ECONOMÍA

Venezuela reconstruye tras los terremotos mientras el concreto se convierte en la nueva moneda

La recuperación de Venezuela tras los terremotos entra en su fase más difícil, haciendo crucial reconstruir la confianza, aplicar códigos de construcción más seguros y decidir qué muros pueden levantarse primero para restaurar la confianza entre los responsables políticos y los ingenieros.

Cuando el cemento se convierte en triaje

En Catia La Mar, donde los edificios dañados miran al Caribe y los escombros han llegado hasta la orilla, una grieta ya no es solo una grieta. Puede ser una advertencia, una factura o una orden de desalojo que aún no ha sido escrita.

El gobierno de Venezuela afirma que al menos 856 edificios resultaron afectados por los recientes terremotos, incluidos 190 que colapsaron. La cifra podría aumentar porque los inspectores no han llegado a todas las estructuras, y algunos edificios que aún están en pie podrían ser inseguros. Cerca de 18,000 personas perdieron sus hogares. Las autoridades estiman que finalmente podrían necesitarse 25,000 viviendas.

Esa magnitud convierte la reconstrucción en una competencia por cosas ordinarias. Cemento, bloques de concreto, camiones, ingenieros y albañiles con suficiente experiencia para saber cuándo una pared puede ser reparada y cuándo debe ser demolida.

“Todos quieren reparar sus grietas rápido”, dijo el ingeniero estructural Esteban Tenreiro a EFE. Luego planteó la pregunta que ronda los barrios: ¿Comenzará la gente a pelear por el cemento y la mano de obra calificada que queda?

Podrían hacerlo, a menos que la respuesta se organice cuidadosamente. Venezuela no parte de la abundancia. Años de inflación, escasez, deterioro institucional y migración profesional han debilitado el ahorro de los hogares y la capacidad técnica. Una carrera por reconstruir podría hacer subir los precios, favoreciendo a las familias con dólares, transporte o conexiones. Al mismo tiempo, los residentes más pobres esperan junto a sus casas dañadas.

Tenreiro, hijo del ganador del Premio Nacional de Arquitectura Oscar Tenreiro, dice que hospitales, escuelas y edificios públicos gravemente dañados deben ser la prioridad. Eso es triaje social. Una clínica o aula en funcionamiento estabiliza a todo un distrito.

Las familias quieren volver a sus casas y recuperar el ritmo diario. Pero las reparaciones hechas antes de una evaluación estructural pueden ocultar daños o crear una falsa confianza. La urgencia puede convertirse en otro peligro.

Miembros de la agencia de Protección Civil de Venezuela buscan cuerpos entre los escombros de edificios destruidos por los terremotos en Catia La Mar, La Guaira, Venezuela. EFE/Miguel Gutiérrez

Un código de colores no es una red de seguridad

El gobierno ha introducido un lenguaje de verde, amarillo y rojo. Verde significa que un edificio se considera seguro. Amarillo indica advertencia y revisión. Rojo marca una zona de alto riesgo y prohibida.

Para los residentes, esos colores no son abstracciones. Verde puede significar volver a casa. Amarillo puede significar semanas de incertidumbre. Rojo puede significar que el mayor patrimonio de una familia, a menudo su única herencia, ha desaparecido efectivamente.

No todos los edificios han sido evaluados. Tenreiro dijo a EFE que inspeccionar las estructuras amarillas y rojas será costoso y lento, requiriendo criterios claros y procedimientos transparentes. Comprender estos procesos ayuda a ingenieros y responsables políticos a priorizar la seguridad y la asignación de recursos.

En La Guaira, Tenreiro cree que los terremotos superaron la demanda sísmica para la que muchas estructuras fueron diseñadas. Sin embargo, los límites de diseño no lo explican todo. El fracaso tiene una cadena de responsabilidades, incluyendo planos deficientes, alteraciones no autorizadas, cargas excesivas, materiales de mala calidad, supervisión débil y años sin mantenimiento.

Raúl Estévez, geofísico de la Universidad de Los Andes, dijo a EFE que los edificios que sobrevivieron al terremoto de Caracas de 1967 también necesitan ser inspeccionados, incluso sin daños visibles. La edad, la corrosión, las remodelaciones y el deterioro oculto siguen siendo importantes.

El suelo complica el panorama. Estévez señaló que los suelos blandos en Caracas y La Guaira pueden amplificar las ondas sísmicas. Las normas venezolanas posteriores a 1967 incorporaron la interacción entre suelo y estructura, pero esos principios no siempre se respetaron.

“Los verdaderos culpables son la mala construcción, la corrupción y la incompetencia estatal”, dijo Estévez a EFE. Abordar estos problemas de gobernanza es esencial, ya que los terremotos son naturales, pero los resultados de los desastres dependen de políticas efectivas y rendición de cuentas.

Los códigos en papel no refuerzan una columna. Las inspecciones, la adquisición honesta, la supervisión calificada y los registros públicos sí lo hacen. Sin responsabilidad sobre quién diseñó, aprobó, construyó, modificó y mantuvo cada estructura, la reconstrucción puede reproducir viejas vulnerabilidades bajo pintura nueva.

Edificios afectados por el doble terremoto en Catia La Mar, La Guaira, Venezuela. EFE/Ronald Peña

Reconstruir más allá de los escombros

El gobierno dice que creará campamentos temporales para familias, posiblemente con casas prefabricadas, mientras identifica terrenos para comunidades permanentes y resistentes a terremotos. Un levantamiento aéreo de la devastada La Guaira ubicó más de 40 sitios que suman 584,000 metros cuadrados para construcción de baja altura.

El terreno es solo el comienzo de una ciudad resiliente. Un barrio seguro requiere suelo estable, drenaje adecuado, agua, electricidad, transporte, escuelas, clínicas y empleos. Los urbanistas deben desarrollar estrategias para evitar la aparición de asentamientos informales que carecen de servicios y aumentan la vulnerabilidad.

Venezuela debe resistir ese patrón. Las viviendas de baja altura pueden reducir algunos riesgos estructurales, pero no compensan una mala selección del sitio o cimientos apresurados. Las unidades prefabricadas pueden brindar dignidad durante el desplazamiento, pero “temporal” no debe convertirse en una palabra burocrática para el olvido.

Tenreiro prevé que la reconstrucción tomará años, y enfatiza que este esfuerzo a largo plazo puede fomentar la resiliencia y la responsabilidad compartida entre urbanistas y profesionales de desastres.

Estévez ofreció la visión más clara a largo plazo. Venezuela debe aprender a convivir con el peligro sísmico, dijo a EFE, así como las sociedades manejan enfermedades crónicas. Los terremotos no pueden predecirse con precisión útil, pero sus daños pueden reducirse con preparación.

El proyecto de reconstrucción es más que reemplazar muros; es una oportunidad para restaurar la confianza mediante permisos transparentes, inspecciones y decisiones documentadas, fomentando la confianza entre todas las partes interesadas.

El temblor duró minutos. La reconstrucción tomará años. Entre ambos está la pregunta decisiva de Venezuela: si la escasez y la prisa profundizarán la desigualdad, o si el desastre podrá forzar una arquitectura más honesta, construida no solo para resistir, sino para merecer confianza.

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