AMÉRICAS

Madres peruanas buscan a sus hijos perdidos en la maquinaria de guerra rusa en el extranjero

Los reclutas desaparecidos de Perú revelan una ruta oculta que va de la precariedad andina a las trincheras rusas, donde falsas promesas de empleo, pasaportes extraviados, embajadas en silencio y madres en duelo convierten la guerra en Ucrania en una crisis diplomática latinoamericana que Lima ya no puede ignorar.

La guerra llega a la puerta de la embajada

Las mujeres llegaron con fotografías, carteles, oraciones y ese tipo de agotamiento que ninguna oficina gubernamental sabe cómo medir. Afuera de la Embajada de Rusia en el distrito financiero de San Isidro, en Lima, mantuvieron una vigilia desde la noche del lunes hasta la mañana del martes, esperando respuestas sobre hijos, esposos, hermanos y padres reclutados en Rusia para luchar en la guerra contra Ucrania.

Muchas no han tenido noticias de sus familiares en semanas. Algunas recibieron rumores de muerte. Otras solo han recibido silencio. El silencio puede ser la parte más cruel, porque mantiene a la familia atrapada entre el duelo y la esperanza, entre revisar el teléfono y temer lo que pueda decir el próximo mensaje.

Según la defensa legal de las familias, 214 peruanos reclutados en Rusia han sido registrados formalmente. Pero la cifra podría ser mucho mayor. Alrededor de 600 personas afectadas aún no han completado el registro oficial ni el proceso de denuncia, y al menos 20 han muerto en combate, según la información recabada hasta ahora. Las cifras, reportadas en entrevistas atribuidas a EFE, sugieren algo más organizado que una mala suerte dispersa: una red de reclutamiento que llega hasta la vulnerabilidad económica peruana y envía hombres a una guerra extranjera.

La Cancillería peruana ha enviado notas diplomáticas a Rusia por cada uno de los 214 peruanos registrados. Sin embargo, las familias dicen que aún no han recibido respuesta de las autoridades rusas. Durante el fin de semana, el gobierno peruano solicitó ayuda a la delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja para buscar a los ciudadanos afectados.

Esa solicitud es importante. Demuestra que el caso ha pasado de la angustia familiar al terreno humanitario internacional. Cuando un Estado debe pedir a la Cruz Roja que localice a sus ciudadanos en una zona de guerra de un ejército extranjero, el problema ya no es solo consular. Es geopolítico.

Familiares protestan frente a la Embajada de Rusia en Lima, Perú. EFE/Paolo Aguilar

Falsos empleos y teléfonos que desaparecen

Yovana no ha hablado con su hijo en casi un mes. Él solía trabajar en una mina en Perú. Según contó a EFE, fue engañado con la promesa de un trabajo de seguridad en Rusia y un pago inicial de 20.000 dólares que nunca llegó. Ahora ha escuchado información no oficial de que murió en el frente. No quiere creerlo. También teme que haya personas intentando lucrar con la tragedia vendiendo información falsa a familias desesperadas.

Su historia retrata la maquinaria de explotación. Un hombre deja un trabajo en la mina, probablemente ya parte de la economía dura que empuja a los peruanos a empleos riesgosos, y sigue una promesa en el extranjero. Trabajo de seguridad. Un pago grande. Una oportunidad de cambiar la suerte de la familia. Luego el contrato se convierte en otra cosa. El teléfono deja de funcionar. La familia espera.

La vigilia duró unas 15 horas. La mayoría de quienes estaban afuera de la embajada eran mujeres. Lloraron, rezaron, sostuvieron carteles y exigieron que Rusia explique si sus familiares están heridos, muertos, detenidos, desplegados o vivos en algún lugar sin documentos. Un cartel decía: “No son carne de guerra”. Otro, escrito en ruso, denunciaba condiciones descritas como inhumanas: sin pasaporte, sin teléfono, sin dinero, sin comida, sin descanso.

