar plena modernización industrial mientras entierra materiales reutilizables y permite que metano, plásticos y residuos tóxicos escapen a comunidades y ecosistemas.

Una economía circular podría reducir la extracción de materias primas vírgenes, reincorporar materiales a los ciclos productivos y disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a una mala gestión de residuos. Podría crear nuevas industrias en torno a la separación, reciclaje, compostaje, reparación, logística, diseño y materias primas secundarias. Podría ayudar a que las empresas mexicanas cumplan con requisitos ambientales de compradores globales cada vez más preocupados por el carbono, la trazabilidad y los residuos.

Por eso importa la nueva Ley General de Economía Circular. El subsecretario José Luis Samaniego Leyva describió el modelo actual de residuos como insuficiente y en deterioro, llamando a la economía circular el "plan B" para los retos ambientales y productivos de México. Se espera que la ley fortalezca la responsabilidad extendida del productor y construya cadenas de valor sostenibles. Pero las leyes no separan la basura. Lo hacen las instituciones, los presupuestos, los trabajadores, los municipios, las empresas y los consumidores.

La cuestión social es igual de importante. Judith Dillanes, secretaria general del Movimiento Nacional de Recicladores, exigió reconocimiento para los recicladores de base, advirtiendo que "reciclaje sin recicladores es basura y recicladores sin derechos son desecho". Esa frase debería convertirse en principio de política. Los recicladores informales ya hacen parte del trabajo que el sistema formal no logra hacer. Una economía circular justa no puede borrarlos en nombre de la modernización. Debe proteger su trabajo, ingreso, salud y dignidad.

Para América Latina, el diagnóstico de México es un espejo regional. Las ciudades del continente crecen, el consumo aumenta, los riesgos climáticos empeoran y los gobiernos aún tratan demasiado a menudo los residuos como algo que esconder en la periferia. Pero ya no hay periferia. Los plásticos llegan a los océanos. Los lixiviados llegan al agua. El metano llega a la atmósfera. La quema llega a los pulmones. Los basureros llegan a la política.

México ahora habla de convertirse en una República Basura Cero. La frase es ambiciosa, quizá deliberadamente. Bárcena llamó a hacer las paces con ríos, barrancas y la naturaleza. Pero la paz requiere más que ceremonia. Requiere medir la pila, financiar el sistema, armonizar reglas, responsabilizar a los productores, construir plantas, proteger a los recicladores y enseñar a los hogares que la separación no es un adorno moral sino infraestructura nacional.

El estadio se llena diez veces al día. La decisión de México es si seguirá enterrando su futuro o empezará a extraerlo de la basura que ya genera.

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