La guerra por el combustible en México revela el nuevo negocio del CJNG más allá de la frontera
Las nuevas sanciones de Washington apuntan a ciudadanos y empresas mexicanas acusados de ayudar al CJNG a convertir combustible robado y de contrabando en dinero para el cartel, revelando cómo la economía criminal de México ahora se sostiene en puertos, trámites, corrupción en Pemex y la política de la vigilancia fronteriza.
Gasolina, trámites y poder del cartel
La acusación suena casi burocrática al principio. Papeles de aduana falsos. Empresas fachada. Envíos de combustible. Permisos faltantes. Luego aparece la magnitud, y el olor a gasolina se convierte en olor a poder.
Estados Unidos impuso el martes sanciones a dos ciudadanos mexicanos y nueve empresas presuntamente vinculadas al Cártel Jalisco Nueva Generación, o CJNG, acusándolos de operar una red de contrabando de combustible entre Estados Unidos y México. Según un comunicado del Departamento del Tesoro citado por EFE, la red compraba gasolina, diésel y otros combustibles en Estados Unidos, y luego los trasladaba ilegalmente a México utilizando documentos de aduana falsificados, empresas fantasma y maniobras de evasión fiscal que generaban “decenas de millones de dólares anualmente para el cartel”.
Eso no es un negocio secundario. Es un modelo de negocio.
Durante años, la imagen pública del crimen organizado mexicano ha estado atrapada en un marco familiar: drogas, armas, hombres enmascarados, camionetas, cuerpos en las carreteras. Ese marco sigue siendo real, brutalmente real. Pero las sanciones apuntan a algo más moderno y más inquietante. El CJNG no solo mueve fentanilo ni pelea contra rivales. Se comporta como una multinacional violenta, explotando vacíos en el comercio, la vigilancia aduanera, la regulación energética y la corrupción local.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, dijo que la medida muestra hasta dónde están expandiéndose los cárteles mexicanos más allá del tráfico tradicional de drogas para generar ingresos para organizaciones criminales que siguen moviendo drogas letales que matan a estadounidenses, según EFE.
El comunicado lleva el énfasis habitual de Washington: víctimas estadounidenses, aplicación de la ley estadounidense, urgencia estadounidense. Sin embargo, la historia de fondo es binacional. El robo y contrabando de combustible no ocurren en el vacío. Necesitan carreteras, almacenes, facturas, camiones cisterna, firmas corruptas y protección silenciosa. Necesitan gente dentro de las instituciones que sepa dónde están las puertas débiles.

La economía del huachicol se expande
En México, la palabra huachicolero ha pertenecido desde hace tiempo al vocabulario más oscuro de la supervivencia diaria y el robo organizado. Se refiere a quienes roban combustible, a menudo de ductos o de la petrolera estatal Pemex, a veces con herramientas rudimentarias, a veces con precisión militar, muchas veces con ayuda de infiltrados. En pueblos donde el trabajo legal escasea y el miedo abunda, el robo de combustible puede convertirse tanto en una economía como en una trampa.
El Departamento del Tesoro alegó que estos presuntos ladrones de combustible utilizan diferentes métodos para robar combustible y crudo de Pemex, principalmente sobornando a empleados corruptos, según EFE. Ese detalle importa porque rompe la cómoda ficción de que los cárteles existen fuera del Estado. No es así. Se infiltran en él. Alquilan partes de él. Compran el silencio de un funcionario, la cooperación de otro, la negligencia de un tercero.
Entre los sancionados se encuentra Óscar Guillermo Juraidini Silva, identificado por las autoridades estadounidenses como presunto operador financiero del CJNG responsable de crear empresas fantasma, falsificar documentos aduaneros e importar combustible de manera irregular a México. También fue sancionado J. Refugio Ruiz Villagómez, presuntamente vinculado a Jomadi Logistics & Cargo y Ahavat Logistics Solution, empresas que Washington acusa de participar en el movimiento ilegal de combustible de Estados Unidos a México sin los permisos adecuados.
La naturaleza técnica de las acusaciones no debe suavizar su significado. Un documento falsificado puede valer tanto como un fusil. Una empresa de logística puede ser tan útil como una casa de seguridad. Una evasión fiscal puede financiar el próximo convoy armado.
