DEPORTES

El trono de tripletes de Batistuta enfrenta a los cazadores del Mundial 2026

Mientras el Mundial 2026 se inaugura en Estados Unidos, México y Canadá, el raro récord de Gabriel Batistuta enfrenta su persecución más feroz hasta la fecha, exponiendo cómo la memoria futbolística, los formatos ampliados y el orgullo latinoamericano chocan en el teatro global del fútbol moderno.

Batigol sigue mandando

Algunos récords quedan en los archivos. Otros se sientan a la mesa, con los codos afuera, negándose a moverse.

La distinción mundialista de Gabriel Batistuta pertenece a la segunda categoría. Según un informe de EFE, el delantero argentino sigue siendo el único jugador que ha marcado tripletes en dos ediciones diferentes de la Copa Mundial de la FIFA, un pedazo de historia futbolística que ha sobrevivido tres décadas de revoluciones tácticas, generaciones doradas, revisión por video, ciencia deportiva y la expansión industrial del juego global.

Todo comenzó el 21 de junio de 1994, en Boston, cuando Argentina enfrentó a Grecia y Batistuta destrozó el partido con la violencia limpia de un hombre que parecía nacido para terminar discusiones. Cuatro años después, en la misma fecha, el 21 de junio de 1998, lo hizo de nuevo contra Jamaica en París. Otro Mundial. El mismo castigo. El mismo nombre.

Ese doblete hizo que “Batigol” fuera más que un apodo. Se convirtió en un certificado de precisión, del tipo que el fútbol latinoamericano adora porque lleva tanto belleza como brutalidad. Batistuta no era el regateador que mareaba defensores por deporte. Era el delantero que hacía que los arqueros parecieran abandonados. Había algo casi rural en su contundencia, algo forjado en pasto, polvo, carne, orgullo y trueno.

Ahora, mientras la pelota comienza a rodar en el torneo de 2026 en Norteamérica, cuatro delanteros de élite llegan con un triplete mundialista ya en sus registros y la oportunidad de sentarse a su lado: Harry Kane de Inglaterra, Gonçalo Ramos de Portugal, Kylian Mbappé de Francia y Cristiano Ronaldo de Portugal. Un triplete más de cualquiera de ellos igualaría la marca de Batistuta.

La persecución no es solo estadística. Es generacional. Pregunta si un viejo monumento sudamericano puede resistir la nueva economía del fútbol, donde los atacantes son optimizados, los torneos se expanden y los récords que antes parecían míticos de repente parecen programados para ser demolidos.

El alemán Gerd Müller celebra una victoria sobre Países Bajos en el Mundial de 1974. EFE

El formato abre la puerta

El Mundial 2026 cambia el clima alrededor del récord. Con 48 naciones y una nueva ronda de 32, habrá más partidos, más desajustes, más drama de eliminación directa, más caos en los finales y más oportunidades para que un delantero de élite convierta una defensa vulnerable en una nota al pie de la historia.

Eso no abarata la persecución, exactamente. Pero sí cambia sus condiciones.

La hazaña de Batistuta llegó en el denso viejo mundo de los Mundiales, cuando el torneo tenía menos equipos y menos margen para la inflación estadística. El promedio de tripletes por Mundial apenas supera los dos, señaló EFE, lo que hace que cada uno se sienta como una bengala contra la resistencia natural del fútbol. La excepción fue Suiza 1954, un torneo salvaje y abierto que produjo ocho tripletes en solo 26 partidos. En el otro extremo está Alemania 2006, el torneo del orden táctico y las pizarras conservadoras, la única edición moderna sin un solo partido de tres goles.

Ese rango cuenta la verdadera historia. Los tripletes no son solo cuestión de goleadores. Son cuestión de épocas.

