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Colombia enfrenta la mutilación genital femenina con ley y paciencia moral

La nueva ley sobre mutilación genital femenina en Colombia aborda una crisis oculta que afecta a niñas indígenas, eligiendo la prevención sobre el castigo y obligando a América Latina a enfrentar una verdad difícil: proteger a la infancia a veces significa confrontar tradiciones dañinas sin humillar a las comunidades que las practican.

Una ley que llega tarde, pero con cuidado

La votación llegó casi al final del calendario legislativo, ese tipo de momento político en el que proyectos importantes pueden desaparecer sin escándalo, tragados por la burocracia, el cansancio y el viejo arte latinoamericano de postergar. Esta vez, Colombia no dejó que se esfumara.

Según un reporte de EFE, el Congreso de Colombia aprobó el miércoles una ley para prevenir, atender y erradicar la mutilación genital femenina, una práctica que sigue afectando principalmente a niñas indígenas y cuya prohibición había sido exigida durante años por organizaciones de derechos humanos y lideresas comunitarias. La iniciativa superó su último debate en el Senado apenas días antes del cierre de la legislatura, evitando así tener que empezar de nuevo en un futuro Congreso.

Ese momento importa. En política, la demora rara vez es neutral. Para una niña en riesgo, un año más de debate no es una abstracción. Es un cuerpo. Una infancia. Un embarazo futuro. Una herida que tal vez nunca cierre del todo.

La mutilación genital femenina se refiere a procedimientos que implican la extirpación parcial o total de los genitales externos femeninos u otras lesiones a los órganos genitales femeninos por razones no médicas. Organizaciones internacionales la consideran una grave violación de los derechos de niñas y mujeres. UNICEF, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y otros organismos han advertido que la práctica puede causar hemorragias, infecciones, dolor severo, complicaciones obstétricas y daños psicológicos a largo plazo, incluyendo depresión, ansiedad y estrés postraumático.

La ley colombiana es histórica porque es específica. EFE informó que el país se ha convertido en el primero de América Latina en aprobar una legislación dedicada a la mutilación genital femenina. Equality Now señala que expertos e instituciones han documentado la práctica en al menos 94 países. Al mismo tiempo, solo 59 cuentan con marcos legales específicos para abordarla.

Pero la ley colombiana también importa por lo que no hace. No crea nuevos delitos. No construye su estrategia en torno al castigo. En cambio, se enfoca en la prevención, la sensibilización, la atención integral a sobrevivientes, la coordinación institucional y el trabajo con las comunidades para fomentar el abandono de la práctica.

Esa elección no es una debilidad. Es inteligencia política.

Fotografía de archivo del Congreso de Colombia en Bogotá, Colombia. EFE/Carlos Ortega

Las cifras llevan nombres de niñas

La cifra es lo suficientemente pequeña para ser ignorada por un Estado indiferente y lo bastante grande para avergonzar a uno serio. Las organizaciones que apoyaron la ley citaron 204 casos documentados de mutilación genital femenina en Colombia entre 2020 y 2025. De esos, 177 involucraron a niñas indígenas, especialmente en los departamentos occidentales de Risaralda y Chocó.

Doscientos cuatro casos en cinco años pueden parecer modestos frente a las grandes emergencias públicas de América Latina: homicidio, migración, hambre, corrupción, desastre climático, feminicidio. Pero la mutilación genital femenina habita la cámara más silenciosa de la violencia. Sucede cerca del hogar. Puede ser defendida como costumbre. Puede ocultarse bajo la autoridad familiar, explicaciones espirituales, miedo, desinformación y silencio.

Por eso precisamente era necesaria la ley.

Algunas poblaciones indígenas en Colombia han practicado la mutilación genital femenina como parte de sistemas de creencias heredados, a menudo ligados a ideas sobre el control de la sexualidad, la pureza, la salud, la pertenencia social o la preparación para la vida adulta. Decir esto claramente no es condenar a los pueblos indígenas en su conjunto. Eso sería perezoso e injusto. Las comunidades indígenas en América Latina han sobrevivido a la conquista, el despojo de tierras, la violencia misionera, el racismo, el terror paramilitar, el abandono estatal y el insulto permanente de ser tratadas como obstáculos al progreso en sus propios territorios.