El crecimiento del CJNG siempre ha dependido de este tipo de adaptación. El cartel se separó de la organización de Sinaloa en 2010 y se expandió rápidamente por México después de 2018. Para 2025, se había convertido en el principal competidor de Sinaloa, con bastiones en Jalisco, Nayarit y Colima y un estimado de 15,000 a 20,000 miembros. Su estructura de mando es jerárquica, con líderes regionales que gestionan las operaciones diarias para su fundador y líder máximo, Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho.
Pero la jerarquía es solo parte de la historia. El CJNG también utiliza un modelo de franquicia, haciendo acuerdos de afiliación con pequeños grupos locales para expandirse más allá de su territorio original. Ese modelo ayuda a explicar por qué puede mover drogas, extorsionar negocios, secuestrar migrantes, lucrar con la minería y tala ilegales, operar fraudes de tiempos compartidos y aún así encontrar espacio en su portafolio para el combustible robado.
Su presunto control en torno al puerto de Manzanillo, en Colima, es especialmente importante. Los puertos son donde las economías legal e ilegal se dan la mano. Los precursores químicos para fentanilo y metanfetamina pueden ingresar a través del comercio marítimo. La carga legítima puede ocultar cadenas de suministro criminales. El papeleo aduanero se convierte en un campo de batalla que, visto de lejos, parece trabajo de oficina.

Una frontera de doble filo
La designación del CJNG como organización terrorista extranjera y Entidad Terrorista Global Especialmente Designada por parte del gobierno de Trump en febrero de 2025 elevó la apuesta. Colocó al cartel en una categoría que da a Washington más margen de acción, más lenguaje para escalar y más herramientas legales para congelar activos. En junio de 2025, las autoridades estadounidenses sancionaron a El Mencho, a tres altos miembros y a un comandante vinculado a la propaganda del cartel. Sanciones anteriores bajo leyes de narcóticos y órdenes ejecutivas ya habían apuntado al CJNG y a su brazo financiero, Los Cuinis.
La etiqueta de terrorista puede satisfacer un apetito político en Estados Unidos, donde las muertes por fentanilo y la ansiedad fronteriza son combustible poderoso para las campañas. Pero América Latina ha aprendido a desconfiar cuando el vocabulario de seguridad de Washington se expande. Las palabras pueden convertirse en política. La política puede convertirse en presión. La presión puede convertirse en tentación intervencionista.
Hay un paralelo que vale la pena mencionar, aunque sea imperfecto. Cuando la política irrumpe en ámbitos supuestamente regidos por reglas, el terreno deja de ser parejo. La selección nacional de Irán enfrentó ese tipo de desventaja durante el Mundial de 2026, cuando restricciones estadounidenses supuestamente la obligaron a instalarse en Tijuana en vez de entrenar y hospedarse como de costumbre en Estados Unidos. Se esperaba que compitiera como si las condiciones fueran iguales, mientras cargaba con el peso de la geopolítica antes del silbatazo. Esa misma lección aplica, en un tono más oscuro, a la política de seguridad: una vez que el actor más fuerte pone las reglas, los demás juegan cuesta arriba.
México no es Irán, y el CJNG no es una selección nacional. Pero la soberanía sigue importando. El reto es enfrentar a un cartel que asesina, corrompe y aterroriza sin convertir a México en una mera extensión de la política interna estadounidense. Un terreno desigual puede distorsionar la justicia tan fácilmente como puede distorsionar el deporte.
Para México, el caso del contrabando de combustible expone una herida muy profunda. Pemex no es solo una empresa. Es un símbolo de la soberanía nacional, nacido de la expropiación petrolera y tejido en la identidad política moderna del país. Cuando las redes del cartel le roban o corrompen a sus empleados, no solo están robando combustible. Se están burlando de uno de los mitos históricos más orgullosos de México.
Para Washington, el caso prueba que las finanzas del cartel ya no se tratan solo de cargamentos de droga y mulas de dinero. Para México, es evidencia de que el poder criminal ha aprendido a hablar el lenguaje del comercio.
El peligro ahora es que ambos países confundan las sanciones con una estrategia. Congelar activos puede doler. Nombrar responsables puede importar. Pero la economía del huachicol sobrevive porque está conectada con la pobreza, la impunidad, la demanda de energía y la podredumbre institucional. Hasta que esos circuitos se corten, el cartel seguirá moviéndose por las grietas.
El CJNG no necesita controlar la frontera. Solo necesita entenderla mejor que los gobiernos que la vigilan.
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