Fallo sobre muelle en Cuba convierte viejas expropiaciones en nueva presión de Washington
Un fallo de la Corte Suprema revive antiguas reclamaciones por expropiaciones en Cuba, revelando cómo muelles, cruceros, leyes de embargo y batallas por la propiedad de la Guerra Fría siguen moldeando la presión de Washington sobre La Habana y la difícil lucha de América Latina por la soberanía, la restitución y la coerción económica en la actualidad.
El pasado regresa a través de un muelle
Los viejos muelles de La Habana siempre han transportado más que carga. Llevan consigo imperio, revolución, exilio, negocios, castigo y la obstinada memoria de la propiedad arrebatada cuando la historia cambió de manos. Ahora, décadas después de que el gobierno de Fidel Castro confiscara activos vinculados a EE.UU. tras la revolución de 1959, un fallo de la Corte Suprema de EE.UU. ha arrastrado esos muelles de nuevo al centro de la larga disputa de Washington con La Habana.
En una decisión de ocho contra uno, la Corte Suprema abrió la puerta para que Havana Docks, una empresa estadounidense que construyó varios muelles en Cuba a principios del siglo XX, busque compensación de los operadores de cruceros que usaron esos muelles en años recientes. Las empresas involucradas son Royal Caribbean Cruises, Norwegian Cruise Line Holdings, Carnival Corporation y MSC Cruises, que utilizaron las instalaciones portuarias en La Habana entre 2016 y 2019.
El instrumento legal es la Ley Helms-Burton de 1996, una de las piezas más severas de la arquitectura del embargo estadounidense. Diseñada para aumentar la presión sobre Cuba y crear un marco para reclamaciones sobre propiedades estadounidenses confiscadas tras la llegada al poder de Castro, la ley siempre ha sido más que un estatuto. Es un monumento a la política del exilio no resuelta, la venganza de la Guerra Fría y la negativa de Washington a tratar la Revolución Cubana como historia cerrada.
El fallo no simplemente reabre una disputa sobre un conjunto de muelles. Señala que los tribunales estadounidenses pueden convertirse en un campo de batalla más amplio para reclamaciones ligadas a expropiaciones cubanas, especialmente en un momento en que Washington vuelve a aumentar la presión sobre La Habana en busca de un cambio político en la isla. Lo que parece un caso de compensación puede convertirse en un mapa para futuras demandas, con empresas e individuos argumentando que cualquier uso comercial de propiedad confiscada conlleva un precio legal.
Por eso este caso importa mucho más allá de la infraestructura portuaria. Un muelle nunca es solo un muelle cuando está en La Habana.

Helms-Burton encuentra nuevos dientes
Havana Docks obtuvo originalmente una gran victoria en un tribunal de distrito, que ordenó a cada uno de los cuatro operadores de cruceros pagar más de 100 millones de dólares. Las compañías de cruceros argumentaron que no debían compensación porque el derecho de Havana Docks a operar las instalaciones habría expirado en 2004, mucho antes de que las líneas de cruceros usaran los muelles entre 2016 y 2019.
Un tribunal de apelaciones en Atlanta aceptó esa lógica y revocó la decisión del tribunal de distrito. Razonó que un acusado solo sería responsable de traficar con propiedad confiscada si sus acciones interferían con el interés de propiedad del demandante, y que Havana Docks ya no tenía un derecho operativo activo durante los años de los cruceros.
La Corte Suprema rechazó esa visión. Escribiendo para la mayoría, el juez Clarence Thomas argumentó que el lenguaje de Helms-Burton no limita la “propiedad confiscada” al interés específico del demandante en la propiedad. Puede referirse a la propiedad física en sí, siempre que el demandante tuviera un interés cuando el gobierno cubano tomó el control después del 1 de enero de 1959. En términos sencillos, Havana Docks no tenía que probar que las compañías de cruceros interfirieron con un contrato operativo aún vigente. Solo debía demostrar que usaron una propiedad contaminada por una confiscación anterior.
Thomas escribió que quienes usan posesiones “manchadas por una confiscación anterior” pueden ser responsables ante cualquier ciudadano estadounidense con una reclamación sobre esa propiedad. La frase es poderosa porque vuelve el pasado legalmente contagioso. Una confiscación de los primeros años de la Revolución Cubana puede seguir a un muelle hasta la economía de cruceros del siglo XXI.
