AMÉRICAS

El terremoto de La Guaira convierte un vuelo de deportación en el regreso más cruel a Venezuela

Después de que el vuelo 164 llevara a deportados venezolanos desde Estados Unidos a La Guaira, dos terremotos destrozaron su regreso forzado, dejando a las familias persiguiendo nombres entre morgues, hospitales, escombros y silencio en un país ya agotado por la migración y la pérdida.

Una llamada antes de que la tierra se abriera

La llamada desde La Guaira debió haber sido el final de una pesadilla, no el comienzo de otra.

Abelardo Rincón, de 23 años, había estado fuera el tiempo suficiente para construir el esbozo de una vida estadounidense en Georgia. Trabajaba en una concesionaria de autos. Se casó. Esperaba el nacimiento de una hija que lo conocería primero como una voz y luego, esperaba él, como un padre parado junto a su cuna. Durante seis años, Estados Unidos fue el lugar donde trabajó, planeó y se hizo útil.

Luego vino la detención durante la ofensiva migratoria del presidente Donald Trump. Luego la custodia. Luego un vuelo de deportación. Luego Venezuela.

Rincón aterrizó el 24 de junio a bordo del vuelo 164 junto a más de 140 venezolanos, según reportes de la BBC realizados por Nicole Kolster Luces y Sheila Flynn, cuyas entrevistas capturaron la búsqueda desgarradora de las familias. Aún bajo custodia, llamó a sus familiares en Atlanta. Les contó que él y otros deportados estaban siendo alojados en un hotel costero cerca de La Guaira tras chequeos médicos y trámites de documentación.

Unas horas después, dos terremotos sacudieron la zona.

Las cifras oficiales le dieron al desastre una dimensión nacional: al menos 2,200 muertos, más de 10,000 heridos y 50,000 desaparecidos, según cifras de Naciones Unidas citadas en los reportes. Pero los números no explican la crueldad particular del vuelo 164. Eran personas cuyas familias ya habían sobrevivido a las pequeñas muertes de la migración: una silla vacía en la cena, una llamada de WhatsApp cortada por mala señal, un niño aprendiendo a dejar de preguntar cuándo volverá alguien a casa.

Ahora a esas mismas familias se les pedía buscarlos dos veces. Primero a través de los sistemas de detención. Luego entre los escombros.

Rescatistas del Ejército Mexicano realizan labores de búsqueda de sobrevivientes el martes en La Guaira, Venezuela. EFE/Miguel Gutiérrez

El hotel se convirtió en frontera

El Hotel Santuario La Llanada se suponía que sería temporal. Un lugar de paso. Una pausa administrada por el Estado entre la deportación y lo que viniera después. Según los reportes, entre los pasajeros había 19 mujeres y siete niños, personas que regresaban a un país que muchos habían dejado porque el trabajo, la comida, la seguridad o la posibilidad se habían agotado.

La Guaira, con su memoria portuaria y su cansancio de aire salino, ha sido durante mucho tiempo uno de los umbrales de Venezuela. Por allí pasan personas. Por allí pasan mercancías. Por allí pasan la esperanza y los trámites gubernamentales. En América Latina, las ciudades costeras suelen tener ese doble significado: ruta de escape y muelle de llegada, promesa y castigo.

Para los deportados, el hotel se convirtió en algo más. Se volvió una frontera dentro de la patria.

El Departamento de Seguridad Nacional de EE.UU. dijo a la BBC que el vuelo llegó de manera segura a Venezuela y que todos los “extranjeros ilegales” a bordo fueron devueltos a casa. La agencia agregó que, una vez que una persona ya no está bajo custodia de ICE, ICE deja de ser responsable por ella. Esa frase tiene la fría perfección de la burocracia. Marca un final jurisdiccional. Para las familias, nada había terminado.

El abuelo de Rincón, José Rincón, buscó en morgues, incluso en Caracas. Dijo que vio al menos 200 cuerpos buscando a su nieto. Intentó llegar al hotel destruido, pero las autoridades venezolanas bloquearon el acceso y le dijeron que “no había vida” en el lugar. En las entrevistas de la BBC, su angustia tenía el ritmo de alguien atrapado entre la prueba y la oración. Si tan solo pudiera ver los escombros, dijo, tal vez se sentiría conforme. Habían pasado días y aún no encontraba a Abelardo, ni vivo ni muerto.

