ECONOMÍA

El colapso del bolívar en Venezuela convierte al dólar en rey y obliga a los trabajadores a contar centavos

El bolívar venezolano vuelve a desplomarse, elevando los precios, reduciendo los salarios y empujando a las familias a una mayor dependencia del dólar, mientras los jubilados protestan en Caracas. El gobierno recurre a bonos que alivian el hambre hoy, pero debilitan los derechos laborales de millones de trabajadores mañana.

El precio habla primero

En Venezuela, el tipo de cambio no es una abstracción financiera. Es el número que se susurra antes de pagar la renta, el número que se consulta antes de comprar un saco de arroz, el número que convierte una pensión en pasaje de autobús. Para el viernes, último día hábil de mayo, el dólar oficial se ubicó en 549,37 bolívares, frente a los 301,37 de inicios de enero, según datos del Banco Central de Venezuela reportados por EFE. Eso significa que el dólar subió un 82,2 por ciento en cinco meses, mientras el bolívar perdió el 45 por ciento de su valor.

Las matemáticas son brutales porque son cotidianas. Solo en mayo, el dólar subió un 12,2 por ciento desde 489,55 bolívares, lo que se traduce en una devaluación del bolívar del 10,8 por ciento en apenas un mes. En 2025, la moneda ya se había devaluado un 82 por ciento, pasando de 52 bolívares por dólar a 298,14 bolívares por dólar. Un país puede llamar a esto un ajuste cambiario. Los hogares lo llaman cena menguante.

De enero a abril, Venezuela acumuló un 90 por ciento de inflación, reportó el BCV. Esa cifra no solo describe precios. Describe el tiempo. El trabajador que cobra el lunes tiene menos dinero el viernes. El jubilado que retrasa la compra de medicinas es castigado por esperar. El comerciante que vende en bolívares y repone inventario en dólares vive atrapado en una trampa aritmética.

Una barcaza petrolera en el Lago de Maracaibo, Venezuela. EFE/ Henry Chirinos

Los bonos no son salarios

La respuesta del gobierno ha sido pagar bonos complementarios en dólares estadounidenses. El 30 de abril, la vicepresidenta Delcy Rodríguez anunció un aumento a 240 dólares para los trabajadores y 70 dólares para los pensionados, informó EFE. En el papel, eso parece un alivio. En la práctica, los sindicatos vieron algo más frío: estos pagos no cuentan para vacaciones, aportes a la seguridad social ni otros beneficios laborales formales.

Esa distinción es el corazón de la historia. Un bono puede comprar comida. No puede reconstruir un contrato laboral. Puede calmar una quincena y vaciar una vida de derechos. Al mantener el salario mínimo oficial fijo en 130 bolívares desde 2022, el Estado preserva una base salarial casi simbólica. Al tipo de cambio del viernes, ese salario equivale a unos 24 centavos de dólar. Los pensionados reciben la misma cantidad base. El bono se convierte en el cuerpo. El salario, en un fantasma.

Frente al Ministerio de Educación y el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales en el centro de Caracas, más de 100 jubilados y pensionados protestaron el viernes, exigiendo lo que EFE describió como un “ingreso digno” suficiente para cubrir necesidades básicas. Hay algo dolorosamente latinoamericano en esa frase. No lujo. No abundancia. Dignidad. Lo suficiente para comer, movilizarse, pagar medicinas y evitar depender de un hijo en el extranjero o de un vecino con dólares.

Expertos citados por EFE advirtieron que la subida del dólar encarece bienes y servicios mientras erosiona los salarios pagados en bolívares, especialmente para trabajadores del sector público y algunos empleados privados. Esa advertencia subestima la fractura social. Venezuela no está simplemente dolarizada. Está dolarizada de manera desigual. Quienes ganan en dólares habitan un país. Quienes cobran en bolívares, otro. Se encuentran en la misma caja, pero se separan en la etiqueta del precio.

La presidenta en funciones de Venezuela, Delcy Rodríguez. EFE/Ronald Peña

Un problema de soberanía en dólares

Aquí es donde la crisis cambiaria de Venezuela se vuelve geopolítica. La debilidad del bolívar no es solo un fracaso económico interno. Es una transferencia silenciosa de autoridad. Cuando el dólar se convierte en la principal referencia de precios, la soberanía monetaria se traslada de Caracas a un sistema global que Venezuela no controla. La Reserva Federal de EE.UU. no diseña políticas para los pensionados venezolanos, pero su moneda organiza cada vez más sus vidas.

Para América Latina, esto importa porque Venezuela ha sido durante mucho tiempo más que un país en crisis. Es un símbolo, una advertencia, un arma partidista, un motor migratorio, un Estado petrolero con instituciones rotas y gravedad regional. Cada nuevo salto cambiario endurece los argumentos en ambos lados de la división ideológica del continente. La derecha señala a Caracas y dice que la redistribución sin disciplina termina en cenizas. La izquierda responde que las sanciones, la dependencia petrolera y el aislamiento financiero pueden asfixiar cualquier economía. Los venezolanos comunes cargan ambos eslóganes en bolsas plásticas de mercado.

El colapso también presiona a los vecinos. Un trabajador cuyo salario vale centavos tiene razones para irse. Una familia con un pariente en el extranjero depende más de las remesas. Las economías fronterizas absorben comercio informal, mano de obra barata y arbitraje cambiario. Gobiernos desde los Andes hasta el Caribe deben leer la inflación venezolana no como una hoja de cálculo lejana, sino como un sistema meteorológico regional.

La amarga ironía es histórica. El bolívar lleva el nombre de Simón Bolívar, el libertador cuyo sueño era la soberanía continental. Hoy, los venezolanos suelen confiar más en el dólar que en la moneda que lleva su nombre. Eso no es solo economía. Es una fractura cultural, de las que América Latina conoce bien, donde los mitos nacionales siguen siendo grandiosos mientras la vida diaria se negocia en moneda extranjera.

Las cifras de mayo indican que la crisis sigue avanzando. Tal vez no explota de golpe, pero avanza implacable sobre sueldos, pensiones y la legitimidad del Estado. Los bonos pueden evitar el colapso inmediato de algunos hogares. Pero también revelan el dilema más profundo del gobierno: no puede restaurar la confianza en el bolívar, no puede abandonarlo del todo y no puede pedir a los trabajadores que crean en un salario que vale menos de un cuarto de dólar. Así, Venezuela vive entre dos monedas y dos verdades. El Estado imprime una. La otra, la gente la cree.

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