Eso representa una expansión dramática del riesgo para empresas que antes veían a Cuba como un mercado emergente. Entre 2016 y 2019, los viajes de cruceros estadounidenses a La Habana formaron parte de un breve deshielo, cuando el turismo, el intercambio cultural y un compromiso comercial limitado sugerían que la isla podía acercarse más mediante el contacto que por el aislamiento. Este fallo convierte ese momento en una posible responsabilidad.
Para las empresas, el mensaje es claro: la oportunidad cubana sigue legalmente embrujada. Para La Habana, el mensaje es más duro: las viejas reclamaciones pueden ser convertidas en armas contra cualquier empresa extranjera o vinculada a EE.UU. dispuesta a tocar activos que Washington considera no resueltos.

América Latina conoce este guion
El significado geopolítico no se limita a Cuba. América Latina ha vivido durante dos siglos con potencias extranjeras tratando disputas de propiedad, deudas, inversiones y reclamaciones de compensación como puertas de entrada a la soberanía. En los siglos XIX y XX, la región fue testigo de cómo agravios comerciales podían escalar en amenazas diplomáticas, sanciones, ocupaciones, diplomacia de cañoneras y largos ciclos de dependencia.
El caso de Cuba es único por la revolución, el embargo, la política del exilio en Florida y la hostilidad de Washington hacia el sistema castrista durante seis décadas. Pero la pregunta de fondo es regional: ¿quién decide cuándo la redistribución de la propiedad por una revolución sigue siendo políticamente y legalmente exigible a través de generaciones?
No hay una respuesta moral sencilla. Las confiscaciones sí afectaron a propietarios reales. Algunas familias y empresas perdieron propiedades sin compensación. Las revoluciones suelen reescribir la propiedad por la fuerza, y las víctimas de la expropiación no desaparecen solo porque la historia avance. Pero la política de EE.UU. hacia Cuba rara vez ha sido una búsqueda neutral de restitución. Ha estado ligada a la presión por cambio de régimen, la política electoral, el estrangulamiento económico y un deseo más amplio de disciplinar a una isla caribeña que se negó a alinearse con la órbita de Washington.
Ahí es donde Helms-Burton se convierte en algo más que una ley. Exporta el castigo estadounidense más allá del territorio de EE.UU. al amenazar a empresas que se relacionen con Cuba. Le dice a los negocios globales que la isla no solo está sancionada, sino que también es legalmente radiactiva. Hace que la normalización económica sea más costosa, no porque Cuba carezca de puertos, hoteles, talento o demanda, sino porque Washington ha construido un campo minado legal alrededor del pasado revolucionario del país.
Para América Latina, el fallo refuerza una advertencia conocida. La soberanía no termina con banderas y fronteras. También vive en tribunales, contratos, sanciones, registros de deuda, paneles de arbitraje y reclamaciones de propiedad que pueden alcanzar a través de décadas. Un país puede controlar físicamente un muelle, mientras el sistema legal de otro país sigue definiendo ese muelle como terreno en disputa.
La decisión puede complacer a sectores del exilio cubano y a reclamantes estadounidenses que creen que la propiedad confiscada nunca debe ser olvidada. También puede enfriar a empresas que consideren invertir en Cuba, especialmente en turismo, logística e infraestructura. Eso cumple un propósito estratégico. Si La Habana no puede atraer inversión fácilmente, la presión crece dentro de la isla. La reclamación legal se convierte en un apretón económico.
Pero la presión tiene una historia de dañar más rápido a los cubanos comunes que a los gobiernos. Los cruceros trajeron turistas, empleos, propinas, ingresos para taxis, restaurantes y actividad para pequeños negocios en un país ya afectado por la escasez, la migración y la disfunción estatal. Litigar sobre viejos muelles puede satisfacer un principio legal. Pero su efecto político es estrechar aún más el aire económico de la isla.
La Corte Suprema ha convertido una disputa de propiedad en un nuevo instrumento de la era del embargo. Los muelles de La Habana, construidos para el movimiento, ahora son símbolos de un conflicto congelado que sigue regresando. Cuba sigue atrapada entre un gobierno que ha fallado a su pueblo de muchas maneras y una superpotencia que aún trata la economía de la isla como una palanca.
Esa es la tragedia más profunda. El muelle es viejo. El castigo, no.
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