AMÉRICAS

Cuba se atrinchera mientras la retórica bélica de Washington choca con la resistencia isleña

Tras la captura de Maduro en Caracas, La Habana revivió una vieja doctrina de la Guerra Fría, apostando a que los tanques desgastados de Cuba importan menos que la memoria, el terreno y una población entrenada para hacer que cualquier ocupación estadounidense sangre políticamente, lenta y ruidosamente en casa, hoy de nuevo.

Las sirenas de enero

Las alarmas en La Habana no sonaron como teoría. Sonaron el 3 de enero dentro del Palacio de la Revolución, donde la noticia llegó con la fuerza contundente de un mapa cambiado: fuerzas especiales estadounidenses habían capturado a Nicolás Maduro en Caracas, y 32 cubanos murieron en la operación.

Poco después, el Estado cubano comenzó a hacer lo que suele hacer cuando la historia golpea demasiado fuerte. Volvió al ritual, la disciplina y la memoria. Cada semana se revisaron los preparativos militares en diferentes partes de la isla, no solo por soldados profesionales sino también por la población en general. La vieja idea fue sacada de nuevo a la luz, desempolvada y pronunciada otra vez en el lenguaje de la resistencia: la “Guerra de Todo el Pueblo”.

Ese concepto, diseñado en los años ochenta, no es realmente un plan para derrotar a Estados Unidos en una guerra convencional. La Habana conoce la aritmética. Es una doctrina de desgaste, más cercana a Vietnam que a una fantasía de desfile militar, construida sobre la premisa de que una invasión puede ser fácil de iniciar y brutalmente difícil de sostener. Imagina barrios, campos, caminos y familias como parte del campo de batalla. Trata la ocupación no como un hecho militar, sino como una herida política.

“Aquí no habrá ni sorpresa ni derrota”, advirtió el presidente cubano Miguel Díaz-Canel a principios de mayo, según EFE.

La frase cayó con la cadencia familiar del oficialismo cubano, parte desafío, parte teatro, parte catecismo. Pero detrás de ella hay un cálculo duro. Cuba no puede igualar los aviones, satélites, barcos ni armas de precisión de Washington. Solo puede intentar que esas ventajas sean menos decisivas una vez que el poder toque suelo.

Fotografía de archivo de personas observando el convoy fúnebre que transporta a los 32 soldados fallecidos durante los ataques de Estados Unidos a Venezuela, en La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Armas viejas, instintos más viejos

Estados Unidos ha mantenido viva la opción militar en su campaña de máxima presión contra Cuba, usándola como amenaza y como señal. El mensaje se agudizó cuando el secretario de Guerra estadounidense Pete Hegseth viajó recientemente a la base militar de Guantánamo, en el extremo oriental de Cuba, y advirtió a La Habana que no invite “el tipo de confrontación que no solo no quieren, sino que no podrían soportar”.

Esa frase resume la asimetría. Pero también pasa por alto algo sobre Cuba. La isla ha pasado más de seis décadas convirtiendo la debilidad en gramática política. La escasez se ha narrado como resistencia. El aislamiento se ha presentado como soberanía. Los viejos autos estadounidenses que aún circulan por La Habana no son solo nostalgia de postal. También son una metáfora accidental de la maquinaria militar, describió a EFE Siemon Wezeman, investigador del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo.

Las armas de Cuba, dijo en una entrevista con EFE, son “el equivalente militar de los autos estadounidenses de los años 50 que todavía circulan en Cuba”.

Su evaluación es realista. Las fuerzas armadas de Cuba están desactualizadas. Gran parte de su equipamiento data de los años 70 y 80. La última entrega documentada de armas a Cuba por parte de SIPRI fue hace 22 años. Sus fuerzas aéreas y navales son, en palabras de Wezeman a EFE, “extremadamente pequeñas”, sin comparación seria con la capacidad material, tecnológica y humana de Estados Unidos.

