Noboa de Ecuador pone a prueba la guerra contra el crimen entre urnas, fronteras y diésel
El primer año completo de Daniel Noboa expone el duro pacto de Ecuador: una guerra militarizada contra el crimen, una apuesta constitucional rechazada, protestas indígenas mortales y un choque arancelario con Colombia que convierte a una pequeña nación andina en advertencia regional para América Latina.
Una presidencia construida sobre la emergencia
El primer año de Daniel Noboa en su nuevo mandato se ha sentido menos como una presidencia asentándose en el poder que como un país aprendiendo a respirar dentro de una alarma permanente. El líder ecuatoriano, que asumió el cargo por primera vez en noviembre de 2023 para completar el mandato del conservador Guillermo Lasso y luego ganó la reelección en 2025 para un mandato completo de cuatro años, entró en esta etapa con impulso. Quería profundizar sus reformas. Quería convertir la victoria en autoridad. Quería demostrar que Ecuador, golpeado por la violencia y el cansancio institucional, podía ser gobernado con rapidez, disciplina y fuerza.
En cambio, su primer año se convirtió en una prueba de límites. La Corte Constitucional se resistió. Los votantes rechazaron su referéndum. Los manifestantes indígenas llenaron las carreteras tras la eliminación del subsidio al diésel. Colombia se volvió un enemigo comercial. Y la violencia criminal que justificaba su postura de mano dura siguió ardiendo en el país.
La contradicción es clara. Noboa ha construido su imagen alrededor de la “guerra” que declaró contra el crimen organizado, una guerra formalizada en 2024 cuando puso a Ecuador bajo “conflicto armado interno” y calificó a las bandas criminales como “terroristas”. Los grupos, vinculados principalmente al narcotráfico y la minería ilegal, son señalados por el gobierno como responsables de los niveles de homicidios que han llevado a Ecuador a la cima de los rankings de violencia en América Latina.
Sin embargo, a pesar de golpes importantes, incluyendo la captura de José Adolfo Macías Villamar, conocido como Fito, en Ecuador, y de Wilmer Chavarría, conocido como Pipo, en España, presuntos máximos líderes de Los Choneros y Los Lobos, las dos bandas criminales más grandes de Ecuador, 2025 terminó con un récord de unos 9,300 homicidios, según las notas y reportes atribuidos a EFE.
Esa cifra no solo pone en duda el éxito de la estrategia de seguridad. Plantea un problema regional más profundo. En toda América Latina, los gobiernos recurren cada vez más al lenguaje de guerra para enfrentar al crimen organizado. Pero el lenguaje bélico puede ganar elecciones más rápido de lo que reconstruye tribunales, cárceles, puertos, redes de inteligencia, disciplina policial, control fronterizo y confianza local. Ecuador está mostrando lo difícil que es convertir la emergencia en seguridad duradera.

Las urnas dijeron no
La derrota política más dura de Noboa no vino de un discurso opositor, sino de los votantes. En noviembre, los ecuatorianos rechazaron las cuatro preguntas del referéndum y consulta popular. Dijeron no a instalar una Asamblea Constituyente para redactar una nueva constitución, con un 61.81 por ciento en contra de la propuesta. Dijeron no a reducir el número de legisladores, con un 53.72 por ciento en contra. También rechazaron eliminar el financiamiento público a los partidos políticos, con un 58.31 por ciento votando en contra, y se negaron a restablecer bases militares extranjeras, con un 60.83 por ciento en contra.
La derrota del referéndum importa porque pinchó la idea de que el mandato de seguridad de Noboa era un cheque en blanco. Los ecuatorianos pueden querer orden. Pueden temer a las bandas. Pueden apoyar acciones firmes contra los grupos armados. Pero no le dieron permiso al presidente para reescribir la arquitectura constitucional ni para reabrir la puerta a bases extranjeras.
Esa es una distinción crucial para América Latina. La región conoce la seducción de los ejecutivos fuertes en tiempos de crisis. La violencia cansa a la gente. El miedo hace atractivos los atajos. El cambio constitucional puede venderse como eficiencia. La cooperación militar extranjera puede presentarse como realismo. Pero el referéndum mostró que incluso una sociedad asustada puede trazar límites en torno a la soberanía y el equilibrio institucional.
