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Uruguay conmemora un crimen del Cóndor que aún persigue a la democracia cincuenta años después

Cincuenta años después de que Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelaw fueran asesinados en Buenos Aires, Uruguay enfrenta la herida inconclusa del Plan Cóndor, donde la memoria, los archivos, el silencio militar y la frágil dignidad de la democracia siguen chocando.

La noche en que se asesinó la política

Algunos crímenes no terminan cuando se encuentran los cuerpos. Permanecen dentro del lenguaje político de un país, en sus silencios, en la forma en que las familias pronuncian un nombre en la mesa y de repente bajan la voz. Uruguay aún convive con uno de esos crímenes.

El 20 de mayo de 1976, los legisladores uruguayos Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz fueron asesinados en Buenos Aires junto a los exmilitantes tupamaros Rosario Barredo y William Whitelaw. Los asesinatos se convirtieron en uno de los crímenes más emblemáticos del Plan Cóndor, la maquinaria de represión mediante la cual las dictaduras sudamericanas coordinaron vigilancia, secuestro, tortura y asesinato a través de las fronteras.

Medio siglo después, el hecho ya no es solo un episodio en la historia de la dictadura. Es una prueba de lo que Uruguay cree que significa la democracia cuando los muertos no son anónimos, cuando los verdugos eran agentes del Estado y cuando muchas familias aún no saben dónde están sus seres queridos.

En entrevistas con EFE en Montevideo, Santiago Gutiérrez, nieto de Héctor Gutiérrez Ruiz y diputado del Partido Nacional, describió los asesinatos como “el asesinato del sistema de partidos formal” en Uruguay. Rafael Michelini, hijo de Zelmar Michelini y senador del Frente Amplio, los calificó como “el principio del fin” de la dictadura cívico-militar que gobernó el país entre 1973 y 1985.

Las dos frases provienen de casas políticas diferentes, y precisamente por eso son importantes. No fue una herida que perteneciera a un solo partido, familia o corriente ideológica. La dictadura golpeó a figuras que representaban la amplitud de la vida política uruguaya. Zelmar Michelini había comenzado en el Partido Colorado y luego ayudó a fundar el Frente Amplio. Héctor Gutiérrez Ruiz fue presidente de la Cámara de Representantes por el Partido Nacional. En sus muertes, Uruguay vio no solo crueldad individual, sino un mensaje directo a todo el orden político: ninguna institución era sagrada, ningún exilio era seguro, ninguna legitimidad democrática podía proteger a un ciudadano del terror estatal.

Rafael Michelini dijo a EFE que los asesinos buscaron transmitir que “nadie estaba a salvo del terror”. También afirmó que su padre, Gutiérrez Ruiz, Barredo y Whitelaw fueron asesinados por la dictadura uruguaya. Para él, ese momento ayudó a romper el apoyo social a los represores porque la sociedad uruguaya trazó una línea: “con asesinos, no”.

La Marcha del Silencio, realizada en memoria de los legisladores asesinados Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, en Montevideo, Uruguay. EFE

Un crimen contra toda la República

Los recuerdos personales permanecen más nítidos que las fechas oficiales. Rafael Michelini recuerda las palabras del día en que su padre fue secuestrado en Buenos Aires el 18 de mayo de 1976: “Se llevaron a papá, no vuelve más.” Tres días después llegó la noticia de que habían encontrado los cuerpos.

Hay una terrible condensación en esa frase. Un niño no necesitaba un expediente judicial para entender lo que los adultos ya sabían. Bajo el Plan Cóndor, la desaparición no era confusión. Era un método. El secuestro era un mensaje. La demora entre el rapto y el hallazgo se convertía en un corredor de terror donde las familias imaginaban todos los dolores posibles antes de recibir el dato final.

Santiago Gutiérrez nació casi 20 años después del asesinato de su abuelo. Su vínculo con el crimen llegó a través de la memoria familiar, el registro público y el documental “D.F. Destino Final”, realizado por su tío Mateo Gutiérrez, que reconstruye las investigaciones mostrando el lado más humano de los legisladores. Esa distancia generacional es importante. Uruguay está ahora en una etapa en la que la memoria de la dictadura debe sobrevivir sin apoyarse únicamente en quienes la vivieron directamente.

Ahí es donde la cultura democrática se fortalece o se debilita. El peligro para cualquier sociedad posdictadura no es solo la negación. Es el cansancio. La silenciosa tentación de decir que ya pasó suficiente tiempo. El deseo de convertir los crímenes de Estado en tristes aniversarios en lugar de obligaciones vivas. Pero crímenes como los asesinatos del 20 de mayo no pertenecen al pasado en el sentido común porque las condiciones que los permitieron, la obediencia institucional, la deshumanización ideológica, el secreto militar y la coordinación internacional, siempre pueden regresar con nuevos ropajes.