Las fuerzas terrestres lucen algo mejor, pero solo según estándares regionales y solo en el papel. Los tanques tienen dos o tres generaciones de antigüedad, dijo Wezeman a EFE, y apenas la mitad podrían moverse. La infantería irregular podría ser numerosa, pero los números no convierten armas ligeras en defensa antiaérea, ni el patriotismo detiene misiles de crucero.

Este es el gran paradoja cubana. La disuasión de la isla no se basa en ganar. Se basa en obligar a Washington a preguntarse si ganar significaría algo después de la primera semana. Un ataque al estilo Venezuela, argumentó Wezeman a EFE, encontraría poca oposición en Cuba. Venezuela tenía tecnología militar más avanzada y aun así no resistió. Pero una invasión a la isla, añadió, podría convertirse en “una guerra sucia”. Entonces surge la pregunta que más importa en Washington: ¿Vale la pena?

Zona central de la Tribuna Antiimperialista en La Habana, Cuba. EFE / Ernesto Mastrascusa

El precio de la ocupación

Esa pregunta no es solo militar. Es cultural, histórica y doméstica. Cuba no es una plataforma hostil abstracta a 90 millas de Florida. Es la obsesión más antigua de la política hemisférica estadounidense. En este lugar, la Doctrina Monroe, la humillación de la Guerra Fría, la política del exilio, la revolución y el nacionalismo caribeño siguen discutiendo entre sí. Cualquier intervención no comenzaría en una página en blanco. Comenzaría en 1898, en 1959, en Bahía de Cochinos, en la Crisis de los Misiles, en Mariel, en el Período Especial, en las salas de Miami y en las colas de racionamiento de La Habana.

Por eso la “Guerra de Todo el Pueblo” es menos una orden de batalla que un llamado a la biografía nacional. Pregunta a los cubanos si están dispuestos a luchar no por la comodidad del presente, que es escasa, sino por la dignidad de estar libres de ocupación. Wezeman planteó la incertidumbre crucial claramente a EFE: “¿Qué disposición para la guerra tienen?”

Es la pregunta correcta. La economía cubana está agotada. La migración ha vaciado hogares. La vida diaria está marcada por apagones, escasez y el cansancio emocional de un estado de emergencia permanente. La épica revolucionaria aún tiene fuerza, pero compite con el agotamiento privado. Una doctrina de milicias depende de la fe, y la fe es más difícil de sostener cuando el refrigerador está vacío.

Aun así, Washington sería ingenuo si confundiera la dificultad con la rendición. América Latina ha demostrado repetidamente que la superioridad militar no se traduce automáticamente en control político. La región recuerda ocupaciones, golpes, contrainsurgencias y sanciones no como instrumentos de política, sino como historias familiares. En Cuba, esa memoria es organizada por el Estado, pero no inventada de la nada.

Los reportes sobre drones añaden otra capa de peligro. Las afirmaciones de que La Habana compró 300 drones militares a Rusia e Irán siguen siendo dudosas, dijo Wezeman a EFE, y su utilidad contra Estados Unidos es incierta. Un ataque hacia Florida, incluso uno limitado, sería catastrófico para Cuba porque le daría a Washington la justificación que busca. Un acto así, dijo Wezeman a EFE, sería “Pearl Harbor”.

Ese es el abismo que La Habana debe evitar mientras promete resistencia. Debe parecer lo suficientemente costosa como para disuadir una invasión, pero no tan temeraria como para invitarla. Debe movilizar a la población sin demostrar que los temores de Washington son ciertos. La estrategia de la isla, por tanto, se construye sobre un puente estrecho entre la vulnerabilidad y el teatro.

Al final, el mensaje de Cuba no es que puede derrotar a Estados Unidos. Es que la derrota en suelo cubano podría no verse limpia. Podría parecerse a callejones, funerales, apagones, milicias, propaganda, resistencia y años de consecuencias. Esa puede ser la verdadera arma de la isla: no el acero moderno, sino la promesa de que cualquier ocupante heredaría un país entrenado para hacer que la historia sea costosa.

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