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El Mundial de México enfrenta una cuenta pendiente sobre la seguridad de las mujeres más allá de los reflectores del estadio

Mientras los aficionados llenan los estadios en toda Norteamérica, activistas advierten que el Mundial de México podría intensificar la violencia contra mujeres y niñas, desde los hogares y las calles hasta hoteles, servicios de transporte y corredores turísticos donde la celebración con demasiada frecuencia oculta el peligro a plena vista.

La fiesta tiene una sombra

El Mundial se vende como color, canto y alegría nacional. Una camiseta sobre la camisa de trabajo. Una familia apretada alrededor de la televisión. Una ciudad fingiendo, durante noventa minutos, que la renta, el miedo y el cansancio pueden esperar. En México, donde el fútbol es tanto ritual como discusión, el torneo se siente como una herencia pública.

Pero Wendy Figueroa, directora de la Red Nacional de Refugios de México, plantea una pregunta más difícil: ¿quién paga el costo emocional y físico cuando la euforia masiva se desborda hacia la calle, el bar, el autobús y el hogar?

En entrevistas reportadas por Efeminista de EFE, Figueroa no culpó al fútbol en sí. Esa distinción importa. “No estamos diciendo que el fútbol genere violencia”, dijo, según EFE, porque la violencia ya existe en los espacios públicos y privados. Lo que cambia durante los grandes eventos deportivos es la intensidad. El ruido aumenta. El alcohol fluye. Las multitudes se hacen más densas. Las rivalidades se convierten en permisos. Dentro de los hogares, donde tanto daño permanece oculto, un gol, una derrota o una mala decisión arbitral pueden ser la chispa para algo que ya estaba esperando.

Esa es la cara incómoda del Mundial en Estados Unidos, México y Canadá. El torneo trae turismo, dinero, prestigio y el teatro de poder blando que toda nación anfitriona desea. También trae la posibilidad de un aumento en el acoso, la violencia sexual, el abuso doméstico y la trata con fines de explotación sexual. No son temas secundarios. Son parte del mismo mapa social que hace rentable un megaevento.

La red de refugios de México ya ha documentado que durante partidos de campeonatos locales, recibe entre un 15% y un 20% más de llamadas de emergencia. Esa cifra no es abstracta. Sugiere mujeres llamando desde baños, recámaras, banquetas y teléfonos prestados. Sugiere niños aprendiendo a reconocer el sonido de la celebración de un padre que se convierte en furia. Sugiere que para algunas familias, el silbatazo final no es el fin del peligro, sino el inicio.

Instalaciones de un estadio donde se celebra el Mundial. EFE/Alberto Boal

Donde la euforia se convierte en control

La advertencia de Figueroa, según reportó EFE, impacta porque entiende cómo la violencia normalizada se esconde tras la actuación. En muchas culturas latinoamericanas, se enseña a los hombres a vivir el fútbol a través del cuerpo: gritar, golpear paredes, insultar rivales, romper camisetas, beber en exceso y tratar el desborde emocional como prueba de pasión. Ese comportamiento suele ser minimizado como una descarga inofensiva. A veces lo es. A veces se convierte en control.

El problema no es la pasión. El problema es lo que algunos hombres creen que la pasión les permite hacer.

EFE cita a Figueroa describiendo cómo la euforia, el enojo y la rivalidad masculinas suelen naturalizarse a través de gritos, insultos, romper objetos y luego dirigir esas emociones contra mujeres, niños y niñas cercanos. Es un diagnóstico cultural preciso. La violencia no siempre se anuncia como violencia. Puede llegar disfrazada de frustración, de afición, de “así se pone durante los partidos”.

Los datos del extranjero refuerzan el punto. Un estudio en Brasil encontró que entre 2015 y 2018, en los días en que jugaban equipos locales, las amenazas contra mujeres aumentaron un 23.7% y las agresiones físicas un 20.8%. Un estudio de la Universidad de Lancaster en Inglaterra, basado en reportes policiales de los Mundiales de 2002, 2006 y 2010, halló que el riesgo de violencia doméstica aumentó un 26% cuando Inglaterra ganaba o empataba, y un 38% cuando perdía.

