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Quiñones, nacido en Colombia, convierte el sueño mundialista de México en prueba viviente

Julián Quiñones, nacido en Colombia y transformado en México, anotó y asistió contra Ecuador, impulsando al Tri hacia la historia mientras convertía una declaración de nacionalidad en redes sociales en una de las historias de fútbol migrante más humanas y complejas de este Mundial.

Una palabra, un país, una apuesta

El video no era buen teatro. Julián Quiñones parecía más un delantero esperando un pase que un hombre hecho para el encanto guionado de las redes sociales. Dio sus datos biográficos, sonrió durante la grabación, nombró los chilaquiles como su comida favorita y luego llegó a la línea que importaba. ¿Nacionalidad? Mexicana.

En ese momento sonó pequeño, casi ceremonial. Una respuesta de papeleo. Una respuesta para un video de la federación. Algo hecho para líneas de tiempo y secciones de comentarios.

Ahora se lee diferente.

La noche del martes, tras anotar un gol y asistir en otro en la victoria de México 2-0 sobre Ecuador, Quiñones hizo que esa palabra se sintiera menos como una marca y más como una biografía. No solo vistió la camiseta verde de México. La llevó con el lenguaje corporal de un hombre que sabe lo que significa ser invitado, dudado, puesto a prueba y finalmente celebrado como propio.

Su tercer gol del torneo lo igualó con Rafael Márquez y Cuauhtémoc Blanco en la lista histórica de goleadores mexicanos en Copas del Mundo. Uno más lo empataría con Javier “Chicharito” Hernández y Luis “El Matador” Hernández. Estos nombres no pesan poco en la memoria futbolística mexicana. Ese es el asombro estadístico de su torneo. El asombro humano es aún más extraño. Un delantero negro de Colombia, alguna vez rescatado de una academia sin fines de lucro en Cali, está cerca de convertirse en el máximo goleador mexicano en mundiales.

Esa frase debería detener a cualquiera por un momento. Contiene migración, trabajo, raza, afición y todas las contradicciones de América Latina.

Julián Quiñones (izquierda) celebra un gol durante la Copa Mundial de la FIFA 2026. EFE/Sashenka Gutiérrez

Del polvo de Cali al mito mexicano

La historia de Quiñones comienza en Colombia, pero no de la manera ordenada en que los países prefieren contar historias deportivas. Surgió de Futbol Paz, una academia sin fines de lucro en Cali con una misión que unía deporte, educación y oportunidad social para niños que necesitaban más que un balón. Luego Tigres lo vio y lo llevó al norte siendo adolescente.

Para muchos mexicanos, la migración suele apuntar en sentido contrario. Significa el tío en Houston, el primo en Chicago, el vecino en Los Ángeles, el sobre de dólares, el sacrificio que se convierte en el segundo idioma de una familia. Quiñones conoce esa historia, pero su ruta la invirtió. México fue su “sueño americano”, el destino donde el trabajo podía convertirse en dignidad, donde el talento podía retribuir la fe de su familia.

Después del partido contra Ecuador, habló de eso con una ternura poco común. La gente va a Estados Unidos buscando una vida mejor, dijo, y ese sacrificio debe ser aplaudido. Nadie debería sentirse menos por querer lo mejor para su familia.

Eso no es un eslogan. Es una verdad latinoamericana. La región siempre se ha movido por personas que persiguen el respiro: colombianos hacia México, mexicanos hacia Estados Unidos, venezolanos cruzando los Andes, centroamericanos atravesando desiertos y retenes. Al fútbol le gusta empaquetar la nacionalidad como sangre y himno. Pero América Latina sabe que la identidad a menudo se arma en camiones, en cuartos prestados, en canchas de entrenamiento, en filas de remesas, en la cocina donde alguien aprende a amar el desayuno de otro país.

