CIENCIA Y TECNOLOGÍA

México convierte el veneno de escorpión y el picante del habanero en armas contra superbacterias mortales

Científicos mexicanos están transformando el veneno de escorpión y los péptidos del habanero en antibióticos experimentales, una búsqueda de laboratorio con tintes de novela negra mientras la tuberculosis, las infecciones hospitalarias y las bacterias resistentes exponen cómo América Latina debe combatir asesinos demasiado pequeños para verlos antes de que se propaguen.

Un asesino oculto en la sala

El sospechoso es antiguo, paciente y casi invisible. Se mueve por pulmones, heridas, habitaciones de hospital y cuerpos debilitados. No necesita un arma, una carretera de cártel ni un callejón oscuro. Solo necesita tiempo, demora y un botiquín que ya no funciona.

En México, científicos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han identificado nuevas rutas para combatir la tuberculosis y reducir la resistencia bacteriana a través de tres antibióticos experimentales derivados del veneno de escorpión y del chile habanero. Wired reportó los hallazgos, que colocan a la biotecnología mexicana en una de las escenas del crimen global más urgentes de la medicina moderna: el auge de bacterias que sobreviven a los medicamentos diseñados para eliminarlas.

El equipo liderado por Lourival Domingos Possani Postay, del Instituto de Biotecnología de la UNAM en Morelos, desarrolló dos compuestos que mostraron actividad contra Mycobacterium tuberculosis, la bacteria que causa la tuberculosis, y Staphylococcus aureus. Este microorganismo asociado a hospitales puede causar infecciones en la piel, neumonía, meningitis, septicemia y endocarditis.

Esos nombres pueden sonar clínicos, pero pertenecen a una lista sombría. La tuberculosis es uno de los viejos asesinos de la humanidad. Staphylococcus aureus es el tipo de oportunista que puede convertir una estancia hospitalaria rutinaria en una lucha por la vida. Acinetobacter baumannii, otra bacteria que luego fue atacada por la misma molécula azul, es famosa por su resistencia al tratamiento y por causar infecciones en la sangre, vías urinarias, pulmones y heridas, especialmente en hospitales.

La extraña fuente del descubrimiento le da a la historia su pulso latinoamericano. Los compuestos provinieron del veneno del Diplocentrus melici, un escorpión nativo de Veracruz. De esa toxina, los científicos aislaron dos moléculas incoloras, benzoquinonas. Al exponerse al aire, se oxidan y cambian de color. Una se vuelve azul. La otra, roja.

Suena casi folclórico: una criatura de la tierra que ofrece una pista azul y roja contra asesinos invisibles. Pero el cambio de color permitió a los investigadores determinar la estructura química de las moléculas, sintetizarlas en el laboratorio y probar sus propiedades biológicas.

Escorpión Diplocentrus melici. UNAM

El veneno se convierte en evidencia

Según el reportaje de Wired, la benzoquinona azul mostró actividad contra la bacteria que causa la tuberculosis, mientras que la roja resultó efectiva contra Staphylococcus aureus. Richard Zare, profesor de química en la Universidad de Stanford y reconocido experto en química física, participó en el trabajo, fortaleciendo la validación de los hallazgos.

El proyecto también involucró a Rogelio Hernández Pando, del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán de México, quien evaluó la benzoquinona azul en un modelo de ratón con tuberculosis inducida. Tras las pruebas, concluyó que la molécula es altamente efectiva como antibiótico contra la enfermedad.

La misma sustancia demostró después la capacidad de eliminar Acinetobacter baumannii. Ese detalle importa porque la resistencia a los antimicrobianos no es una amenaza futura en América Latina. Ya está aquí, especialmente en hospitales donde el hacinamiento, el acceso desigual a diagnósticos, el débil control de infecciones y sistemas de salud desiguales dan espacio a los patógenos resistentes para evolucionar.

Las moléculas derivadas del escorpión ya han sido patentadas en México y Sudáfrica. El siguiente reto es la administración. Los investigadores trabajan en nanopartículas que puedan estabilizar y proteger los compuestos, permitiendo administrarlos de forma segura en el cuerpo. Possani Postay dijo a Wired que el próximo paso son los ensayos clínicos. Sin embargo, reconoció el alto costo y expresó interés en colaborar con una farmacéutica mexicana para llevar los compuestos a una producción a gran escala.

