Las niñas de México programan más allá de viejos mitos y hacia futuros tecnológicos
En todo México, las niñas están conociendo robots, aprendiendo a programar y encontrando mentoras antes de que los estereotipos se arraiguen. Los nuevos programas STEM no solo enseñan tecnología. Están desafiando un viejo guion social que mantenía a las mujeres alejadas de mejores empleos, liderazgo y poder digital.
La brecha comienza antes de la secundaria
Durante años, la advertencia llegaba suavemente. Aparecía en bromas familiares sobre que las niñas son “mejores con la gente”, en aulas donde a los niños se les impulsaba hacia los circuitos y las máquinas, en la silenciosa suposición de que las matemáticas eran una prueba de temple masculino. Para cuando muchas niñas mexicanas llegaban a la adolescencia, la ciencia ya se sentía como un país ajeno.
Las cifras muestran cuán temprano se traza esa frontera. En México, solo tres de cada diez profesionales STEM son mujeres, según el Instituto Mexicano para la Competitividad. Entre los jóvenes de 15 años, la diferencia es aún más marcada: el 28 por ciento de los varones dice que quiere estudiar ciencias o ingeniería, mientras que solo el 9 por ciento de las niñas expresa ese interés, según datos de PISA citados por UNICEF.
No es una pequeña diferencia de gustos. Es un mapa de ingresos perdidos, invención perdida y autoridad perdida. Las carreras STEM están entre las mejor remuneradas del país, con salarios que pueden ser hasta un 24 por ciento más altos que en otros campos. Cuando a las niñas se les desvía de esos caminos, el resultado no es solo menos ingenieras. Menos mujeres tienen acceso a los salarios, redes y poder de decisión que moldean las economías modernas.
La desigualdad responde a un viejo patrón latinoamericano. El talento existe en todas partes, pero la oportunidad suele viajar por el ingreso familiar, el acceso urbano, la calidad escolar y las expectativas de género. Una niña en un hogar sin internet confiable no solo carece de un dispositivo. Le faltan práctica, confianza, lenguaje, credenciales y el derecho a imaginarse dentro del futuro.

Un club puede cambiar una vida
Por eso la nueva alianza entre GlobalLogic y Chicas Programadoras importa más allá del lenguaje de su comunicado corporativo. GlobalLogic, parte del Grupo Hitachi y especializada en ingeniería digital, se ha unido al Club de Chicas Programadoras como aliado regional principal, con clubes de programación que llegan a países de toda América Latina, incluido México.
En términos prácticos, el proyecto es sorprendentemente sencillo. Las niñas de 13 a 18 años pueden unirse a clubes virtuales de programación gratuitos sin experiencia previa. Aprenden conceptos básicos de programación, desarrollan habilidades digitales y reciben apoyo de mentoras. Algunas también se preparan para Technovation Girls, la competencia global en la que las chicas diseñan soluciones tecnológicas para problemas reales.
Sencillo no es lo mismo que pequeño. En México, las mujeres representan solo el 28 por ciento de los empleos en el sector de tecnologías de la información y la comunicación. Datos de SECIHTI 2025 citados en las notas sitúan a las mujeres en apenas el 12.9 por ciento del empleo nacional en el sector STEM, 21.9 por ciento en ingeniería y desarrollo tecnológico, y 20 por ciento en inteligencia artificial. Estas cifras revelan un problema de canalización y de poder. Las tecnologías que se están construyendo ahora influirán en la banca, la salud, la agricultura, la educación, la seguridad y los servicios públicos. Si las mujeres están ausentes de los espacios donde se diseñan esos sistemas, el sesgo no desaparece. Se codifica.
Paula Antonelli, vicepresidenta asociada de recursos humanos de GlobalLogic para América Latina, plantea la intervención como una cuestión de imaginación. Cuando las jóvenes experimentan con la programación, hacen más que adquirir habilidades digitales, dice. Comienzan a verse a sí mismas como protagonistas del futuro tecnológico.