Kocsis y Just Fontaine marcaron dos tripletes cada uno en un solo torneo, en 1954 y 1958. Gerd Müller se sumó a ese club en México 1970. Eran torneos de espacios más abiertos, hábitos defensivos diferentes y delanteros que vivían más cerca del área que de un mapa de calor. Los grandes atacantes de hoy son más rápidos, más fuertes y mejor preparados. Aun así, enfrentan equipos que pasan meses estudiando sus ángulos corporales y sus disparadores de presión.

Aun así, 2026 podría inclinar el campo de nuevo hacia la abundancia. El formato ampliado crea más puertas de entrada para la historia. Un favorito sorteado contra un debutante. Un penal tardío cuando la defensa ya está rota. Un partido de eliminación directa que se abre porque nadie puede esconderse detrás de un empate. Así caen los récords ahora, no siempre por romanticismo, a veces por estructura.

Mbappé es quien lleva la posibilidad más afilada. Si el delantero del Real Madrid marca tres goles contra Senegal en el debut de Francia, no solo igualaría el logro de Batistuta de dos tripletes en Mundiales distintos. También igualaría a Sándor Kocsis y Gerd Müller como uno de los pocos jugadores en marcar tripletes en partidos consecutivos de la Copa del Mundo. Ese es el tipo de frase que convierte un partido de fase de grupos en una sala de museo antes del pitazo inicial.

La persecución de Cristiano Ronaldo es distinta, más pesada por la edad y el teatro. La de Kane es inglesa, cargada por la costumbre nacional de convertir la esperanza en clima nacional. Ramos sigue siendo el cuchillo sorpresa, ya capaz de explotar en una noche mundialista. Cada uno trae una amenaza diferente a la soledad de Batistuta.

Gabriel Batistuta. EFE/Nahuel Roark

Latinoamérica cuida a sus fantasmas

Para Argentina, y para Latinoamérica en general, el récord de Batistuta no es solo propiedad argentina. Pertenece a una creencia continental más antigua: que la grandeza futbolística puede venir de la periferia y obligar al centro a memorizar su nombre.

Latinoamérica siempre ha entendido los récords de otra manera. En Europa, suelen catalogarse como logros. En Latinoamérica, se convierten en herencia. Los repiten padres, tíos, taxistas, barberos, locutores de radio y viejos que se apoyan en los kioscos y aún recuerdan dónde estaban cuando la pelota tocó la red. Una estadística se vuelve mueble de familia.

Por eso el récord de Batistuta sigue importando en un deporte ahora dominado por marcas de clubes, derechos de streaming, dinero del Golfo, superagentes y merchandising global. Representa una época en la que el Mundial era el gran igualador, cuando un jugador de Reconquista podía convertirse en un hecho planetario sin necesidad de ser primero una plataforma de estilo de vida.

Pero Latinoamérica también debe leer la amenaza con honestidad. La memoria futbolística de la región es inmensa, pero la memoria sola no defiende la influencia. Europa posee gran parte de la infraestructura. El torneo ampliado está moldeado por los mercados globales. El próximo récord puede ser roto por una superestrella cuya carrera de club, portafolio de patrocinios y alcance digital superan todo lo que la generación de Batistuta pudo imaginar.

Y aun así, el logro del argentino tiene una pureza terca. Dos Mundiales. Misma fecha. Tres goles cada vez. Grecia en Boston. Jamaica en París. La repetición se siente casi literaria, como si el calendario mismo hubiera acordado marcarlo.

Si Mbappé, Kane, Ramos o Ronaldo lo igualan, el récord no morirá. Se convertirá en una conversación. Batistuta ya no estará solo, pero seguirá siendo el primer hombre en la mesa, el que llegó antes de que el torneo creciera, antes de que el fútbol se volviera tan medido, antes de que cada definición se convirtiera al instante en contenido.

Esa es la belleza de esta persecución. No es un funeral para un récord argentino. Es un recordatorio de que los fantasmas futboleros de Latinoamérica todavía hacen correr más fuerte a los vivos.

El Mundial comienza de nuevo. En algún lugar, los nuevos cazadores están calzándose los botines. La silla de Batigol sigue caliente.

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