ANÁLISIS

La furia electoral en Perú convierte las denuncias de fraude en una escena del crimen democrático

Las acusaciones de fraude de Rafael López Aliaga han llevado la disputa electoral en Perú a un terreno más oscuro, donde la ira contra las autoridades electorales, el miedo al comunismo y la frágil confianza en las instituciones ahora amenazan con manchar una segunda vuelta antes de que los votantes siquiera lleguen a ella.

El perdedor que lo llamó golpe

En Perú, la escena del crimen no es un callejón oscuro. Es el conteo de votos.

Rafael López Aliaga, el candidato presidencial de ultraderecha que quedó fuera de la segunda vuelta por unos 23,000 votos, se plantó frente a la sede del Jurado Nacional de Elecciones en Lima y acusó a su presidente, Roberto Burneo, de llevar a cabo un “golpe electoral”. Lo dijo con la furia de quien no solo cree haber perdido una elección, sino que le arrebataron la elección.

La acusación es explosiva porque carece de pruebas. López Aliaga afirma que los retrasos en la apertura de mesas en Lima, causados por la falta de material electoral, fueron deliberados y le costaron cientos de miles de votos en su principal bastión electoral. Ha reiterado que la elección del 12 de abril fue fraudulenta y ha exigido la anulación de los resultados, elecciones complementarias en Lima y una auditoría internacional del proceso.

Sin embargo, los números hasta ahora cuentan otra historia. Con el 98.4 por ciento de los votos contabilizados, la candidata de derecha Keiko Fujimori lidera con el 17.14 por ciento de los votos válidos, seguida por el izquierdista Roberto Sánchez con el 12.04 por ciento. López Aliaga está tercero con el 11.89 por ciento, lo suficientemente cerca para ganar, pero no lo suficiente, según el conteo, para entrar al balotaje.

Esa derrota tan ajustada es la gasolina. Perú ha vivido elecciones disputadas antes, y el país sabe cuán rápido la sospecha puede convertirse en una segunda campaña. Pero este momento se siente especialmente volátil porque López Aliaga no solo desafía los procedimientos, sino también los propios cimientos del sistema. Está cuestionando la legitimidad misma.

“Burneo ha dado un golpe electoral”, declaró, acusando al jefe electoral de entregar el Perú al “comunismo internacional”. Más tarde, advirtió que Burneo sería responsable si Perú regresaba a la órbita comunista, y dijo que su vida “no será tan fácil”. La frase pesa. En un país con una larga historia de violencia política, insurgencia, represión estatal y presidencias inestables, las amenazas contra funcionarios electorales nunca son solo ruido retórico.

Rafael López Aliaga habla en una manifestación contra el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) en Lima, Perú. EFE/Paolo Aguilar.

El discurso del fraude como arma política

La marcha convocada por López Aliaga llevaba el lema “No es solo un voto, es tu futuro, y no es negociable”. Fue diseñada para sonar cívica, incluso protectora. Pero fuera de la autoridad electoral, el lenguaje se volvió más duro. Llamó al JNE un jurado del fraude, se refirió a los funcionarios como “gente basura” y describió a la Oficina Nacional de Procesos Electorales como una mafia corrupta.

Los simpatizantes gritaban “no al fraude” y “no al comunismo”. Aplaudieron cuando López Aliaga dijo que no reconocerían la segunda vuelta ni su resultado, calificando de ilegítimo a cualquier futuro gobierno.

Esa es la línea más peligrosa de la historia. Alegar irregularidades es una cosa. Los sistemas democráticos necesitan denuncias, revisión, auditorías y presión. Pero declarar de antemano que no se reconocerá la siguiente ronda corre el riesgo de convertir una disputa procedimental en una crisis de legitimidad. Invita a los simpatizantes a ver el sistema no como defectuoso, sino como capturado. Transforma la derrota en prueba de conspiración.