Esa palabra, protagonistas, tiene peso en una región donde las niñas han sido entrenadas demasiado a menudo para ser personajes secundarios en las ambiciones de otros. Chicas Programadoras afirma que más de 13,000 niñas ya han participado en sus iniciativas, apoyadas por más de 1,500 mentoras en 14 países. El modelo depende de algo que América Latina entiende bien: la comunidad. El club no es solo una clase. Es un círculo, un lugar donde la amistad se convierte en infraestructura y la confianza se construye colectivamente.
La mecánica del programa es modesta por diseño. Sesiones semanales de dos horas. Horarios vespertinos que no chocan con la escuela. Mentoras, muchas de ellas mujeres en tecnología, guían a niñas con cero, poco o avanzado conocimiento informático. En algunos formatos de club, se proveen computadoras y acceso a internet de manera gratuita. Ese detalle no es decorativo. En una región donde la CEPAL ha advertido que cuatro de cada diez mujeres siguen desconectadas, el acceso gratuito es la diferencia entre la inclusión como eslogan y la inclusión como hecho vivido.

Robots, museos y la política del asombro
El esfuerzo también se está expandiendo fuera de las aulas tradicionales. En la Ciudad de México, el Papalote Museo del Niño ha convertido el asombro científico en una herramienta para la equidad de género. Su programa gratuito “Conectadas”, dirigido a niñas de ocho a diez años, ofrece talleres prácticos de robótica, electrónica y mecánica. En 2025, 135 niñas fueron seleccionadas de más de 400 postulaciones para construir robots funcionales con herramientas reales.
El rango de edad es crucial. La UNESCO ha señalado que los niños comienzan a formar ideas vocacionales alrededor de los 8 o 9 años. Para entonces, los estereotipos pueden estar ya sentados junto a ellas en el pupitre. Intervenir en la primaria no es prematuro. Puede ser el último momento temprano antes de que la duda empiece a sonar como sentido común.
El trabajo de Papalote, apoyado por Kyndryl México y voluntarios especializados, reconoce que la curiosidad necesita testigos. Una niña que ve a una ingeniera arrodillarse junto a su robot, preguntarle qué falló y ayudarle a intentarlo de nuevo recibe un mensaje que ningún cartel puede igualar. Tú perteneces aquí. Tu error no es prueba de que no puedes hacerlo. Es parte del trabajo.
Otras iniciativas amplían el campo. MakerWomenSTEM, liderada por una red académica internacional que incluye al Tecnológico de Monterrey y financiada a través del programa Erasmus+ de la Unión Europea, conecta a México, Colombia y Ecuador mediante aprendizaje basado en la creación, mentoría e intercambio académico. El método maker importa porque rompe la jerarquía congelada del aula. Pruebas, fallas, tocas, sueldas, reconstruyes. El conocimiento se vuelve físico. La autoridad se comparte.
Aquí es donde los datos y la historia humana se encuentran. Las mujeres representan alrededor del 30 por ciento de las personas investigadoras en el mundo, mientras que América Latina se acerca al 45 por ciento. Sin embargo, el liderazgo sigue disminuyendo a medida que las mujeres ascienden. La región puede celebrar una base investigadora más fuerte que muchas partes del mundo y aún preguntarse por qué los laboratorios, consejos, patentes y premios siguen siendo desiguales. A nivel global, menos del 4 por ciento de los Premios Nobel en disciplinas STEM han sido otorgados a mujeres.
Ningún club por sí solo puede deshacer décadas de falsos estereotipos. Ningún taller de museo puede solucionar la pobreza, la baja conectividad, la segregación escolar o la vieja división entre habilidades “blandas” femeninas y “duras” masculinas. Pero estos programas atacan la maquinaria desde donde comienza: la expectativa.
Una niña que programa a los 14 puede no convertirse en ingeniera de software. Puede ser médica, diseñadora, maestra, fundadora o servidora pública. Pero sabrá que la tecnología no es magia propiedad de otros. Sabrá que los sistemas pueden abrirse. Sabrá que sus manos pueden cambiarlos.
Ese conocimiento es económico. Es cultural. En México, también es silenciosamente político. Porque cuando una niña aprende que la ciencia le pertenece, no solo está eligiendo una carrera. Está rechazando una herencia.
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