La propuesta fallida de bases extranjeras es especialmente significativa. Noboa ha reforzado su cercanía con el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos. Incluso con las bases extranjeras prohibidas, fuerzas estadounidenses y ecuatorianas han realizado operaciones militares conjuntas en territorio ecuatoriano contra lo que llaman objetivos “narcoterroristas”. Esa relación le da a Noboa respaldo internacional, equipamiento y músculo simbólico, pero también coloca a Ecuador dentro de un mapa hemisférico de seguridad más amplio, moldeado por las prioridades de Washington.
Para los estados latinoamericanos más pequeños, ese siempre es un pacto delicado. El apoyo de EE.UU. puede ayudar a enfrentar el crimen transnacional, pero también puede arrastrar la seguridad interna hacia la dependencia geopolítica. Los votantes ecuatorianos, al rechazar las bases extranjeras, parecieron decir que la cooperación tiene límites. El país puede necesitar ayuda, pero no quiere convertirse en la plataforma de otro.
Noboa también enfrenta ataques del correísmo, la principal fuerza opositora, que lo acusa, sin pruebas, de maniobrar para bloquear su participación en elecciones locales luego de que fiscales que investigan a Revolución Ciudadana, el movimiento liderado por el expresidente Rafael Correa, solicitaran una suspensión. La acusación puede no estar probada, pero el ambiente político es combustible. En Ecuador, las decisiones legales rara vez se leen como meramente legales. Se convierten en parte de una lucha más amplia sobre si las instituciones son árbitros o armas.

Una guerra fronteriza con costos
El episodio socialmente más doloroso del primer año de Noboa llegó tras la eliminación del subsidio al diésel. Las protestas indígenas, concentradas en la provincia de Imbabura, comenzaron el 22 de septiembre y duraron un mes. Dos manifestantes murieron y unas 300 personas resultaron heridas. Noboa rechazó todas las demandas indígenas. Los manifestantes atribuyeron su decisión a la presión del Fondo Monetario Internacional.
En abril, el FMI aprobó la quinta revisión del acuerdo de crédito de 5,000 millones de dólares de Ecuador, firmado en mayo de 2024 por un período de cuatro años. El Fondo destacó que el PIB real repuntó con fuerza en 2025 en medio de baja inflación y proyectó un crecimiento del 2.5 por ciento en 2026. Esas cifras importan. Pero América Latina ha aprendido a leer los elogios del FMI con cautela. La estabilidad macroeconómica puede verse limpia en un informe. Al mismo tiempo, sus costos sociales los asumen camioneros, agricultores, comunidades indígenas y familias de bajos ingresos que pagan más por combustible y transporte.
Las protestas por el diésel revelaron la vieja fractura entre ajuste fiscal y legitimidad territorial. Un subsidio puede ser ineficiente, costoso y dañino para el medio ambiente. Pero eliminarlo sin suficiente negociación política puede detonar agravios históricos en un país donde los movimientos indígenas han demostrado repetidamente que pueden paralizar la vida nacional. La negativa de Noboa a ceder puede reforzar su imagen de firmeza. También puede profundizar la sensación de que la reforma se impone desde arriba.
Luego vino Colombia. Desde febrero, Noboa ha impuesto aranceles de hasta el 100 por ciento a las importaciones colombianas para presionar al presidente Gustavo Petro a fortalecer la seguridad fronteriza. Colombia respondió con aranceles propios, aunque de menor nivel. No hay señales claras de que la disputa se resuelva pronto.
Esta guerra arancelaria es más que una disputa bilateral. Ecuador y Colombia comparten una frontera marcada por el comercio, la migración, los grupos armados, las rutas de contrabando y economías rurales que no respetan los discursos diplomáticos. Castigar las importaciones puede enviar un mensaje, pero también corre el riesgo de dañar a empresas, consumidores y comunidades cuyas vidas dependen del movimiento transfronterizo.
Para América Latina, el primer año de Noboa es una advertencia sobre la nueva política de la inseguridad. El crimen está empujando a los presidentes hacia la militarización, la presión comercial, las apuestas constitucionales y la alineación con EE.UU. Pero la seguridad sin legitimidad social puede volverse frágil. El crecimiento sin diálogo puede producir revuelta. La presión fronteriza sin cooperación puede convertir a los vecinos en adversarios.
Ecuador es pequeño comparado con Brasil o México, pero su crisis tiene significado continental. Muestra a una región intentando gobernar el miedo sin perder democracia, soberanía ni paz social. Noboa aún tiene tiempo. Pero su primer año sugiere que la fuerza puede adueñarse de la agenda, mientras el consentimiento sigue siendo mucho más difícil de ganar.
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