ANÁLISIS

Argentina convierte la vigilancia con IA en el nuevo campo de batalla por la privacidad personal

El uso creciente de reconocimiento facial, drones y monitoreo de redes sociales en Argentina amenaza algo más que datos. Enseña a los ciudadanos que protestar, hacer periodismo o migrar puede activar una vigilancia invisible, convirtiendo la participación democrática en un cálculo de riesgo y la privacidad en una libertad pública.

El dron sobre la marcha

Ana Tapia sabe cómo se siente la vigilancia porque a veces flota a solo unos metros sobre su cabeza.

“Cuando caminas, de repente ves el dron en el aire sobre tu cabeza”, dijo Tapia en un testimonio para Amnistía Internacional citado por EFE. “¿Por qué tan cerca? ¿Por qué es tan invasivo?”

Un dron no necesita arrestar a nadie para cambiar comportamientos. Solo tiene que hacer que una jubilada se pregunte si su rostro fue almacenado, si sus acompañantes fueron mapeados o si la próxima manifestación tendrá un costo invisible.

Bajo el gobierno de Javier Milei, Argentina gastó 1,2 millones de dólares entre 2024 y 2025 en tecnologías de vigilancia, según Amnistía. Las compras incluyeron plataformas de monitoreo de redes sociales, sistemas de reconocimiento facial, drones, estaciones terrestres, cámaras térmicas y herramientas que transmiten imágenes en tiempo real. Algunas rastrean redes sociales, sitios web, la dark web y bases de datos públicas, reuniendo información a una escala que ningún equipo humano podría igualar.

Esa escala es el primer problema para la privacidad. La vigilancia tradicional estaba limitada por el trabajo humano y el olvido. La inteligencia artificial elimina esos frenos. Puede seguir a miles de personas, conectar un rostro con una ubicación, vincular una publicación con una protesta y convertir la rutina en un perfil buscable. Lo que antes requería sospecha ahora puede empezar con todos.

El consentimiento ofrece poca protección. Cualquiera que entre a una oficina, cruce una plaza o se sume a una marcha no puede negociar con una cámara. Un aviso no explica qué base de datos se consulta, cuánto tiempo se retendrá la información, quién puede recibirla o si un algoritmo está asignando un puntaje de riesgo. En la vida pública, la vigilancia suele presentarse como una condición, no una elección.

Foto de archivo del presidente argentino Javier Milei (C) en Buenos Aires, Argentina. EFE/Juan Ignacio Roncoroni

Cuando los datos se convierten en poder político

Amnistía basó su informe en 21 entrevistas con periodistas, activistas, jubilados, jóvenes y defensores de derechos humanos, además de documentos de compras y solicitudes de información. El hallazgo más alarmante fue de comportamiento. Algunos periodistas, activistas y migrantes dijeron que habían comenzado a autocensurarse o a reducir su presencia en manifestaciones por temor a ser identificados.

Así es como la vigilancia triunfa en silencio. No necesita arrestos masivos si las personas se silencian preventivamente. Traslada el control al interior del ciudadano.

Para Argentina, esto no es una preocupación abstracta. La vida política siempre ha ocupado la calle, desde marchas sindicales y movilizaciones por derechos humanos hasta protestas de jubilados y asambleas barriales. El espacio público es donde quienes no tienen estudios de televisión, influencia empresarial o acceso a ministros se hacen visibles. Vigilar esa visibilidad como una amenaza potencial inclina la política hacia quienes ejercen el poder en privado.

El segundo problema es la falsa certeza. Los sistemas de IA producen probabilidades, no verdades, pero los funcionarios pueden tratar una coincidencia o alerta como un hecho. Imágenes de mala calidad, ángulos de cámara, bases de datos desiguales y decisiones de diseño pueden generar errores. Una vez que alguien es etiquetado como sospechoso, los revisores pueden buscar confirmación en lugar de cuestionar a la máquina. El resultado puede ser interrogatorios, exclusión, investigación o una entrada en una base de datos cuya existencia la persona desconoce.

El tercer problema es el impacto desigual. La vigilancia se concentra donde las autoridades ya esperan desorden. Esos lugares generan más registros, lo que justifica más monitoreo. Migrantes, manifestantes y comunidades marginadas quedan sobrerrepresentadas en los datos, no necesariamente porque cometan más delitos, sino porque el Estado los vigila más de cerca.

Luego llega la expansión de funciones. Un sistema adquirido para monitorear delitos puede ser redirigido a reuniones políticas. Las imágenes faciales recolectadas para identificación pueden luego usarse para medir asistencia o mapear asociaciones. El análisis de redes sociales puede inferir intereses políticos, relaciones, preocupaciones de salud o problemas financieros, incluso cuando los ciudadanos nunca los revelaron. Una inferencia incorrecta igual puede influir en una decisión real.

Matt Mahmoudi, especialista en inteligencia artificial y derechos humanos de Amnistía, escribió que estas herramientas se han convertido en parte de una infraestructura de control estatal usada para atacar la disidencia, desalentar la protesta y hostigar a grupos marginados, según informó EFE. El peligro está en la palabra infraestructura. Los gobiernos cambian. Las bases de datos, cámaras y contratos permanecen.

EFE / Juan Ignacio Roncoroni

La privacidad es infraestructura democrática

Defender la privacidad no significa que la tecnología no tenga usos públicos legítimos. Un sistema dirigido de manera precisa puede ayudar a localizar a una persona desaparecida, proteger una instalación restringida o identificar un peligro inmediato. Pero el monitoreo masivo, continuo y secreto invierte la presunción democrática. En vez de investigar un riesgo específico, trata a la sociedad misma como un conjunto de datos a la espera de sospecha.

Argentina debería adoptar los límites que exige Amnistía: prohibir el reconocimiento biométrico remoto utilizado para vigilancia masiva discriminatoria y crear reglas vinculantes para la regulación, supervisión y rendición de cuentas. Cada programa debe tener un propósito legal definido, una prueba de necesidad, períodos estrictos de retención, controles de acceso seguros, auditorías independientes y un registro público de uso.

También se debe informar a las personas cuando un sistema automatizado influye en una decisión sobre ellas. Deben tener derecho a impugnar una coincidencia, corregir un registro y saber qué agencia o contratista es responsable. La “revisión humana” no significa nada si el revisor solo sigue el algoritmo.

A menudo se caricaturiza la privacidad como un escondite para el delito. En realidad, se parece más a un espacio para respirar. Permite a un periodista llamar a una fuente, a un migrante pedir ayuda, a una jubilada marchar y a un joven leer ideas impopulares sin ser clasificado en silencio.

La democracia más fuerte no es la que puede vigilar a todos. Es la que tiene suficiente confianza para dejar a los inocentes sin vigilancia. Argentina debería elegir esa confianza antes de que la vigilancia se vuelva tan común que los ciudadanos olviden cómo se sentía la libertad sin una cámara sobre sus cabezas.

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