Liberaciones en cárceles de Venezuela exponen el precio de la libertad tras la caída repentina de Maduro
Las prometidas 300 liberaciones en cárceles de Venezuela no han silenciado a las familias que exigen la libertad de todos los detenidos políticos, mientras las muertes bajo custodia, denuncias de tortura, presión de EE.UU. y la política de transición post-Maduro convierten las puertas de las prisiones en la prueba democrática nacional más reveladora del país en este momento.
La libertad medida en números incompletos
En Venezuela, que se abra la puerta de una cárcel no siempre suena a justicia. A veces suena a aritmética. Trescientas liberaciones prometidas. Más de 8,000 personas supuestamente beneficiadas por una ley de amnistía, la mayoría ya en libertad condicional. El gobierno contó más de 800 liberaciones en enero. Alrededor de 25 presos políticos verificados como liberados por Foro Penal hasta la mañana del miércoles. Ocho más reportados por el Comité por la Libertad de los Presos Políticos desde la sede de la Policía Nacional Bolivariana en La Yaguara, Caracas.
Los números se mueven. Las familias esperan.
El gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez prometió esta semana otorgar 300 liberaciones, presentando la medida como otra señal del “nuevo momento político” de Venezuela tras la captura en EE.UU. del expresidente Nicolás Maduro. Pero el miércoles, familiares de presos políticos y defensores de derechos humanos respondieron con una marcha silenciosa hasta el Ministerio de Servicio Penitenciario. Su mensaje no fue de gratitud. Fue de insistencia.
“Tiene que ser para todos”, gritaron los manifestantes al final de la protesta, según entrevistas y reportes acreditados a EFE. “Delcy, no son 300; la orden es que sea para todos”.
Esa frase contiene la línea divisoria de la transición venezolana. La libertad parcial puede salvar vidas reales. Nadie debe minimizar el significado de que una persona salga de prisión, escuche la voz de su familia sin guardias cerca o duerma bajo un techo conocido. Pero la libertad parcial también puede convertirse en un instrumento político. Puede dividir a las familias entre los aliviados y los que siguen desesperados. Puede convertir los derechos en favores. Puede permitir que un gobierno venda misericordia mientras evita rendir cuentas sobre por qué tantas personas fueron detenidas en primer lugar.
Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, anunció el martes que 300 personas serían liberadas esta semana como parte de una nueva ronda de medidas. Dijo que las liberaciones avanzarían junto a las otorgadas por la ley de amnistía de febrero, que según las autoridades ha beneficiado a más de 8,000 personas. También señaló que la última ronda comenzó el lunes con la liberación de un adolescente de 16 años y de Merys Torres de Sequea, de 71 años, madre del capitán Antonio Sequea, sentenciado a 24 años por su participación en el fallido ataque marítimo contra el gobierno de Maduro en mayo de 2020.
Esos detalles importan porque revelan tanto el alcance como la ambigüedad del proceso. Venezuela no está liberando solo a figuras opositoras famosas. Está tocando expedientes antiguos, casos militares, menores de edad, familiares ancianos, personas en libertad condicional y detenidos cuyos nombres solo conocen sus familias y abogados. El país no está sanando una sola herida. Está abriendo un archivo.

Los muertos aún marchan en la protesta
La marcha hacia el ministerio penitenciario fue silenciosa al principio, pero en Venezuela el silencio nunca ha significado vacío. Muchos participantes cubrieron sus bocas con cinta negra y portaron carteles con fotografías y nombres de presos políticos. En el centro de la protesta, sostenían un ataúd de cartón con los nombres de los detenidos que murieron bajo custodia del Estado.
La razón inmediata fue el caso de Víctor Hugo Quero Navas, cuya muerte bajo custodia estatal fue reportada por el gobierno el 7 de mayo, después de que su madre, Carmen Teresa Navas, pasara 16 meses denunciando su desaparición. Ella falleció el domingo. Su historia da a la crisis su forma más cruel: una madre buscó, esperó, habló y murió casi al mismo tiempo que el Estado finalmente reconocía lo que había pasado con su hijo.
