AMÉRICAS

Terremotos en Venezuela desplazan familias mientras los escombros avanzan hacia el mar

Tras los terremotos más mortales en un siglo en Venezuela, los sobrevivientes huyen de hogares destruidos, las familias desafían restricciones militares y La Guaira enfrenta 1,2 millones de toneladas de escombros que podrían decidir si la reconstrucción se convierte en renovación, desplazamiento o en otro desastre de salud pública de avance lento.

Un hogar en pie, una familia aún desarraigada

Diez días después de que las paredes temblaran en Caracas, Urumán Urdaneta llevó a su familia al oeste, a Maracaibo, a unos 700 kilómetros de distancia. El viaje cruzó una distancia más dura, de la vida que conocían a la que su esposa podía tolerar.

Su casa en El Junquito no se derrumbó durante los dos terremotos del 24 de junio, que alcanzaron magnitudes de 7,2 y 7,5. Una pared cayó. Todos sobrevivieron. Sin embargo, dentro de la casa, sobrevivir no se sentía como estar a salvo.

Liliana Machado, esposa de Urdaneta, empezó a desmayarse casi a diario. No podía dormir. A veces, le costaba respirar. La familia estaba viendo televisión cuando comenzó el temblor. Su hijo menor, de 18 años, tiene una discapacidad. Urdaneta lo tomó en brazos y lo sostuvo.

“No fue un temblor”, dijo el mecánico de 63 años a EFE. Recordó ser jalado de un lado a otro, durante lo que pareció un tiempo imposible de largo. El pánico llegó antes de que el movimiento terminara. Más tarde, un médico le aconsejó sacar a Machado del lugar que se había convertido en un detonante.

“Así que, por la salud de mi esposa, nos fuimos”, contó a EFE.

El desplazamiento por desastre puede comenzar sin una orden gubernamental ni un techo colapsado. Empieza cuando un dormitorio se vuelve insoportable, cuando cada camión parece una réplica, cuando el cuerpo rechaza la tranquilidad de un ingeniero. Una estructura puede seguir siendo habitable mientras la memoria la vuelve inhabitable. De esa manera, la decisión de una familia refleja un patrón más amplio.

Maracaibo debería haber ofrecido el consuelo del regreso. La pareja tiene raíces wayuu en Zulia, y la ciudad es donde nacieron. Sin embargo, Urdaneta se siente como un extraño. Machado no quiere volver a Caracas. Ella recibe tratamiento psicológico. Sus hijos, de 26, 22 y 18 años, tienen amistades y recuerdos de infancia en la capital. Urdaneta quiere volver a su trabajo de mantenimiento automotriz. Así, la familia escapó del peligro pero entró en una discusión más silenciosa sobre de quién depende la recuperación y dónde será el hogar.

Esa discusión se repite en toda Venezuela. Cifras oficiales muestran que 17.907 personas perdieron su vivienda. A medida que se actualizaban los datos, el número de personas en campamentos temporales subió de 16.891 en 87 sitios a 17.266 en 89 sitios. Los totales cambiantes muestran una población aún en movimiento, siendo registrada y decidiendo si la evacuación es temporal o el inicio de otra migración interna.

Zulia ha recibido familias de la zona del desastre, incluyendo personas que se niegan a regresar a La Guaira. Sin embargo, Maracaibo, la capital simbólica de la riqueza petrolera de Venezuela, no puede prometer agua, electricidad, gas ni internet confiables. La ironía es conocida en toda América Latina: los territorios que generaron riqueza nacional suelen soportar servicios débiles. Las redes de parentesco sustituyen al Estado, pero los familiares no pueden reparar una red eléctrica ni crear empleos.

Una máquina despejando escombros en La Guaira, Venezuela. EFE/Ronald Peña

Los escombros se convierten en un segundo desastre

En La Guaira, la catástrofe ahora tiene un peso: unas 1,2 millones de toneladas. Una evaluación del gobierno y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo atribuye unas 900.000 toneladas a estructuras de concreto y acero colapsadas, y otras 332.000 toneladas a muebles, electrodomésticos y pertenencias personales.

A lo largo de la carretera entre Tanaguarena y Naiguatá, EFE observó montículos empujados hacia la orilla de la vía cerca del Caribe. El concreto se mezcla con varillas retorcidas, ropa, documentos de identidad, muebles, cables y fotografías. Hombres buscan entre los montones. “Escombros” suena inerte. Aquí es: vivienda, biografía, evidencia y posible contaminación mezcladas.

El ingeniero José Arreaza dijo a EFE que las autoridades tienen pocas alternativas inmediatas. Los camiones no pueden transportar repetidamente el material a Caracas sin perder horas y consumir combustible escaso. El ingeniero Roberto Porciello señaló que los escombros se manejaron de manera similar tras el deslave de 1999 que devastó La Guaira, entonces conocida como Vargas.