Quiñones eligió México después de jugar para Colombia en la Sub-20. Cerró la puerta de la selección mayor de Colombia porque México le abrió algo más grande. Se enamoró del país y de Ana Gabriela, su esposa mexicana. Creyó que sería más respetado de verde que de amarillo.

El respeto, sin embargo, nunca fue automático. Se lo ganó a la mexicana, con títulos de club y ruido. Ganó títulos de Liga MX con Tigres. Se convirtió en estrella en el bicampeonato del Atlas, un milagro en una ciudad que sabe cuánto puede durar el hambre. Luego fue al Club América, el grande que convierte cada fichaje en un referéndum, y volvió a ganar, consecutivamente.

Para cuando se fue a Arabia Saudita, el caso debería haber estado cerrado. No lo estaba. Javier Aguirre bromeó en algún momento que nadie ve la liga saudí. Entonces Quiñones anotó lo suficiente para reabrir la conversación, superando a Cristiano Ronaldo e Ivan Toney en la carrera por el título de goleo. Los números tienen una forma de avergonzar viejas suposiciones.

Jugadores de México celebran un gol de Julián Quiñones (centro), en Ciudad de México, México. EFE/Isaac Esquivel

La pertenencia se gana, no se otorga

Contra Ecuador, Quiñones lució como el atacante que México pasó años intentando inventar. Avanzó con el balón como si el contacto solo aclarara su camino. Se asoció con precisión. Abrió la cancha desde las bandas, la posición donde alguna vez se hizo un nombre, en vez de quedarse al centro como lo hacía en Al-Qadsiah. Junto a Raúl Jiménez, le dio al Tri una crueldad vertical que a menudo le ha faltado. El pase preciso de Roberto “Piojo” Alvarado lo dejó solo para el primero, pero Quiñones aún tenía que terminar la jugada.

Lo hizo. Luego ayudó a escribir el segundo, asistiendo a Jiménez y sellando un inicio tan contundente que la defensa de Ecuador parecía atónita ante la velocidad del toque mexicano.

Los datos importan porque exponen el tamaño del giro. Pocos esperaban que Quiñones se volviera tan central para México en el Mundial. Su gol temprano contra Sudáfrica le compró más minutos. Esos minutos se volvieron prueba. Tres goles en el torneo, una asistencia en un partido de eliminación directa y la primera victoria de México en esa instancia en 40 años. De repente, los aficionados ponían su cara en un billete de 500 pesos y cantaban su nombre como si siempre hubieran sabido el coro.

No era así.

La crítica a Quiñones no siempre se quedó en la crueldad habitual del fútbol. La cultura deportiva mexicana puede ser dura con cualquiera, especialmente cuando las rivalidades de clubes infectan a la selección, pero su caso traía veneno extra. Es negro. Nació fuera de México. Para algunos, eso hacía que cada toque fallado fuera una inspección de pasaporte.

Quiñones se niega a jugar ese juego. Dijo que no está callando a nadie porque no respondió cuando lo criticaron, y ahora tiene aún menos que decir. En los momentos felices, dice, solo piensa en disfrutarlos.

Hay gracia en eso. También disciplina.

México ahora espera en el Estadio Azteca al ganador entre Inglaterra y RD Congo, con un pase a cuartos de final al alcance de la mano. Quiñones dice que la fortaleza del equipo es el trabajo, la unión, la familia. Palabras futboleras, sí, pero en su boca suenan ganadas. Rara vez habla si no es necesario, como cuando fue nombrado Jugador del Partido el martes. Su argumento se da en sprints, presión, barridas, desmarques y esa terca negativa a parecer sorprendido por su propio ascenso.

El video de redes sociales sigue existiendo, torpe pero útil. Chilaquiles. Nombre. Nacionalidad. Mexicana.

En su momento, parecía un anuncio. Ahora se siente como una advertencia para quien crea que la identidad solo se hereda. A veces se elige, se sufre, se defiende y se inscribe en los libros de récords por un chico de Colombia que encontró en México no solo una camiseta, sino un hogar.

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