Por el caso de Quero, los familiares convocaron la protesta. Al llegar al ministerio, sus consignas se agudizaron: “ni una muerte más”, “cierren los centros de tortura” y “ministra indolente, destitución urgente”.
“Estamos denunciando lo que sigue ocurriendo en Venezuela”, dijo a EFE Andreína Baduel, integrante de CLIPP. Señaló que con Quero, ya son 27 los presos políticos que han muerto bajo custodia estatal desde 2014. Advirtió que ninguno ha recibido verdadera justicia.
Esa cifra debería detener al país. Veintisiete muertes bajo custodia no son solo una estadística de derechos humanos. Son una acusación contra el poder del Estado sobre cuerpos ya desarmados. Una muerte en prisión nunca es solo un asunto carcelario cuando el detenido es político. Pregunta si el Estado usó el encierro para castigar, quebrar, silenciar, ocultar o deshacerse de una persona.
Aurora Silva, esposa del recién liberado opositor Freddy Superlano, dijo a EFE que el objetivo debe ser la libertad para todos, para que los detenidos salgan de “esas cárceles injustas”. Sus palabras apuntan al problema moral detrás de los anuncios de liberación. Que hoy se abra la puerta no borra la celda de ayer. El preso que sale lleva consigo la prueba de un sistema que aún mantiene a otros adentro.

La transición no puede ser una transacción.
Las apuestas geopolíticas son más grandes que el sistema penitenciario. Las liberaciones llegan una semana después de que el presidente de EE.UU., Donald Trump, dijera que su gobierno garantizaría la liberación de todos los venezolanos encarcelados por razones políticas. En la Venezuela post-Maduro, moldeada por la presión de Washington, el alivio de sanciones, la negociación diplomática y el intento de Delcy Rodríguez de estabilizar el poder, los presos políticos se han convertido tanto en seres humanos como en moneda de negociación.
Eso es peligroso.
Si las liberaciones son impulsadas principalmente por la presión de EE.UU., pueden salvar vidas mientras debilitan la legitimidad democrática de Venezuela. Si son producto del cálculo gubernamental, pueden convertirse en un espectáculo de generosidad controlada. Si ocurren sin verdad, investigación, reparación y reforma institucional, corren el riesgo de convertirse en una puerta giratoria donde el Estado retiene el poder de encarcelar de nuevo cuando cambie la política.
América Latina conoce este patrón. Las transiciones suelen comenzar con gestos: amnistías, liberaciones, ministerios renombrados, nuevas alianzas, lenguaje más suave. Pero una verdadera transición democrática requiere desmantelar la maquinaria que permitió la detención arbitraria. Requiere jueces que no sean obedientes, fiscales que no sean armas, estructuras de inteligencia policial que no desaparezcan personas, cárceles que no sean laboratorios de castigo y archivos que puedan abrirse sin miedo.
Para Venezuela, el tema también es regional. La crisis carcelaria del país está ligada a la migración, la diplomacia de sanciones, las negociaciones energéticas, la credibilidad democrática y el equilibrio de poder entre Caracas y Washington. Una Venezuela que quiere inversión, reconocimiento y reintegración en la diplomacia latinoamericana no puede seguir tratando la libertad política como una concesión escenificada. Debe demostrar que los derechos ya no dependen del momento político.
Las familias afuera del ministerio entienden esto mejor que muchos diplomáticos. No piden un reinicio de relaciones públicas. Piden nombres, cuerpos, órdenes de liberación, atención médica, rendición de cuentas y el fin del sistema que los hizo pararse en la calle con ataúdes de cartón.
Trescientas liberaciones pueden importar. Veinticinco liberaciones verificadas pueden importar. Ocho nombres de La Yaguara pueden importar. Pero el lema sigue siendo la medida de la verdad: tiene que ser para todos.
Hasta entonces, cada puerta abierta en Venezuela seguirá proyectando la sombra de las celdas que deja atrás.
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