Nicaragua entierra el voto y profundiza su peligrosa aislamiento geopolítico
La declaración de Daniel Ortega de que Nicaragua no celebrará más elecciones competitivas convierte la deriva autoritaria en un mandato permanente, amenazando la economía del país, profundizando la inestabilidad regional y atando la soberanía nacional a un régimen familiar frágil cada vez más sostenido por la represión y padrinos extranjeros.
Una revolución contra su propia promesa
En el mitin que marcó los 47 años desde la Revolución Sandinista, la gente pasaba camisetas impresas con los íconos de la izquierda latinoamericana. En el escenario, Daniel Ortega usó el aniversario de la derrota de una dictadura para anunciar algo familiar.
“Aquí nunca más habrá elecciones”, dijo Ortega en declaraciones recogidas por EFE, dejando claro que ningún voto podrá amenazar el gobierno que comparte con su esposa, Rosario Murillo. La frase fue corta. Su sombra, no. Convirtió años de competencia manipulada en una doctrina de poder permanente.
La inversión histórica es brutal. La revolución de 1979 derrocó a Anastasio Somoza Debayle, el último gobernante de una dinastía familiar que trataba al Estado como propiedad. Ortega, quien fue guerrillero en esa lucha, ahora tiene 80 años y gobierna de manera continua desde 2007. Murillo se convirtió en “copresidenta” mediante una reforma constitucional en febrero de 2025, no por un mandato popular separado.
Esa reforma cambió más del 90 por ciento de la Constitución, según expertos de las Naciones Unidas. Prolongó el mandato presidencial, subordinó instituciones antes descritas como poderes separados y amplió la maquinaria utilizada para despojar de la nacionalidad a los críticos. El Estado ya no controla a la presidencia. Emana de ella.
Ortega dijo que su gobierno construiría un “muro” legal contra los opositores a quienes llamó golpistas y traidores financiados por Washington. El lenguaje sitúa el desacuerdo fuera de la ciudadanía misma. Un maestro, sacerdote, periodista o estudiante no solo se opone al gobierno. Bajo esta lógica, esa persona se convierte en instrumento de un enemigo extranjero.
Así es como una papeleta desaparece antes que la urna. Los rivales son encarcelados o exiliados. Los partidos se vacían. Las instituciones se renombran. Finalmente, el gobernante declara que la alternancia es traición. Las elecciones dejan de ser un derecho público y pasan a ser una amenaza a la seguridad.

Soberanía con un salvavidas estadounidense
Ortega presenta este cierre como defensa nacional, pero la economía de Nicaragua expone lo vacío de esa afirmación. El comercio bilateral de bienes con Estados Unidos alcanzó un estimado de 7.400 millones de dólares en 2025, incluyendo 5.000 millones en exportaciones nicaragüenses. Un gobierno puede denunciar a los “yanquis” desde una tarima, pero los obreros de fábrica, cafetaleros y exportadores siguen dentro de esa relación.
La economía no se ha derrumbado, y los sistemas autoritarios suelen sobrevivir señalando la estabilidad. El Fondo Monetario Internacional proyectó un crecimiento del 3,4 por ciento para 2026 y destacó baja inflación, fuertes reservas y remesas robustas. También advirtió que políticas comerciales y migratorias estadounidenses más estrictas, sanciones más amplias, débil estado de derecho y derechos de propiedad inciertos podrían frenar la inversión.
La estrategia política del régimen, por lo tanto, aumenta la exposición geopolítica que dice resistir. El fin de la competencia electoral invita a sanciones más duras y presión comercial. Esas medidas rara vez afectan solo a los círculos presidenciales. Se filtran en las nóminas, el crédito, la maquinaria y los precios de los hogares. El liderazgo gana un enemigo para sus discursos. El país absorbe la factura.
Las remesas suavizan esa factura, pero conllevan un costo íntimo. El dinero llega porque la gente se fue. Desde 2018, más de 300.000 nicaragüenses han solicitado asilo en Costa Rica, según la agencia de la ONU para los refugiados. Cada envío puede alimentar a una familia mientras registra la partida de una enfermera, mecánico, estudiante o comerciante.
Este flujo hacia afuera es geopolítico. Costa Rica debe ampliar servicios de asilo, escuelas y clínicas. Nicaragua pierde ciudadanos en edad productiva mientras se vuelve más dependiente de los dólares que ganan en el extranjero. Represión, migración y remesas forman un circuito que puede mantener la economía respirando mientras debilita al país por dentro.

Un Estado familiar se convierte en un riesgo regional
Ortega también usó el discurso de aniversario para defender al depuesto líder venezolano Nicolás Maduro, capturado por fuerzas estadounidenses en Caracas en enero y llevado a Nueva York para enfrentar cargos federales. Ortega calificó la operación de monstruosidad, según EFE. La intervención planteó serias preguntas sobre la soberanía, pero Ortega convierte esa preocupación en un escudo contra la rendición de cuentas interna.
Esa es la trampa. Las acciones coercitivas de Washington le dan propaganda a Managua, mientras que la represión de Managua le da justificación a Washington para ejercer presión. Los nicaragüenses quedan atrapados entre lenguajes políticos que tratan a su país como terreno. Uno invoca el antiimperialismo mientras elimina el voto. El otro invoca la democracia mientras demuestra que el poder militar puede redibujar un gobierno vecino.
El resultado probable es un alineamiento más profundo con China, Rusia, Cuba y el aparato gobernante que queda en Venezuela. Nicaragua mejoró relaciones con Pekín en 2023 mientras buscaba apoyo en medio de sanciones occidentales. Sin embargo, esos socios no pueden reemplazar fácilmente el mercado estadounidense, las remesas de la diáspora ni la geografía centroamericana. La alineación puede proteger a la familia gobernante mientras reduce el margen de maniobra de la nación.
Existe otro peligro, más silencioso y cercano. Las elecciones también son mecanismos de sucesión. Al eliminarlas, un líder envejecido y su copresidenta no electa vuelven opaca la transferencia de poder. Cuando desaparecen las reglas, las rivalidades se trasladan a puertas cerradas, a través de instituciones de seguridad y redes familiares. La estabilidad se vuelve personal, por lo tanto, temporal.
En el escenario del aniversario en Managua, la revolución fue celebrada como memoria mientras su promesa central quedaba sellada. Nicaragua no se vuelve más soberana negando a sus ciudadanos la posibilidad de elegir. Se vuelve más dependiente, aislada y vulnerable ante los de afuera.
La papeleta era imperfecta mucho antes de que Ortega la enterrara. Aun así, ofrecía una puerta. Ahora el gobierno está tapiando esa puerta y pidiendo al país que llame libertad al muro.
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