Ahí es donde la ciencia se cruza con la política. El descubrimiento no es suficiente. América Latina tiene muchos laboratorios brillantes y demasiados puentes frágiles entre la invención, el financiamiento, la regulación, la manufactura y el acceso público. Una molécula puede ser prometedora en el laboratorio y aun así morir en el valle entre la patente y el paciente.

La oportunidad de México también es su prueba. Si la ciencia nacional produce un arma potencial contra bacterias resistentes, ¿el país construirá el camino industrial y clínico para desarrollarla? ¿O el hallazgo se convertirá en otro avance admirado que espera capital extranjero, validación extranjera o producción extranjera?

Chile habanero. Wikimedia Commons

Del picante de la salsa al poder regional

La segunda línea de investigación es casi tan mexicana como la ciencia puede ser: el chile habanero. Otro grupo del Instituto de Biotecnología de la UNAM identificó un péptido en Capsicum chinense que puede combatir bacterias oportunistas capaces de causar infecciones graves, especialmente en personas con sistemas inmunológicos debilitados.

El proyecto, liderado por Gerardo Corzo Burguete y Georgina Estrada Tapia del Centro de Investigación Científica de Yucatán, se enfocó en Pseudomonas aeruginosa, que la Organización Mundial de la Salud considera un patógeno de alta prioridad debido a su resistencia a los antibióticos convencionales. Los investigadores identificaron un péptido, defensina J1-1, en el habanero y desarrollaron un proceso biotecnológico para producir un fármaco, XisHar J1-1, que mostró actividad contra Pseudomonas aeruginosa y potencial actividad antifúngica.

El procedimiento consistió en modificar genéticamente una bacteria para que produjera la defensina J1-1. El microorganismo modificado se cultivó mediante fermentación sumergida, una técnica industrial que puede generar compuestos a gran escala. El péptido fue extraído y purificado para su uso como antibiótico.

Estrada Tapia, citada por Wired, advirtió que el estudio tiene limitaciones porque el equipo no utilizó una cepa resistente derivada de un paciente, sino una cepa de laboratorio. Aun así, la defensina y sus variantes sintéticas han mostrado eficacia y ya cuentan con una patente en México. La siguiente fase sería probar las moléculas contra cepas resistentes tomadas de pacientes.

Esa salvedad es importante. Mantiene la historia honesta. Esto aún no es una cura milagrosa, y América Latina ha sufrido bastante con promesas milagrosas. Es un camino prometedor, no un arma terminada.

Aun así, el simbolismo es poderoso. México no solo está importando soluciones del norte biomédico. Está mirando su propia biodiversidad, su propio veneno, su propio chile, sus propios ecosistemas y preguntando qué medicina puede estar oculta allí. Eso importa para una región que a menudo es tratada como proveedora de materia prima más que como productora de conocimiento de alto valor.

Iván Arenas Sosa, parte del grupo, dijo a Wired que las bacterias resistentes han aumentado en los últimos años y seguirán representando un problema, por lo que es esencial apoyar proyectos para descubrir nuevas moléculas y desarrollar tratamientos innovadores contra la resistencia antimicrobiana.

Para México y la región, la lección más profunda es que la soberanía en salud ya no se trata solo de hospitales y vacunas. Se trata de patentes, laboratorios, biodiversidad, inversión pública y la capacidad de convertir el conocimiento local en medicina accesible. Si América Latina no puede producir sus propias herramientas contra patógenos resistentes, enfrentará las infecciones del mañana con la dependencia de ayer.

El asesino en esta historia es microscópico. Pero la escena del crimen es enorme. Se extiende desde un escorpión de Veracruz hasta un habanero de Yucatán, de un laboratorio de la UNAM a una cama de hospital, de patentes nacionales a la carrera global contra las superbacterias. México ha encontrado pistas en el veneno y el fuego. Ahora debe demostrar que puede convertirlas en justicia para los vivos.

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