Narma, cuyo hijo habría viajado a Rusia creyendo que trabajaría como cocinero, dijo a EFE que las familias quieren respuestas. La Cancillería peruana ya ha enviado documentos a la Embajada de Rusia, señaló, y los familiares necesitan saber en qué condiciones están sus seres queridos, si están heridos, muertos o en zonas de peligro.

Los detalles son dolorosamente consistentes. Los hombres fueron reclutados bajo promesas laborales. Familias incomunicadas. Teléfonos retirados o perdidos. Pasaportes inaccesibles. Semanas sin comunicación. El abogado Marcelo Tataje dijo a EFE que muchos peruanos reclutados pasan hasta seis semanas de silencio total cuando los trasladan de una base de entrenamiento al frente de guerra. A veces después recuperan sus teléfonos. Por eso, el equipo legal pide a las familias que mantengan la esperanza, incluso cuando no hay noticias.

La esperanza, en este contexto, se convierte tanto en medicina como en tortura.

Familiares protestan frente a la Embajada de Rusia en Lima, Perú. EFE/Paolo Aguilar

Una guerra latinoamericana por encargo

Los casos peruanos no son aislados. Tataje dijo que la defensa está en contacto con casos similares de ecuatorianos y colombianos reclutados por Rusia. También señaló que buscan ejercer presión para que la Comunidad Andina, integrada por Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, intervenga.

Ese enfoque regional es clave. La guerra en Ucrania se libra en Europa del Este, pero su mercado laboral se ha vuelto global. La necesidad de mano de obra de Rusia parece estar llegando a sociedades más pobres y desiguales, lejos del campo de batalla, donde una promesa de dólares puede pesar más que el miedo, especialmente entre hombres que ya conocen la precariedad laboral, la migración y el abandono estatal.

Para América Latina, esto es una advertencia sobre la soberanía en la era de las guerras lejanas. Un país no necesita enviar tropas oficialmente para que sus ciudadanos se conviertan en combatientes. Pueden ser captados por redes informales, contratos falsos, pobreza, engaño y la debilidad de la protección consular. El campo de batalla se expande en silencio, no por invasión, sino por reclutamiento.

Perú es especialmente vulnerable a este tipo de promesas. El país ha soportado años de inestabilidad política, profundas desigualdades regionales, prácticas laborales informales, dependencia minera y desconfianza en las instituciones. Un trabajador que cree que un empleo en Rusia puede darle 20.000 dólares no es simplemente ingenuo. Responde a un sistema económico que ya le enseñó que el riesgo a veces es la única salida.

Eso es lo que hace que la crisis sea más grande que Rusia y Perú. Expone cómo el conflicto global se alimenta de la desigualdad. Hombres de los Andes, de pueblos mineros, de barrios obreros, pueden terminar en trincheras porque las guerras del mundo han aprendido a tercerizar el peligro. Los estados ricos compran tecnología. Los hombres pobres ponen los cuerpos.

El gobierno peruano enfrenta ahora una prueba difícil. Las notas diplomáticas son necesarias, pero no suficientes. Lima debe presionar más a Moscú, coordinar con la Cruz Roja, recopilar testimonios, identificar reclutadores, advertir a los ciudadanos y trabajar con otros gobiernos andinos para determinar si opera una red más amplia de trata o engaño. Si colombianos y ecuatorianos están en situaciones similares, esto ya no es un incidente nacional. Es una emergencia regional de seguridad y derechos humanos.

El caso también obliga a América Latina a pensar más allá de su postura geopolítica habitual sobre Ucrania. Gran parte de la región ha intentado mantenerse cautelosa, equilibrando principios de soberanía con lazos económicos y divisiones ideológicas. Pero la neutralidad se vuelve más difícil cuando ciudadanos latinoamericanos desaparecen en la maquinaria de la guerra.

Afuera de la Embajada de Rusia, las mujeres ya lo saben. No hablan en abstracto. Sostienen fotos. Dicen nombres. Preguntan si sus hijos están vivos.

La guerra ha recorrido miles de kilómetros y ha llegado a Lima no como una estrategia, sino como una madre de pie durante la noche, esperando que se abra una puerta.

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