Esas cifras desmontan un mito cómodo. La violencia no solo sigue a la derrota. También puede seguir a la victoria. Ganar puede generar sensación de derecho. Perder puede producir humillación. Ambas pueden ser peligrosas cuando la masculinidad ha sido entrenada para buscar a alguien más débil que reciba el golpe.

Por eso la Red Nacional de Refugios de México se está coordinando con organizaciones homólogas en Estados Unidos y Canadá. La estrategia es regional porque el torneo es regional. Los riesgos se mueven con aficionados, trabajadores, turistas y víctimas. La RNR planea brigadas informativas en las sedes mexicanas: Ciudad de México, Nuevo León y Jalisco. No son puntos aleatorios en el mapa de la FIFA. También están entre los estados con más reportes de violencia familiar en México, según datos del sistema nacional de seguridad pública citados en las notas de EFE.

La red también se prepara para retornos transfronterizos. Figueroa dijo a EFE que si una mujer mexicana queda varada en Estados Unidos o Canadá, la red asumirá el costo de traerla de regreso de forma segura. Si una mujer canadiense o estadounidense está en México y necesita volver a su país, la red ayudará a cubrir ese traslado bajo su protocolo de seguridad.

Eso no es relaciones públicas. Es infraestructura para el momento en que la cámara se apaga.

Mujeres participan en una marcha en la Ciudad de México, México. EFE/Sáshenka Gutiérrez

La trata sigue al dinero

El otro riesgo es más oscuro y difícil de cuantificar: la trata con fines de explotación sexual. Los grandes eventos generan multitudes, demanda, hospedaje temporal, contrataciones informales y anonimato. En esa niebla, las redes criminales buscan oportunidades.

Nayely Sánchez, responsable de programas en la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito en México, dijo a EFE que las ofertas de trabajo suelen ser el principal anzuelo que usan las redes de trata en torno a los eventos masivos. La oferta suena a rescate: vuelo, hospedaje, oportunidad de ganar dinero. Luego la persona llega y es explotada sexualmente. El Mundial, advirtió, puede convertirse en un caldo de cultivo para este delito.

La frase estremece porque señala la economía que hay debajo del espectáculo. Cada ciudad anfitriona sueña con hoteles llenos, restaurantes abarrotados, aeropuertos activos y aficionados recorriendo zonas de vida nocturna con dinero para gastar. Los tratantes leen las mismas condiciones de otra manera. Ven movilidad, deseo, distracción y vacíos entre corporaciones policiales.

Sánchez también advirtió, según EFE, que las redes pueden mover víctimas entre los tres países anfitriones durante el torneo para evitar ser detectadas. Esa posibilidad debería preocupar a todas las autoridades involucradas. Un Mundial de Norteamérica se vende como un triunfo logístico. Para las víctimas, esa misma escala transfronteriza puede convertirse en otra capa de desaparición.

La UNODC ha lanzado una campaña con Sin Trata, Uber y el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México para ayudar a los asistentes al Mundial a identificar posibles casos de explotación. También tiene un acuerdo con Airbnb para alertar a anfitriones en zonas estratégicas sobre huéspedes que podrían ser tratantes o personas explotadas. Estas alianzas importan porque la violencia durante los megaeventos rara vez se queda dentro de los perímetros de seguridad del estadio. Se mueve en autos, rentas, hoteles, bares y calles donde la gente común puede ser la primera en notar que algo anda mal.

Aun así, Sánchez dijo a EFE que existe un subregistro, lo que significa que la verdadera magnitud sigue siendo desconocida. Recordó que se detectó trata en torno a los Juegos Olímpicos de París, pero no pudo cuantificarse adecuadamente porque los casos no se reportaron por completo. Ese es el viejo problema: lo que no se cuenta es más fácil de ignorar.

Así que el Mundial de México enfrenta una prueba mayor que la operación futbolística. Un torneo exitoso no puede medirse solo por la asistencia, los goles, los ingresos turísticos o el espectáculo televisivo. También debe medirse por si mujeres y niñas pueden moverse por la celebración sin ser tratadas como daño colateral.

Figueroa lo dijo claramente a EFE: no puede haber celebración si mujeres, niños y niñas están en riesgo. Esa frase debería estar en la entrada de cada zona de aficionados. No para arruinar la fiesta. Para hacer que la fiesta sea digna de su nombre.

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