Ahí es donde los datos se vuelven insoportables, no en el total de muertos, sino en los desaparecidos cuyos nombres quedan entre categorías. Un cuerpo puede ser enterrado. Un sobreviviente puede ser atendido. Un desaparecido se convierte en un cuarto del que nadie puede salir.

Darwin Eliecer Serrano López, de 35 años, llamó a un primo a las 5:32 a.m. para decirle que estaba de regreso tras cuatro años en Estados Unidos. El primer terremoto ocurrió menos de media hora después. Su familia condujo toda la noche. Los familiares dijeron que había estado detenido en Chicago, luego pasó por cuatro centros de detención antes de ser puesto en el vuelo.

Para el lunes, su prima Paola Chacón había empezado a aceptar que estaba muerto, aunque no había respuesta oficial. Su esposa, Mildrey Sarazo, no lo veía desde hacía tres años. Aún no les había contado toda la verdad a sus hijas, de 9 y 15 años. Quería su cuerpo, le dijo a la BBC, para que la familia pudiera identificarlo y enterrarlo con certeza.

La certeza es un derecho humano que ningún expediente migratorio puede reemplazar.

Un rescatista reacciona junto a un edificio afectado por los terremotos el martes en La Guaira, Venezuela. EFE/Miguel Gutiérrez

Un país hecho para irse se enfrenta al regreso

La crisis de Venezuela ha hecho que partir sea algo común y regresar, algo complicado. Millones se han ido en los últimos años, dispersándose por América Latina y Estados Unidos, enviando dinero a hogares donde las remesas suelen ser tanto un salvavidas como una disculpa. Volver a la fuerza no es simplemente cruzar la frontera en sentido inverso. Es enfrentar la razón por la que uno se fue.

Por eso el vuelo 164 es más que una historia de deportación. Se ubica en la intersección entre la política migratoria de EE.UU., el control estatal venezolano, la respuesta ante desastres y la economía íntima de la supervivencia. Un gobierno dice que la custodia terminó. Otro controla el acceso a los escombros. Las familias hacen el trabajo intermedio, llevando nombres de los pasillos del hospital a las puertas de la morgue.

Daniel Alejandro Núñez, de 28 años, también llamó a su madre tras regresar, aún bajo custodia estatal. Su padrastro, José Alejandro Abache, dijo a BBC Mundo que buscaron en hospitales, morgues, en todas partes. La repetición es familiar en América Latina, donde las familias a menudo se convierten en sus propios investigadores cuando las instituciones no hablan con claridad.

Algunos pasajeros sobrevivieron, lo que profundizó el horror en vez de aliviarlo. Lisbeth Portillo, de 58 años, estaba acostada en una habitación del segundo piso con otras 16 mujeres cuando el edificio colapsó. Contó a Associated Press que vio a la mujer a su lado empezar a caer y luego escuchó gritos. Dijo que Dios le dio una segunda oportunidad.

Anderson Daniel Salcedo, de 22 años, fue hallado en el hospital universitario de Caracas tras casi dos días atrapado bajo los escombros, según reportó Reuters. Su familia supo que había sobrevivido, luego supo que le amputaron las piernas. Había vivido en Estados Unidos durante tres años, enviando dinero a casa antes de que la deportación lo pusiera en ese hotel. Su abuela, Marlene Lozano, dijo que no tenía documentos, ni forma de ser registrado, ni de comunicarse.

Esa ausencia de documentos no es un detalle menor. En la migración moderna, los papeles deciden si una persona existe claramente dentro de un sistema. Sin ellos, un hijo puede convertirse en un paciente desconocido, un esposo en un rumor, un deportado puede desaparecer dentro de su propio país.

La Guaira ahora guarda esa lección cruel. El hogar no siempre es seguro. El regreso no siempre es rescate. Para las familias del vuelo 164, el terremoto no comenzó cuando la tierra se movió. Comenzó cuando el avión aterrizó, cuando el Estado tomó la custodia, cuando sonó el teléfono, cuando un ser querido dijo que había vuelto y luego desapareció otra vez.

*Adaptado del reportaje original de la BBC “The US deported them to Venezuela – hours later earthquakes struck” de Nicole Kolster Luces y Sheila Flynn: https://www.bbc.com/news/articles/c3eyxjy01y3o

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