El Plan Cóndor fue la geopolítica convertida en política de asesinato. Su lógica era regional, no solo nacional. Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil compartieron inteligencia y represión bajo el anticomunismo de la Guerra Fría, muchas veces con la tolerancia o el respaldo de la doctrina de seguridad de Estados Unidos. El Cono Sur se transformó en un terreno de caza donde las fronteras dejaron de proteger a los ciudadanos y, en cambio, ayudaron a las dictaduras a alcanzarlos. Buenos Aires no era territorio extranjero para los represores uruguayos. Era una extensión de su impunidad.

Esa lección importa para América Latina hoy. Cuando los Estados cooperan sin control democrático, cuando la seguridad se impone sobre los derechos, cuando los enemigos se definen como infecciones internas en vez de adversarios políticos, la región ya sabe adónde puede conducir ese camino. El lenguaje cambia. La tecnología mejora. La vieja doctrina de seguridad nacional se convierte en el nuevo discurso de orden, emergencia, antiterrorismo o lucha contra el crimen. Pero el peligro es conocido: el Estado decidiendo que ciertos cuerpos pueden ser excluidos de la ley.

La Marcha del Silencio, realizada en memoria de los legisladores asesinados Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, en Montevideo, Uruguay. EFE

Los desaparecidos siguen haciendo preguntas

Las familias de Michelini y Gutiérrez Ruiz saben dónde están sus seres queridos y qué les ocurrió. Ese conocimiento no borra el dolor, pero le da al duelo una tumba, un lugar, una certeza. Muchas otras familias uruguayas ni siquiera tienen eso.

A comienzos de mayo, la Asociación de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos y Desaparecidos se reunió con el presidente Yamandú Orsi. Le pidieron que ordene a las Fuerzas Armadas entregar información sobre el paradero de los desaparecidos. Rafael Michelini cree que la decisión debe llegar mediante un decreto que ordene la recuperación de archivos, pistas, testimonios orales y otros materiales, asignando responsabilidades dentro de las Fuerzas Armadas para ubicar posibles documentos vinculados a los desaparecidos.

Santiago Gutiérrez dijo a EFE que esto es institucionalmente importante y necesario. Sin embargo, duda de su eficacia porque los responsables no sienten remordimiento. Sus palabras son contundentes: incluso en la guerra, dijo, llega un momento en que las armas se detienen, se atiende a los heridos y se llora a los muertos. Ni siquiera permitieron eso.

Ese es el corazón del problema no resuelto. La dictadura no solo mató. Negó el entierro, la verdad y los rituales mínimos con los que una sociedad reconoce la humanidad de los muertos. En la memoria política latinoamericana, la desaparición es un doble crimen: contra la persona y contra el tiempo. Obliga a las familias a vivir permanentemente entre la esperanza y la evidencia, entre el duelo y la búsqueda.

Gutiérrez dice que la búsqueda de los desaparecidos se ha convertido en política de Estado, señalando que los tres principales partidos de Uruguay, cuando han estado en el poder, han tomado acciones ejecutivas sobre el tema, algunos con más énfasis retórico que otros. Ese consenso es valioso, pero no es suficiente si no atraviesa el silencio militar que aún protege la información.

El cincuentenario no debe usarse para aplanar los desacuerdos de Uruguay sobre la dictadura, los años previos o la política posterior. Las democracias no requieren memorias idénticas. Pero sí requieren un piso compartido. Gutiérrez tiene razón en que el 20 de mayo debe llevar a un acuerdo sobre un punto básico: es inaceptable que algún uruguayo no haya regresado a su hogar por acción del Estado.

Esa frase debería viajar más allá de Uruguay. En toda América Latina, donde las viejas tentaciones autoritarias aún susurran en medio de crisis de seguridad y polarización, los crímenes del Cóndor siguen siendo una advertencia. Una república no muere solo cuando los tanques entran en las calles. También muere cuando el Estado aprende a cazar a sus ciudadanos y lo llama orden.

Cincuenta años después, Uruguay sigue preguntando dónde están los desaparecidos. También pregunta qué tipo de democracia se puede construir cuando la verdad sigue encerrada en cuarteles, archivos y bocas culpables. La respuesta decidirá si la memoria se convierte en ceremonia o en justicia.

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