Las instituciones peruanas ya son lo suficientemente frágiles. El país ha cambiado de presidentes a un ritmo brutal. El Congreso es profundamente desconfiado. Los partidos suelen funcionar como vehículos electorales más que como organizaciones democráticas estables. Muchos peruanos sienten que la política es un cuarto cerrado donde las élites se reparten el poder mientras la gente común hereda inseguridad, aumento de precios y servicios públicos que fallan en los márgenes.

En ese ambiente, las denuncias de fraude no necesitan pruebas para circular. Necesitan rabia. Necesitan un margen estrecho. Necesitan un villano. López Aliaga ya ha nombrado a los suyos: Burneo, el JNE, la ONPE y, de manera indirecta, Keiko Fujimori, a quien acusó de fingir no ver lo que él llama fraude porque se beneficia al entrar al balotaje.

También afirma que 1.5 millones de peruanos fueron impedidos de votar, tanto dentro como fuera del país, debido a irregularidades. Pero un informe de observación de la asociación civil Transparencia determinó que los retrasos no alterarían el resultado final. Ese hallazgo es crucial. No significa que todo fallo logístico fuera inocuo. Significa que el salto del desorden a la elección robada sigue sin estar respaldado por las pruebas presentadas en los informes.

Simpatizantes de Rafael López Aliaga en una manifestación en Lima, Perú. EFE/Paolo Aguilar.

Una región que observa el desgaste democrático

Para Perú, esta disputa es más que la derrota de un candidato. Se trata de si el país aún puede procesar la derrota sin tratar al árbitro como un criminal. Toda democracia depende de un difícil ritual cívico: los perdedores deben poder protestar, pero también aceptar finalmente los resultados verificados. Cuando ese ritual se rompe, las elecciones dejan de funcionar como válvulas de escape y se convierten en detonadores.

Las implicancias regionales son claras. América Latina vive una época de baja confianza, alta polarización y acusaciones virales. Los organismos electorales, antes aburridos por diseño, se han convertido en blancos. Los candidatos que pierden por poco pueden ahora construir movimientos enteros en torno a la idea de que el sistema mismo les robó el futuro. El guion ya se ha visto en otras partes de América. Ahora Perú corre el riesgo de representar su propia versión.

El miedo al “comunismo” también tiene un peso particular en Perú. No es solo un discurso de campaña. Toca la memoria del conflicto armado interno, el trauma de la violencia de Sendero Luminoso, el temor al colapso estatal y la persistente división entre Lima y el resto del país. Cuando López Aliaga presenta a Sánchez como una amenaza comunista y a la autoridad electoral como cómplice, está activando un nervio nacional profundo.

Pero hay otro peligro. Si cada avance de la izquierda se describe como un complot criminal y cada desacuerdo institucional como traición, la política se vuelve imposible. Los adversarios dejan de ser rivales y se convierten en enemigos. Los funcionarios electorales dejan de ser administradores y pasan a ser sospechosos. El voto deja de ser un mecanismo cívico y se convierte en evidencia de un juicio permanente.

Por eso este momento se siente como un crimen real sin cadáver. El misterio no es quién mató a alguien, sino si la confianza pública puede sobrevivir a otra herida. Los sospechosos, según a quién se pregunte, son los funcionarios electorales, las élites partidarias, los comunistas, los oportunistas o la larga decadencia del propio sistema político peruano. La víctima podría ser la legitimidad misma.

El próximo gobierno, sea encabezado por Fujimori o Sánchez, podría comenzar bajo una nube si los seguidores de López Aliaga rechazan la segunda vuelta antes de que ocurra. Eso debilitaría la autoridad desde el primer día, profundizaría la tensión en las calles y haría aún más difícil estabilizar Perú. En una región donde la inestabilidad se transmite por los mercados, la migración, la cooperación en seguridad y las alianzas ideológicas, la crisis peruana no se quedará dentro de sus fronteras.

Por ahora, el conteo apunta en una dirección y la acusación en otra. Entre ambas está un país agotado por promesas rotas, desconfiado del poder y vulnerable ante cualquiera que pueda convertir la decepción en conspiración. La elección en Perú no es solo elegir presidente. Es una prueba de si la democracia aún puede cerrar una herida sin abrir otra.

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