Ese precedente debería inquietar más que tranquilizar. El desastre de 1999 sigue presente en la memoria regional porque la reconstrucción expuso el hábito venezolano de improvisar. Veintisiete años después, la costa vuelve a ser llamada a absorber lo que el Estado no puede clasificar, transportar ni almacenar rápidamente. Ese patrón ayuda a explicar la urgencia actual en la gestión de escombros.

El PNUD recomienda separar, reciclar y reutilizar materiales cuando sea posible. Joaquín Benítez, director de sostenibilidad de la Universidad Católica Andrés Bello, dijo a EFE que alrededor del 60 por ciento podría reciclarse para la reconstrucción. El Ministerio de Ambiente de Venezuela afirma que desplegó una trituradora para fabricar áridos de construcción, aunque las autoridades no han informado dónde opera ni qué ha procesado.

La promesa tiene límites. Porciello advierte que el material dañado no debe reutilizarse en componentes estructurales. Benítez enfatiza que cada edificio tiene un perfil de riesgo diferente. Las ruinas residenciales pueden contener vehículos aplastados que filtran combustible y aceite. Los sitios comerciales pueden albergar químicos. Electrónica, maquinaria, metales, mampostería y enseres domésticos requieren separación, no una sola pasada de la excavadora.

El almacenamiento temporal debe estar alejado de ríos y del mar, idealmente sobre suelo impermeable. Sin embargo, la necesidad está empujando los residuos mezclados hacia el agua. Así es como un terremoto se convierte en una emergencia ambiental prolongada, a través de escorrentía, polvo, exposición a asbesto y suelos contaminados. El terremoto de Turquía en 2023 ofreció una advertencia: las comunidades seguían reportando escombros peligrosos después de que las autoridades dijeron que la mayoría ya había sido recogida.

Una máquina despejando escombros en La Guaira, Venezuela. EFE/Ronald Peña

La recuperación pone a prueba tanto el poder como la ingeniería

La gestión de escombros nunca es solo técnica. Decide qué barrio se limpia primero, de quién son las pertenencias que se convierten en desecho, qué contratos se otorgan y cuánta supervisión sobrevive a la emergencia. En Venezuela, tensionada por la contracción económica, sanciones, migración y conflicto político, los terremotos exponen carencias logísticas y un reflejo de control centralizado.

La presidenta en funciones Delcy Rodríguez se reunió con funcionarios nacionales e internacionales para coordinar la remoción, incluyendo a un oficial militar israelí que asesora sobre gestión de escombros. Sin embargo, el gobierno no ha detallado públicamente las reglas operativas. Ese silencio importa mientras las familias siguen buscando a los desaparecidos.

Más de dos semanas después de los terremotos, Eva Belkrin dijo a los periodistas que militares habían bloqueado el acceso de maquinaria y voluntarios al edificio Celtamar colapsado, donde buscaba a sus dos hijas. “No nos han dejado entrar”, dijo, suplicando la oportunidad de buscar a sus familiares vivos o muertos. Otros voluntarios continuaron buscando en otros lugares, incluso a un niño de 9 años llamado Fabio bajo Residencias Tahití.

El Estado puede alegar seguridad, cadena de mando o estructuras inestables. Las familias sienten el paso del tiempo. En zonas de desastre, la autoridad gana legitimidad con decisiones transparentes y competencia visible. Cuando los soldados se interponen entre los familiares y los escombros sin una explicación clara, la seguridad empieza a parecer obstrucción. La desconfianza puede durar más que la reconstrucción, y esa tensión se traslada a la siguiente etapa de la recuperación.

El balance oficial alcanzó al menos 4.118 muertos y 16.740 heridos, con 86.794 familias recibiendo asistencia. Cada actualización hace que el desastre sea más fácil de resumir y más difícil de comprender. Los números crean escala, pero aplanan las secuelas privadas: Machado desmayándose en Maracaibo, Urdaneta buscando trabajo, Belkrin esperando fuera de una ruina, familias en campamentos decidiendo si reconstruir cerca de la misma montaña y el mar. Esas escenas muestran lo que los totales no pueden.

Venezuela enfrenta ahora dos recuperaciones. Una es visible: caminos despejados, concreto triturado, campamentos cerrados, edificios levantados. La otra es más lenta y menos obediente a los cronogramas: atención al trauma, medios de vida, decisiones familiares, confianza en las instituciones y el derecho a saber qué ocurrió bajo una casa colapsada. Ambas recuperaciones deben avanzar juntas para que la reconstrucción signifique algo más que reparar.

Urdaneta volvería a Caracas. Su esposa no puede imaginarlo. Entre esas verdades está la reconstrucción de Venezuela: no restaurar el 23 de junio, sino decidir dónde terminará la vida de esta familia y construir una vida que ya no se sienta como si el suelo estuviera a punto de moverse.

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