Pero sobrevivir no hace que toda práctica sea defendible. La cultura no es una vitrina de museo. Está viva, y porque está viva, puede cambiar.

Esa es la línea moral que intenta recorrer la ley colombiana. Debe proteger a las niñas sin convertir a sus comunidades en enemigas. Debe escuchar a las lideresas indígenas que han combatido esta práctica desde adentro, a veces con riesgo personal, mientras resiste el reflejo colonial que imagina a Bogotá o a los organismos internacionales como los únicos adultos morales en la sala.

Leandra Becerra, abogada de Equality Now para América Latina y el Caribe, había advertido en una entrevista con EFE que rechazar el proyecto enviaría un mensaje negativo a las comunidades indígenas y lideresas que han impulsado estrategias para erradicar la mutilación genital femenina en sus territorios. Esa advertencia va al corazón del asunto. La ley no es solo un mensaje al país. Es una señal para las reformadoras locales de que no están solas.

Esas reformadoras importan porque el cambio impuesto desde fuera suele convertirse en resentimiento o secreto. El cambio construido con las comunidades tiene más posibilidades de llegar al lugar donde realmente se decide sobre el cuerpo de una niña.

Fotografía de archivo del Congreso de Colombia en Bogotá, Colombia. EFE/Carlos Ortega

América Latina enfrenta su punto ciego

Para América Latina, la ley colombiana abre una puerta incómoda. La región suele hablar de los derechos de las mujeres a través de las batallas visibles: acceso al aborto, feminicidio, violencia doméstica, representación política e igualdad salarial. Esas luchas siguen siendo urgentes. Pero la mutilación genital femenina obliga a una conversación diferente, una que se sitúa en la intersección de género, etnicidad, infancia, autonomía corporal y la compleja relación del Estado con la soberanía indígena.

Las repúblicas latinoamericanas tienen el mal hábito de notar a las comunidades indígenas solo cuando hay tierras, votos, turismo, minería o vergüenza de por medio. Alaban la sabiduría ancestral en los discursos, pero no proveen clínicas, escuelas, traductores, caminos, jueces ni protección frente a grupos armados ilegales. En ese vacío, las prácticas dañinas pueden persistir no porque las comunidades sean atrasadas, sino porque el aislamiento lo protege todo, incluso el dolor.

El enfoque colombiano sugiere un mejor modelo. La ley debe estar presente, pero no ser arrogante. La salud pública debe ser culturalmente informada, pero no moralmente tímida. La autonomía indígena debe ser respetada, pero no puede usarse para justificar daños irreversibles a niñas que no pueden consentir.

Las cifras de 2020 a 2025 también plantean una pregunta más difícil: ¿cuántos casos nunca se documentaron? Territorios remotos, barreras idiomáticas, desconfianza en las instituciones y miedo a la estigmatización pueden suprimir las denuncias. En ese sentido, 204 casos pueden ser menos un conteo final que el haz de una linterna en una habitación mucho más grande y oscura.

La ley ahora pasa a sanción presidencial para volverse exigible. Una vez firmada, su éxito dependerá de presupuestos, personal de salud capacitado, mediadores comunitarios de confianza, educación en lenguas indígenas, atención a sobrevivientes y el coraje de medir el progreso con honestidad. Una ley hermosa sin implementación es un boletín de prensa vestido de traje.

Aun así, algo real sucedió. Colombia eligió no tratar la mutilación genital femenina como un problema ajeno, ni de África, ni privado, ni demasiado delicado culturalmente para ser nombrado. Lo ha nombrado.

Nombrarlo tiene poder.

En la mejor versión de lo que viene, la ley no llegará a los territorios indígenas como una orden policial desde la capital. Llegará con enfermeras, intérpretes, maestras, mayores, madres y jóvenes que puedan decir: “Nuestra cultura es lo suficientemente fuerte para dejar esto atrás.”

América Latina debería prestar atención. El futuro de los derechos en la región no se ganará solo en cortes constitucionales o palacios presidenciales. Se ganará en los lugares íntimos donde la tradición se cruza con el cuerpo de una niña, y alguien finalmente dice no.

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